El certamen 22
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Antes de aventurarse en el parque, Gillian se cambió: se quitó la ropa recatada y se puso su conjunto deportivo con la camiseta de Atari.

No había metido muchas prendas en la maleta, y la combinación de pantalón y blusa le picaba, por dentro y por fuera.

Y, para ser práctica, cogió también un cárdigan gris.

El tiempo estaba cambiando y se avecinaba un frente frío.

De camino a las oficinas centrales de Miscellany, Gillian repasó mentalmente la conversación telefónica que había mantenido con Tommy.

Target Practice. ¿Qué demonios era Target Practice?

Probablemente otro de sus delirios con todo un mundo de fantasía esperando al final.

Su amigo irradiaba locura. Era apasionado, sí, pero pasión no equivalía a verdad.

Gillian había querido presionarlo para obtener respuestas, pero cuando volvió a llamarlo, le saltó el buzón de voz.

La frustración la acosaba. Tommy sabía sus movimientos.

La había estado vigilando la noche de la fiesta en el Pabellón y sabía que había ido a visitar a Sebastian.

La observaba, respiraba el mismo aire que ella.

Gillian estaba segura de que podría encontrarlo si dispusiese de algo más de tiempo.

Pero aún podía oler el café quemado en su propio aliento y notaba el rastro de los huevos del desayuno del hotel en las muelas.

Su madre solía insistir en que desayunaran las tres juntas cada día, sin importar el caos que reinara.

Algunas mañanas, ella era la única que daba conversación.

Su perseverancia era tenaz, por muy duro que resultara.

Como había dicho June, tenía la respuesta justo delante.

Al llegar a las oficinas centrales, Gillian se enteró de que Sebastian había ido a recortar los setos que había junto al Bazar: a juzgar por cómo le dieron la noticia, cualquiera diría que el director general jugaba a ser jardinero todos los días.

Así que tuvo que hacer otro viaje para ver al rey.

De camino, las agujas del Bazar desaparecían y luego volvían a asomar, cada vez más grandes cuanto más se acercaba a su destino.

Cuando por fin alcanzó la entrada, se encontró con una multitud de niños y adultos apiñados contra la verja.

Tenían la cara encajada entre los barrotes y los móviles en alto, con la esperanza de poder captar alguna imagen del arquitecto del parque.

Gillian se abrió paso entre la muchedumbre y se acercó a la entrada custodiada.

Pegó con cautela la pulsera a un lector, que le permitió el acceso bajo la atenta mirada de los guardias.

Se metió las manos en los bolsillos y empezó a andar en línea recta, ignorando el sendero en zigzag y los murmullos conspirativos de la multitud.

El Bazar se alzaba imponente, como si Sebastian lo hubiera construido solo para ese momento, para ella.

Un puñado de jardineros trabajaba en la finca.

Algunos iban a lomos de cortacéspedes, pero la mayoría utilizaba herramientas manuales y mucha paciencia.

Era una labor silenciosa y, aunque el cielo estaba encapotado, los hombres sudaban.

Gillian cogió unas botellas de agua de una carretilla cercana y las repartió.

Uno de los hombres tuvo la amabilidad de indicarle dónde estaba Sebastian.

Míster Rompecabezas trabajaba al pie del Bazar, arrodillado bajo un poste inclinado.

Estaba enfrascado colocando piedras grandes como patatas en un hueco abierto en la base del poste.

Llevaba una camisa de franela con las mangas remangadas y un delantal de jardinero con varias herramientas en los bolsillos, además de su eterna boina y unas gafas de sol estilo Janis Joplin.

Estaba de espaldas y, cuando Gillian se le acercó, él no se movió.

Esta vez parecía realmente ajeno a su presencia.

—¿Sebastian?

Él se volvió y la miró por encima de las gafas, frunciendo el ceño.

Su expresión no se relajó lo más mínimo cuando la vio.

Al acercarse más a él, Gillian se dio cuenta de que iba desaliñado.

Estaba agotado, como si no hubiera dormido.

Tenía las axilas manchadas de sudor, y los cabellos que asomaban por debajo de la gorra, empapados.

Gillian no recordaba haberlo visto transpirar nunca.

—No me dijiste que habías hablado con él —dijo Sebastian.

Gillian abandonó el sendero y la tierra reseca crujió bajo sus pies.

—¿Con quién?

—Con Tommy. Me he enterado por terceros de que has sabido de él. Habla contigo y con los Navarro. Con todos menos con nosotros.

Gillian se detuvo en seco.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque he hecho lo que deberías haber hecho tú: centrarme en el problema.

—¿Cómo has sabido que he hablado con Tommy?

—Alguien del equipo de Seguridad debe de habérmelo contado.

No te lo tomes a mal, necesito que te encargues del asunto lo antes posible.

Estamos en crisis. La situación en la que Tommy nos ha metido es desastrosa y no puedo ni imaginar el alcance de sus consecuencias.

