El certamen 23
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Gillian estuvo unas pocas horas visitando de nuevo los mismos lugares de siempre.

El Paseo Marítimo, el Centro de Transporte.

Llamó a Evelina. Prefería no ir a visitarla para no molestar a los aparcacoches, se dijo; por supuesto, nada tenía que ver con el terror que le tenía a Jackie.

La charla con Evelina fue agradable —«¿Has conocido a nuestro gato?

Lo llamamos “Chudo”, “Chodovishche”, “La bestia”»—. Todavía no había visto a su marido.

Por último, pasó por las oficinas centrales de Miscellany.

La tarde estaba llegando a su fin y el sol luchaba por abrirse paso entre las nubes.

Gillian se sentó en la silla de Tommy; era la reina fugaz de aquel palacio austero y tenía un aspecto tan imponente que nadie se hubiera atrevido a cuestionar su autoridad.

Gobernaba el despacho que podría haber sido suyo. Que quizá aún podía serlo.

Recordó a Sebastian mirándola: «Te necesito».

Era una idea hipnótica y peligrosa.

Hacía solo un año, Gillian estaba entregada al servicio de Uber, y se ponía a trabajar a las cuatro o cuatro y media de la madrugada, lo bastante temprano como para coincidir con los fiesteros épicos de la noche anterior.

Una noche, un coche que iba en dirección contraria rozó su vehículo cerca de la autopista de Hollywood.

Su Corolla perdió un retrovisor y un panel frontal que luego reemplazó, pero que nunca llegó a pintar.

Después del accidente se sintió eufórica: la había sacudido aquella descarga que había sentido en los días del Certamen.

Ir por el mundo sin haber pegado ojo, arriesgándose como no lo había hecho en años.

Una estupidez. Una rutina autoimpuesta que casi la mata.

Dejó de conducir por un tiempo, se juró que no volvería a retomarlo, hasta que el estado penoso de sus finanzas la obligó. Otra promesa incumplida.

¿La movía la necesidad o las ansias de vivir emociones fuertes?

Miscellany le brindaba todo un abanico de posibilidades.

Ocupar un puesto de autoridad, señalar los puntos donde la empresa se había quedado estancada.

Enfocarse en nuevas oportunidades y nuevos tipos de niños...

quizá más parecidos a ella. Medirse con Sebastian, sostenerle la mirada sin pestañear.

Tommy jugó el juego, o al menos lo intentó.

Ellsberg y Leah, también. ¿Por qué no podía ella hacer lo mismo?

Al fin y al cabo, ¿qué más daba? Tenía que ser fuerte por su madre. No hacer uso de sus capacidades era traicionar todo lo que su madre había sacrificado por ella.

Gillian paseó la mirada por el despacho.

Aquel espacio, por espartano que fuese, decía mucho de Tommy.

Era evidente que no se sentía a gusto allí.

No le gustaban las oficinas centrales. El señor Deslumbrante había ganado el Certamen Extraordinaire.

Había aprovechado ese éxito para conseguir un puesto de directivo en una de las empresas más poderosas del país, se había casado con una mujer increíble, había esparcido su predicamento entre mentes afines, moldeando corazones y pensamientos, y había diseñado la supuesta rampa hacia un nuevo mañana.

Se había ganado el derecho a sentarse en cualquier sitio menos en El Nido.

Aun así, en algún momento de aquella misión redentora, su fe ciega flaqueó y Tommy acabó recurriendo a la cocaína, encarnando el estereotipo del ejecutivo blanco.

Miró alrededor en busca de convencidos de la causa como él, pero lo único que encontró fue una legión de sanguijuelas y lameculos corporativos.

Había perdido el rumbo, se había extraviado en una corporación demasiado grande, demasiado rara, demasiado ajena.

Al final, tuvo que huir de Miscellany y acudió a Gillian porque ya no le quedaba nadie en quien confiar. Estaba desilusionado y era infeliz.

Gillian reprodujo mentalmente la llamada de Tommy.

Ruidos de fondo, gente alrededor, y el tintineo de platos y tazas.

Quizá estaba en un restaurante, pero el silbido agudo le hizo pensar en un espresso , en la máquina con la que Evelina había peleado en la casa de los Kundojjala. La casa vacía de los Kundojjala.

En la llamada, se oía la voz de una mujer. Una voz íntima. Familiar.

Era indudable que Tommy tenía una pareja increíble.

Gillian la había conocido. Era inteligente, divertida y guapa.

Pero, a lo largo de la historia, han sido muchos los hombres que han forjado su éxito junto a mujeres poderosas para luego tirarlo todo por la borda por culpa de otro estereotipo distinto.

Su amigo siempre había tenido vicios. Primero los caramelos, después la cafeína. ¿Y ahora? Tommy era un hombre listo, pero seguía siendo un hombre. Y los hombres son predecibles cuando no son felices.

Se inclinó y miró dentro de la papelera. Rescató un vaso de cartón.

A Tommy le encantaba el café, sí, pero ¿con quién lo tomaba?

