El certamen 21
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Después de desayunar, Gillian se metió en el ascensor y subió sola a su habitación. Hizo todo el trayecto en silencio, castigándose. Ojalá aquel ascensor se detuviera en algún piso y entrara alguien, cualquiera.

La June de carne y hueso resultaba mucho más insoportable que su versión online.

Gillian la tenía justo enfrente, atrayéndola hacia la rueda de hámster que llevaba toda una vida tratando de evitar.

Cuando era niña, su hermana nunca se entretenía resolviendo rompecabezas.

«Menudo aburrimiento», decía. June prefería la acción: se le daban bien el baloncesto, la danza, el voleibol, todo lo que involucrara músculos y sudor.

Ambas hermanas eran igualmente cabezotas, pero no podían ser más distintas a la hora de aplicar sus habilidades.

Y lo más frustrante era que June sí había sabido usar su ingenio y su lengua para humillar a Gillian.

Su madre necesitaba la medicación. Era cuestión de días, quizá de horas, que acabara literalmente tirada en la calle.

La misma mujer que había recorrido un estado tras otro para acompañar a su hija a sus concursos, encogida durante horas en un coche helado, siempre manteniendo la calma ante los arranques de euforia o de rabia de su hija.

El tiempo para improvisar una solución había expirado mucho antes de que Gillian pusiera un pie en el jet de Tommy.

Se había pasado la vida persiguiendo sueños, a su manera.

Se había alejado de su madre, de su familia, como si no la dejaran avanzar, y, en Los Ángeles, iba de un lado a otro complaciendo a desconocidos, a personas que tal vez la consideraran más interesante que una actriz fracasada, pero solo un poco más.

Ya no podía permitirse reconsiderar esas decisiones: ya estaban tomadas, consumadas.

Había llegado su momento. Por fin estaba en posición de ayudar.

Sebastian tenía dinero y la quería en el equipo.

Y ella solo tenía que aceptar lo que le ofrecía y comportarse como una adulta de una puta vez.

En los días del Certamen, la duda la atormentaba. Junto al lago, al lado de los chicos, había tenido miedo; todos lo habían tenido. Pero Gillian saltó. Porque era así como se ganaba.

Salió del ascensor con la cabeza bien alta. Se cruzó con una camarera que la saludó con un «buenos días» y una sonrisa. Probablemente aquella chica debía tomar decisiones difíciles a diario.

«Es que es muy duro ser lista».

Hora de saltar, joder.

Su teléfono vibró. El nombre de Tommy iluminó la pantalla.

Gillian se quedó mirándola, sin dar crédito. Al cabo de una eternidad, después del cuarto tono, respondió.

—¿Dónde estás?

—La fiesta parecía elegante. —La voz de Tommy sonaba como siempre—. Veo que te llevas bien con Ellsberg.

Gillian se volvió. No había nadie, ni siquiera la camarera.

—¿Sabes cuánta gente te está buscando?

—Lo sé. Por eso me quedaré donde estoy, gracias.

Gillian seguía buscándolo con la mirada, como si fuera a descubrirlo detrás de una maceta o escondido en un conducto del techo.

—No puedo ayudarte si no me dejas.

—Eso suena a Sebastian. He oído que estuviste en El Nido. Entrañable.

—Que te jodan. Fuiste tú quien viniste a buscarme, ¿recuerdas? Tú me trajiste aquí. Me hiciste promesas.

Lo oía respirar con pesadez a través del auricular. Había ruido de fondo. Bullicio y chasquidos, como si estuviera en un restaurante.

—¿De qué lado estás? —preguntó.

—¿De qué lado estoy? —repitió Gillian—. Deben de ser las drogas las que hablan. Y sí, sé que te estás metiendo. Eres tan sutil como una drag queen .

—¿Eso es lo que te han dicho?

—¿Quiénes?

—Evelina y el equipo ejecutivo. Ellos saben lo de la Segunda Temporada.

Lo saben, siempre lo han sabido. Cuando vine a buscarte creía que el problema eran las preguntas amañadas, pero resulta que son las mentiras.

Saben cómo viven los Navarro, saben que podrían ganar el caso, y van a aplastarlos.

Pregúntales. Pregúntales por lo de Target Practice.

Todos lo han visto. Evelina lo ha visto.

Allí, en mi cama, bajo las mismas sábanas que yo. Miente. Sabe lo de Target Practice.

Hablaba con el auricular pegado a los labios. Parecía febril, sudoroso, como si quisiera arrastrarse a través de la línea.

Gillian pensó en el niño que compartía sus M son todos millonarios en ciernes.

»Los Navarro viven acosados por un montón de abogados, y Leah y sus secuaces insinúan no solo...

, no solo que la familia no conseguirá la olla de oro, sino que también perderá lo que tenían antes.

El coche, el trabajo y aquella bonita casa llena de amor pasarán a ser propiedad de Miscellany.

Da igual que acabes en el primer o en el segundo puesto.

Si participas en el juego, Gillian, ya has perdido.

Escuchaba su respiración forzada.

—Me estás asustando.

—¿Asustando? Yo estoy acojonado.

El miedo de Tommy era contagioso. Le pareció que la camarera con la que se había cruzado hacía solo un instante se estaba entreteniendo en el pasillo.

¿Entreteniéndose por qué, exactamente? ¿Sería los ojos y los oídos de Sebastian?

¿De Ellsberg? ¿De Jackie? ¿Acaso no la habían seguido ya en otras ocasiones?

¿Jackie, entre la multitud, o en la casa?

La paranoia de Tommy era fácil de entender: vivía sobresaltado por amenazas en todos los frentes, sin saber si se encontraba a un paso de ponerse a salvo o de caer en un pozo en lo más profundo de la selva.

Tommy gritó el nombre de Gillian y ella volvió a acercarse el teléfono a la oreja.

—Dime dónde estás. Salgamos de este puto país de las maravillas, Tommy. Vayamos a Grapevine, a Euless. A algún sitio donde nadie nos vigile. Encontremos un bar cutre en un centro comercial cualquiera y allí me cuentas lo que quieras contarme. Ahora mismo. ¿Qué me dices?

El ruido de fondo había cambiado. Un silbido agudo. Y detrás, una voz más clara, alguien que se dirigía a él. Una voz femenina que sabía su nombre. «Tommy, lo que tú quieres es que...».

—¿Quién es? —preguntó Gillian.

Colgó.