El certamen 20
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El teléfono del escritorio la arrancó del sueño. Una mujer con una voz helada le habló desde la recepción:

—Lamento despertarla, señora Charles. Tiene una visita.

Gillian se frotó la cara, aún medio dormida. Enseguida pensó en Tommy: se lo imaginó abajo, con el sombrero en la mano. Estaría dispuesta a comprarle uno solo para ver cómo lo sujetaba con arrepentimiento.

—Ah, ¿sí? ¿Quién es?

Cuando la recepcionista le respondió, Gillian se despejó de repente.

—Tengo que arreglarme —dijo—. Dígale que bajo en media hora.

La recepcionista le dijo algo amable y colgó.

Gillian se quedó mirando fijamente la pared.

June parecía incómoda. Estaba sentada de lado, en la silla, picoteando los huevos revueltos del bufé del desayuno con las púas del tenedor.

Llevaba puesta ropa práctica y miraba de reojo a los turistas que cruzaban el vestíbulo en bañador y camiseta de tirantes.

Gillian vestía un pantalón negro, una blusa blanca y unos pendientes largos que no recordaba haber metido en la maleta.

De pronto se dio cuenta de que se había puesto un conjunto conservador, anticipándose al encuentro con su hermana sin saberlo.

No se veían cara a cara desde niñas. Gillian tenía los dedos en carne viva de tanto hurgarse las cutículas.

—¿Cómo está Todd? —Cortó un trozo de salchicha, procurando no comer con los dedos—. ¿Sigue con ese sitio de tacos?

—De pizzas. —June echó kétchup sobre los huevos—. Lo tiene desde hace cinco años.

—Vaya.

Se oía el tintineo de los cubiertos a su alrededor.

Los camareros iban de un extremo a otro de la sala, rellenando vasos de agua y tazas de café.

En la mesa de las dos hermanas, en cambio, reinaba una calma eclesiástica.

June, sin inmutarse por aquel silencio, se limitaba a observar el lugar: la moqueta con estampados de mapas de distintas épocas y lugares, el techo de espejos deformantes. Nada parecía merecer su aprobación.

—Me pagan —se adelantó Gillian.

—¿En un sitio como este? —Otra dosis de inspección crítica—. Está claro que pueden permitírselo.

El camarero les preguntó si querían más café. Ambas respondieron que no.

—Te he estado llamando. —Los ojos de June se posaron en el móvil maltrecho que Gillian había dejado junto a su plato—. Te vi en internet. Mamá tuvo que enterarse de que estabas aquí por el Canal 5.

Gillian había borrado los mensajes de June sin ni siquiera escucharlos.

—No presto atención a los medios de comunicación. He estado trabajando.

—¿Y no podías llamar?

—¿En serio vamos a ir por ahí? ¿Ahora?

June se cruzó de piernas. Era la viva estampa de la incomodidad.

—Ayer no le dieron las pastillas a mamá.

Gillian dejó caer el tenedor.

—¿Cómo que no?

—Dijeron que ya no tenía derecho. Con efecto inmediato.

Ese mentiroso de Mitch.

—No pueden hacer eso.

—Entonces tendrás que hablar con ellos. Arreglarlo como la otra vez.

—Aquello fue algo puntual. Me hicieron un favor, y ya fue bastante irregular. No puedo pedírselo otra vez.

—No le han administrado el tratamiento, Gil.

—Ya te he oído. No hace falta que me lo repitas.

—Quizá sí. —June levantó la taza de café y la olisqueó. Arrugó la nariz, pero bebió—. Allí saben quién eres. La mujer del teléfono dijo que Mitch ya había hablado contigo.

Gillian se recostó en la silla. A veces el problema con June no era tanto la propia June, sino el hecho de que representaba las decepciones de toda la familia: era la punta del iceberg de las frustraciones de los Charles.

—Me dieron treinta días. Voy a solucionarlo.

Su hermana la miró fijamente y esperó.

—El seguro no cubría la pensión completa —prosiguió Gillian—. La van a dar de alta.

—¿Y a eso le llamas tú solucionarlo?

—¿Qué quieres que haga?

—Lo que te he dicho muchas veces: conoces a gente. Ponemos la tele y allí estás, con ese hombre del Certamen. El alemán.

—Es de Alabama. Y no estábamos juntos.

—Era una fiesta. Te vi con Míster Rompecabezas, codo con codo con el gobernador, y ahora vienes diciendo que no puedes pagar una clínica de mala muerte junto a la I-30.