¿Sabes que contactó con su camello desde un portátil de la empresa?

Ha escrito correos explícitos. Si la prensa lo descubre, se va a dar un festín.

Sebastian se detuvo para enderezar la señal, pero el poste volvió a inclinarse.

—¿Los de Seguridad le pincharon el teléfono? ¿Y el portátil?

—No hizo falta pinchar nada. —El hombre inspiró hondo—. ¿Eres consciente del comportamiento que ha tenido Tommy? ¿Con esas familias?

—¿Los Navarro?

—Lo de los Navarro no es nada —replicó—.

El mes pasado organizamos un misterio al estilo Sherlock Holmes: mandamos cartas manuscritas a una docena de niños de entre diez y quince años que iban a visitar el parque.

Ya sabes, todos pequeños Watsons aficionados.

Eran niños con habilidades distintas, y a cada uno se le propuso un reto diferente.

Incluso mandamos un ejemplar en braille.

Tommy escribió todas y cada una de las cartas.

Dijo que era una distracción agradable. Yo pensé que...

, bueno, yo deseaba que organizar aquel misterio lo ayudara.

Alzó una mano, como si Gillian pensara interrumpirlo.

—Tommy estaba eufórico, frenético. Corría por el parque con los niños, sudoroso, sin decir nada coherente.

Se quitó la chaqueta (la de Brooks Brothers), la corbata y se desabrochó la camisa, y luego se paseó por Miscellany como si lo hubieran echado de un bar.

Los padres estaban allí. Gillian, te lo juro, reveló algunas de las respuestas.

Gillian podía imaginárselo. Tommy, colocado, hiperactivo, y lo bastante pasado de vueltas como para perder la compostura. Pero Sebastian hablaba demasiado deprisa. Pasaba por alto sus objeciones.

—¿Sabes? Tommy me mencionó algo. El enigma de Target Practice. Hubo un concursante que dio una respuesta que se había eliminado. Como si conociera una versión anterior.

—Eso son paranoias de Tommy. La cocaína provoca esas reacciones, ¿no?

Tommy se traga todos esos rollos que los padres de los que perdieron cuelgan en Twitter, o donde sea que los lea.

Y siempre son los padres. Los adultos, el orgullo de la especie.

¿Y te sorprende que haya quien ponga trabas a lo que hacemos?

¿Que haya gente que quiera hundirnos? Salen en la Fox, con sus gorras rojas, despotricando contra nuestros valores liberales.

No podemos controlar a los padres. Algunos votan por la bandera y la tradición estadounidense, y les da miedo lo que creen que representamos.

Siempre nos andamos con ojo con ellos, cuidamos mucho la imagen pública, y entonces llega Tommy y amenaza con hacerlo saltar todo por los aires.

Sebastian seguía metiendo piedras en el agujero. Gillian quería intervenir, manchar ese cuadro que él estaba pintando. Pero no podía. No había llegado hasta allí para debatir sobre Target Practice, ni sobre los sueños de Sebastian.

—Mi madre está enferma —dijo.

Sebastian dejó las piedras. Se volvió y apoyó un codo en la rodilla.

—¿El lupus de Stephanie?

—Ahora está peor que antes. Se pasa la mayor parte del tiempo en una silla.

Sebastian se quitó las gafas de sol y se las guardó en un bolsillo del delantal.

—¿Me estás pidiendo ayuda?

—Necesito que la trasladen a un centro nuevo. Y tiene que ser ya. Eso requiere contactos y dinero. Te lo devolvería.

Fue como si Sebastian cogiera las piedras y se las arrojara directamente al pecho: Gillian no soportaba estar allí plantada, pidiéndole eso.

—Podrías haber dicho algo cuando se puso enferma —dijo él—. Podrías haberme pedido ayuda.

—¿Y que me arrastraras aquí de vuelta? Perdí. Quedé segunda. Dejaste muy claro que era una decepción.

—Siempre te has tomado las críticas demasiado a pecho. Podrías haber perseverado. Ellsberg se quedó. Y Tommy, con todos sus defectos, también.

—¿Y qué querías de mí? ¿Que fuera un simple muñeco de adorno, escupiendo frases ingeniosas?

—¡Por supuesto que no! Podrías haber diseñado rompecabezas y enigmas. Parques enteros. —Seguía mirándola. Como si fuera el acertijo más fácil de resolver del mundo.

—Tal vez yo no quisiera eso —repuso ella.

—Tonterías. Ahí fuera estás malviviendo, sacando fotos a padres desastrosos, haciendo cosas que cualquier chaval podría hacer con su móvil.

¿Y para qué? ¿Eso es luchar por una buena causa?

Aquí podrías hacer el bien. De personas con tu mente solo hay una entre un millón. Eres un unicornio. Un Pegaso.

Quiso mostrarle su enfado cuando Sebastian disparó esas pullas contra la vida que llevaba en Los Ángeles.

