El certamen 19
56%

19

Gillian se presionó la toalla contra la muñeca y oyó crujir el hielo que había envuelto dentro de la tela.

Tras el encontronazo con Jackie, se retiró a la habitación del hotel y se examinó en el espejo del baño, levantando los brazos como una cirujana recién salida del quirófano.

El costado derecho era como un tronco, y desde el antebrazo hasta la palma, como una caña: no sentía la muñeca.

Contemplarlo resultaba perturbador y al tocar la hinchazón esponjosa casi vomitó. Así que dejó de mirar.

Se sentó al escritorio y se fijó en el portátil de Miscellany.

La cámara estaba impecable: alguien había retirado el chicle o quizá había sustituido el aparato por uno nuevo.

No tenía ningún interés en meterse en el caballo de Troya de Miscellany, así que cogió papel y bolígrafo.

El bolígrafo pesaba y el papel tenía el membrete de Miscellany. Hizo una lista, y la fue tachando.

Llamarle (otra vez)

Despacho

Casa

El parque

Evelina

Seguimiento de la pulsera

Y, al final:

A la mierda, me rindo.

Se había convencido de que dominaba la situación.

De que era la persona más fuerte del parque.

Y entonces apareció Evelina con esa cara, la misma que ponían June y su madre cuando tenían las emociones a flor de piel después de aguantar las sacudidas emocionales de Gillian.

No era de extrañar que no estuviera preparada para la emboscada de Jackie.

Aunque lo cierto era que, por mucho que se hubiera entrenado, no habría podido evitar aquella paliza.

En Los Ángeles, Gillian no se dedicaba a buscar a gente.

Los parásitos a los que había seguido eran viejos conocidos, blancos fáciles que no sospechaban que los vigilaba.

Gillian no era una cazarrecompensas: en los rompecabezas que resolvía, las soluciones no se daban a la fuga.

Estaba fuera de su elemento, esa era la verdad.

Lejos de Dallas, había creído que era un tiburón, pero resultó que siempre había nadado en una piscinita.

Aquí la acechaban depredadores de verdad: se movían rápido, las apuestas eran despiadadas, y la violencia, inminente.

¡Y ella creyéndose Sherlock Holmes! Qué idiota.

Se recostó. Inspiró y espiró, dejando que la oleada de pánico se disipara.

Por supuesto que habría estado bien ser la más lista y la más fuerte.

Pero eso nunca había sido cierto. En los tiempos del Certamen, había trabajado más que nadie.

Se arrojaba contra los problemas hasta romperlos.

En los años posteriores, se había ablandado, había sustituido la verdad por el mito, se había creído su propio cuento.

Gillian, la niña prodigio nata. Gillian, la políglota natural.

¿Y ahora pataleaba cuando Miscellany destrozaba el mito?

Venga ya, vete a llorarle a otro. La Gillian de Los Ángeles era más perseverante que esa llorona. Más valiente.

Se quitó la toalla. Flexionó los dedos de la mano derecha y se estremeció.

Maldita zorra. En combate cuerpo a cuerpo, Jackie sabía lo que se hacía.

Si repitiesen el encuentro una docena de veces, el resultado sería siempre el mismo.

Vale, Gillian no era tan dura. Si volvían a encontrarse, ella atacaría primero usando sus propias armas: la perseverancia y la lengua.

Miró alrededor. Sus ojos se posaron en el abrecartas del hotel, enfundado en cuero cosido a mano. Algo afilado tampoco le iría mal.

Gillian sacó ese cuchillo fino y lo empuñó con el filo hacia abajo. Hizo un doble gesto de apuñalamiento. Se imaginó de nuevo en la calle, contra Jackie. ¿Y ahora quién es la puta sepia? Gillian no se daría por vencida. Nunca lo haría.

Dejó la hoja a un lado, sobre la mesa. Volvió a mirar la lista. Y tachó «A la mierda, me rindo» con una línea firme.