Todas las preocupaciones sobre su madre y sobre su incapacidad para ayudarla afloraron de nuevo a la superficie. Estaba frustrada, enfadada consigo misma por no haber resuelto el problema antes de que June interviniera.

—Han subido las tarifas dos veces —explicó Gillian—. Están preparando la propiedad para venderla: la ciudad quiere el terreno para construir el centro de convenciones. Y solo pasé cerca del gobernador: ni siquiera sabe cómo me llamo.

—Pues entonces habla con tu amigo Míster Rompecabezas.

Gillian se tomó un momento antes de contestar. Clavó el tenedor en un trozo de salchicha, pero no se lo comió.

—No puedo pedirle un préstamo, así, sin más.

—Has dicho que te pagaban.

—Me pagarán cuando termine. Y es posible que el dinero solo alcance para costear unos meses en un centro nuevo, pero ¿después qué? Esa era la residencia más barata que encontramos. Cualquier otra costará más. En unos meses estará en la calle.

—Entonces quédate aquí. Gánate la vida. Trabaja para Sebastian.

—No sabes cuánto he luchado para evitar eso.

—Estabas obsesionada con ese concurso. Creía que era eso lo que querías.

—No lo entiendes.

—No, no lo entiendo. Parece que te da igual. Viajas hasta aquí y no vienes a visitarnos. No llamas. Y cuando conduzco hasta el fin del mundo para pedirte ayuda, me sueltas: «Es que es muy duro ser lista».

Su hermana hizo una pausa y, al ver que sus palabras no habían logrado el golpe de gracia esperado, arremetió de nuevo.

—¿Y lo demás? ¿Lo de conducir, los fulares, ese trabajo de compras?

Gillian siempre había hablado de sus chapuzas como si fueran un éxito rotundo. Tener que admitir lo contrario era degradante.

—Esos trabajos solo pagan las facturas —dijo en voz baja—. Y a duras penas.

Al principio June no respondió. Estaba de perfil, tamborileando sobre la taza de café. Cuando por fin se volvió hacia Gillian, parecía arrepentida.

—Antes te he mentido. Todd no es el dueño de la pizzería: es encargado de noche. Está pendiente de un empleo en Home Depot; pronto hará la segunda entrevista. Allí tiene más posibilidades de ascender, pero pagan menos. Nosotros tampoco llegamos a fin de mes.

June había mostrado su lado vulnerable, algo que ninguno de los Charles, salvo su madre, hacía de buen grado. Aquel esfuerzo era lo único que hacía tolerable su siguiente pregunta.

—¿Y papá?

—¿Quieres cargarlo con esto? Está en rehabilitación. Cobra de la Seguridad Social. Y de su trabajo como recepcionista. Duerme en la habitación de invitados.

Gillian negó con la cabeza.

—Ya sabes que nunca le dieron una oportunidad —insistió June—.

El desempleo bajó, sí, pero ¿dónde está su sueldo?

Intentó montar su propio negocio de electricidad.

Los permisos, las inspecciones... Todo ese dinero...

y ningún banco quiso concederle un préstamo.

Era bueno para tirar cableado, pero no para llevar la caja.

—Hablas como él. Pones sus mismas excusas. Papá tuvo muchas oportunidades; ¡mírale! Pero nos dejó a mamá, a ti y a mí con un montón de facturas médicas. Vale, le tocaron malas cartas. Pero ¡a mí también!

Se miraron fijamente.

—Si mamá no recibe ese tratamiento, no volverá a caminar —dijo June—. Y, lo que es peor, puede que la enfermedad avance. Sus riñones podrían fallar. Necesitaría diálisis.

—Ya sé cuáles son las consecuencias, June.

—¿Y qué hará? ¿Crees que vivirá conmigo, compartiendo habitación con papá? Sin medicación, morirá ahí.

—Lo sé, June.

Su hermana por fin se volvió del todo.

—Entiendo que hay cosas que no quieres hacer.

Pero todos debemos tomar decisiones difíciles.

Yo podría haber sido bailarina. Y tal vez mi querido marido sea profesor universitario en otra vida.

Pero, en esta, me paso el día haciendo gráficas, aguantando la mierda de los médicos.

Todd sirve pizzas y llega a casa oliendo a grasa.

Y mamá está enferma, y puede que se muera.

¿Quieres resolver rompecabezas? Pues resuelve este.

La respuesta te está mirando directamente a la cara.

June hundió el tenedor en los huevos y no dijo ni una palabra más.

No hacía falta.