18 #3
—No recuerdo haber visto ningún coche. ¿Quieres que llame a nuestro chófer?
Todas las alarmas de Gillian se dispararon.
—¿A Jackie?
—Ah, ya la conoces.
Por lo visto, a Evelina no le preocupaba tener a una tigresa como mascota.
—Yo me andaría con ojo con ella —dijo Gillian.
Evelina levantó el mentón, dejando al descubierto su cuello pálido. Las lágrimas y el rímel corrido le daban un aspecto parecido al de un mapache glamuroso.
—Lleva en Miscellany desde siempre.
—Me preocupa que esté encubriendo a Tommy, incluso suministrándole producto. Lo ayuda a esconder su adicción.
—No, es todo lo contrario. Le pedí a Jackie que cuidara de Tommy. Las drogas que consume, la cocaína... Ya lo he dicho: cocaína. Si lo pillan con eso, ¿te lo imaginas? También guarda jeringuillas en casa. Jeringuillas, Gillian.
—¿Estás segura?
—Tan segura como que existen la noche y el día. Jackie es una roca. Es el referente absoluto. Ella es la única razón por la que esto funciona.
Gillian había creído que Ellsberg era un amigo, hasta el momento en que entró en aquella carpa y se plantó al lado de Sebastian. La gente lista era la peor. Tomaban decisiones en un segundo y luego se convencían de que eran los hechos los que guiaban sus conclusiones.
—Iré andando —dijo Gillian.
Fueron juntas hasta la puerta principal. Evelina había recuperado la sonrisa.
—He oído que competirás en el Reencuentro. ¿Otra vez al ruedo?
—El jurado aún no lo ha decidido.
Evelina se rio.
—A mí no me engañas. Te mueres por competir.
Gillian no pudo negarlo: la mentira se le habría reflejado en la cara, y Evelina era muy perspicaz. Al verla con la espalda arqueada y las facciones afiladas, Gillian no pudo sino pensar en una navaja automática: ahora inofensiva y al segundo siguiente letal.
Sentía un cúmulo de emociones. Respeto, envidia. La vida de aquella mujer: eso era lo que Gillian quería. No su aspecto, ni el matrimonio de cuento imposible. Quería su influencia, la capacidad de marcar la diferencia. Pero estaba empezando a confundirse. A mezclar lo profesional con lo personal.
Evelina la detuvo en los escalones de la entrada.
—¿Crees que podrás encontrar a Tommy antes del Reencuentro? Dos días no es mucho.
—Como te he dicho, soy aficionada a los rompecabezas desde niña. Lo resolvemos todo. Y estoy muy motivada.
Evelina la miraba con la misma expresión que Gillian había visto en sus ojos cuando le había mencionado la salida a Bolsa. Pero enseguida parpadeó y volvió a sonreír.
—Bueno, si necesitas mi ayuda para gestionar las intrigas de Miscellany, no dudes en pedírmela. Se me da bien tratar con la gente de aquí. Se comportan de otra forma cuando creen estar entre amigos. Dejan caer las máscaras.
Aquella mujer, en efecto, era una navaja automática.
—Habrías dado la talla en el Certamen.
—Ay, cariño —dijo Evelina, posando la mano en el brazo de Gillian—. Yo habría ganado.
Jackie Álvarez estaba aparcando el omnipresente Mercedes negro cuando Gillian dejaba atrás el jardín. En cuanto detuvo el coche, salió disparada del vehículo y lo rodeó como un misil. Llevaba su traje oscuro y su camisa blanca abotonada hasta el cuello, sin corbata. Muy profesional.
—¿Qué haces aquí, sepia?
El apodo la perseguía a todas partes.
—¿Dónde has oído ese nombre?
Todo ocurrió muy deprisa. Jackie se le acercó con tres zancadas, la agarró de la muñeca y la atrajo hacia sí. Pilló a Gillian totalmente desprevenida. Había hecho judo de pequeña, pero su cuerpo de treintañera alimentado a base de burritos de microondas no estaba preparado para un combate.
—Te he preguntado qué haces aquí.
Jackie le estrechó la muñeca con fuerza. El dolor era insoportable. Un relámpago le subió por el brazo y, sin poder evitarlo, las lágrimas le anegaron los ojos.
—Me estás haciendo daño. —La voz de Gillian temblaba—. Suéltame.
—Yo misma me responderé. —Los dedos de Jackie eran como un torno. Los cerraba con la presión exacta para doblarle las rodillas—. Estás aquí para hacer todo lo que Miscellany quiera.
Gillian no dijo nada. Su respiración era agitada.
—Los Kundojjala son especiales —dijo Jackie—. Pero la gente intenta aprovecharse de ellos. Sobre todo de Evelina. Es una persona sociable, confiada, y no me gusta ver cómo abusan de esa confianza. Ha hecho mucho por mí. ¿Me oyes, sepia? Es una persona importante.
Jackie apretó más fuerte y Gillian dejó escapar un gemido involuntario.
—Vale, vale.
—La próxima vez que quieras venir, me lo pides primero. ¿Entendido?
El viento levantó la americana de Jackie. Había una pistola en la cartuchera que llevaba sujeta a un costado. Gillian no esperó a que apretara más.
—Entendido.
Jackie la soltó y Gillian se apartó de inmediato, frotándose la muñeca.
De niña, siempre había pensado que sería de esas personas que jamás se doblegan ante los abusones. Sacaría pecho. Usaría las palabras como su mejor arma. Aunque los malos intentaran hacerla papilla, nunca se rendiría. Sería como el acero, como los diamantes.
Se alejó de Jackie, con la muñeca al pecho, haciendo lo imposible por contener las lágrimas.