Pero la idea de tener que volver a la caza del todopoderoso dólar la aterraba.

El hecho de tener treinta años y ser incapaz de sobrevivir la aterraba.

Saber que la mujer que más la había querido estaba sufriendo, que se encontraba a un paso de acabar en la calle, y que ella no podía evitarlo, la aterraba.

—Quieres que vuelva —resolvió Gillian—. ¿Es eso? ¿Que si no vuelvo no vas a ayudarme?

—Yo no he dicho eso.

—Es lo que querías decir.

Sebastian se sacudió los restos de tierra de los guantes y se incorporó. La miró a la cara. Gillian se veía reflejada en sus ojos. Sebastian era la versión de lo que ella podría haber sido. De lo que todavía podía ser.

—¿Sabes dónde está Tommy?

—Estoy tratando de encontrarlo. Dame un poco más de tiempo y...

—¿Un poco más de tiempo? —Se quitó los guantes y se adelantó un paso, invadiendo su espacio—. ¿Mañana compites?

El Sebastian jardinero desapareció para dejar paso al hombre capaz de vender arena en el Sáhara.

—Es que no me dedico a resolver rompecabezas —replicó ella. Su protesta sonó débil, incluso para sus propios oídos—. Ya n o.

—Resuelves rompecabezas cada día. Convences a la gente para que haga lo que necesitas que haga.

Las personas son el rompecabezas definitivo.

Y se pueden resolver. —Se metió los guantes bajo el brazo—.

Te necesito. También necesito a Tommy, pero te necesito más a ti.

Eres más fuerte que él. Pero en el pasado te contuviste y te fuiste.

No puedo permitirme que eso vuelva a pasar.

Mañana por la noche es el gran juego. El Certamen Extraordinaire – Redux.

Los rompecabezas son el equilibrio perfecto entre lo desconocido y lo conocido.

Y lo conocido es la familia. Todos los niños, Ellsberg, Tommy, Leah, tú.

Sebastian estaba en modo ultimátum. Era mucho menos sutil de lo que se había mostrado en El Nido. La miraba fijamente mientras ella trataba de asimilar la realidad de sus palabras. Lo último que deseaba Gillian era que le pidiera eso.

—Podría contratarte ahora mismo —dijo—. Hoy.

Estamos poniendo al día el Bazar de Londres.

Y el año que viene, el de París. Tenemos posibilidades de abrir uno en Brasil.

No tienes que quedarte aquí, si te resulta demasiado duro.

Acepta la misión, acepta Miscellany y vete adonde quieras.

Tommy era bueno hablando, pero se pierde en los detalles.

Tú vas al grano. Lo he visto y lo recuerdo bien.

Aquello era mucho más que competir en el Reencuentro.

Muchísimo más. Gillian miró el Bazar de reojo; casi podía sentir el agua viscosa del tanque, el recuerdo de su fracaso escondido bajo tierra.

Sebastian parecía satisfecho de dejarla mirar, aunque solo fuera para que recordara que en otro tiempo había acudido a Miscellany por voluntad propia.

—Si se sabe lo de Tommy —dijo—, si lo atrapan quebrantando la ley, nuestra integridad quedará en entredicho y sufriremos un duro golpe.

Ya no estaremos en disposición de construir la siguiente generación, sino que tendremos que atrincherarnos para salvar el pellejo.

No habrá más expansión. No habrá más contrataciones.

Y desde luego no voy a tomarme en serio a conductores de Uber treintañeros como posibles próximos consejeros delegados.

Llevamos tiempo buscando inversión. Todo se irá al garete.

A mí no me afectará, por supuesto: a la larga estaré bien.

El problema será la gente de Miscellany.

Miles de personas. Crecemos o morimos. Si no logramos salir adelante ahora, todo esto podría desvanecerse.

Gillian lo miró de reojo. Su sola presencia lo energizaba, el alma perdida que él creía poder salvar. Sebastian tenía fe en su misión, creía que luchaba por los niños. Y podía hacer desaparecer todos los problemas de Gillian.

Su voz se suavizó.

—Con Tommy y contigo —dijo—, puede existir un Miscellany que ayude a tu madre.

Madre mía. En realidad, Gillian lo estaba considerando.

Sebastian ya había jugado bastante a ser jardinero por aquel día. Se metió los guantes en el bolsillo.

—Haremos lo que estamos destinados a hacer —resolvió—. Los dos competiréis. Los dos lo haréis bien. Eres lista, tienes avidez, y recordarás lo que te he enseñado. Espero una competición muy reñida. Aunque, si soy sincero, deseo que esta vez el desenlace sea distinto.

Echó a andar por el sendero y, al pasar a su lado, le dio una palmada en el hombro. Podía permitirse ser magnánimo. Había conseguido lo que quería. Y ella no lo había detenido.

—Esto es lo tuyo, Gillian —dijo—. Nunca te sientas mal por ello.