En el vaso había impresas dos fotos en blanco y negro de una taza. Una vista de frente, otra vista de perfil. La etiqueta con el nombre del sitio: Mugshot.

Su móvil le indicó que solo había tres locales con ese nombre.

El Mugshot se escondía bajo el paso elevado donde se cruzan las autopistas DNT y Sam Rayburn, al norte de Dallas.

A pesar de las indicaciones del GPS, el chófer tuvo que dar un par de vueltas antes de encontrarlo.

La llevó hasta allí uno de los empleados del Centro de Transporte; un favor, le dijo el chico, aunque Gillian se ofreció a interceder por él para que por fin le concedieran el cambio de turno que hacía siglos que solicitaba.

La cafetería tenía un aire hípster, pero era acogedora, y aunque tardaron una eternidad en servirle el capuchino, sabía genial.

Gillian se sentó en la barra y esperó a que la camarera estuviera lo bastante aburrida como para tener ganas de charlar.

Llevaba el pelo teñido de color rosa y naranja, y los antebrazos cubiertos con tatuajes de telarañas y cuervos.

A Gillian le gustó su estilo, y así se lo dijo.

Después del cumplido y la propuesta de entradas gratis para el parque de Miscellany, la chica se mostró dispuesta a identificar una foto de Tommy y Evelina en un evento benéfico.

Sin embargo, no era Evelina la mujer que recordaba haber visto.

—No, qué va. La chica que iba con él llevaba el pelo teñido de varios colores.

No era tan perfecta. Esta parece un poco estirada, de las que no se andan con tonterías.

La otra tenía un piercing en la nariz y tatuajes (un trabajo de aficionado, caballitos de mar y mierdas así). Viene por aquí muy a menudo.

«Caballitos de mar y mierdas así». La voz que se oía de fondo. La voz que Tommy escuchaba cada día, fuera de su despacho, cuando los dos trabajaban codo con codo. Gillian tendría que haberlo visto antes.

Llamó a las oficinas centrales haciéndose pasar por Jessyca, la asistente ejecutiva, y preguntó por un portátil que se había entregado a nombre del señor Kundojjala.

Dijo que el dispositivo debía de haberse enviado a su domicilio y preguntó si tenían la dirección bien anotada.

Un técnico informático sobrecargado de trabajo le aseguró que no le constaba ningún portátil, pero cuando Gillian-Jessyca empezó a ametrallarlo con preguntas, acabó soltando la dirección.

Gillian se dirigió hacia el sur de la ciudad, hacia Addison.

Jessyca vivía en una elegante casa adosada de ladrillo visto, a pocos minutos a pie de una zona de bares y restaurantes.

Había un Lexus aparcado en la acera. Gillian no quería juzgar a nadie, pero también había trabajado como secretaria y sabía que el sueldo no daba ni para un adosado ni para un Lexus.

La vivienda estaba en la planta baja y tenía las persianas levantadas.

Gillian pegó la cara al cristal, pero las luces estaban apagadas y no vio ningún movimiento en el interior.

Después fue a visitar la oficina de ventas.

El «gerente» era un veinteañero y Gillian le ofreció unas entradas para los Mavericks que no tenía, aunque estaba convencida de que podría conseguirlas a través de Sebastian.

El sonido de una caja registradora resonaba en su cabeza: su deuda aumentaba con cada palabra que pronunciaba.

El muchacho prometió llamarla si veía a Jessyca o a su amigo.

Se sentía más relajada desde que había salido del parque, así que decidió quedarse por la zona.

Al otro lado de la calle había una pizzería completamente vacía.

No quisieron venderle una cerveza sin pedir nada de comida, así que pagó por una porción de pizza y una cerveza rubia, y se sentó junto a la ventana.

Mataba el tiempo jugando a juegos de palabras en el móvil, mientras le daba sorbos a la botella.

Su madre le mandó un mensaje. Siempre probaba primero con un mensaje. «Vosotros, los jóvenes, preferís mensajes».

«Vosotros, los jóvenes».

Gillian la llamó.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó antes de que su madre tuviera siquiera tiempo de saludar.

—No me quejo. —Su típica frase—. ¿Y tú, cariño? He oído que estás en la ciudad. Aunque no me he enterado de mucho por tu hermana.

—Sí. Quería llamarte. Han sido días ajetreados. —Ahogó la culpa con un trago de cerveza.

—No tienes que explicarme nada. Te vimos en las noticias. June me contó que te sentaste con el gobernador.

—No me senté...

—Me dijo que has vuelto a trabajar con Sebastian.

Me alegro tanto de que hayas superado todo eso.

Siempre me pregunté por qué no te dedicaste a los rompecabezas y los juegos.

Se te dan tan bien. Podrías ser como uno de esos presentadores de concursos.

Como La Rueda de la Fortuna. O aquel de Carmen Sandiego que tanto te gustaba.

Ya sabes que algunos de esos presentadores acaban teniendo su propio programa.

Su madre tenía la voz un poco ronca. Había mucho ruido de fondo. La clínica siempre estaba llena y las paredes eran muy delgadas.