18 #2
—Da igual. Ninguna otra mujer llegó tan lejos en el Certamen. Es increíble.
—El primer puesto habría estado mejor.
—Pero entonces apareció Tommy. —Evelina alzó la taza, sopló y le dio un sorbo—. ¿Nunca culpaste a mi marido? —Se acomodó con la ligereza de un ave. Sus ojos de porcelana negra reflejaban el escrutinio de Gillian—. ¿O no has venido a hablar de él?
¿A qué Tommy debía de amar Evelina? ¿Al prodigio, al adicto o al amigo de la infancia de Gillian? Ella se removió en el sillón.
—Tu marido ha desaparecido. Tenemos asuntos pendientes.
—Si me estás preguntando si está aquí, debo decirte que no. No lo he visto desde ayer.
—¿Cómo estaba? Parece... estresado.
Evelina dejó la taza y se recogió un mechón de pelo rojo tras la oreja. Su sonrisa perdió brillo.
—El trabajo es muy exigente. Tommy está sometido a mucha presión.
—¿Te refieres a la Segunda Temporada?
Su anfitriona titubeó.
—No debería hablar de eso.
Evelina jugaba a hacerse la interesante. O necesitaba a una amiga, o su juego escondía algo más. En cualquier caso, el duelo de ingenio era agradable. Medirse con alguien sin el lastre de la historia del Certamen.
—Tommy me dijo una cosa —apuntó Gillian—. Que la Segunda Temporada estaba amañada.
Una pausa. Evelina pensando.
—Se crean resentimientos —dijo—. Tú estuviste en el concurso original, seguro que lo entiendes.
Están compitiendo, y solo hay un ganador, ningún premio por haber participado.
Color, credo, origen... no significan nada.
Pero hace falta inteligencia para clasificarse: esto no es caridad.
A veces los chicos que fracasan lo llevan mal.
Y la plataforma será enorme. Enorme. Vamos a retransmitir todo el evento.
Twitch, YouTube, ESPN. Hay millones en juego, para Miscellany y para las familias.
Parecía un anuncio publicitario, como si Gillian no supiera cómo funcionaba la vida.
—¿Te refieres a la salida a Bolsa?
Evelina se quedó helada.
—¿Qué?
—Cuando haces recados para los ricos, te aprendes los nombres. Estás tratando con al menos dos bancos de inversión.
La sonrisa de Evelina se convirtió en una mueca.
—Es increíble. Nada de esto ha salido en la prensa.
—Ya sabes, somos aficionados a los rompecabezas desde niños. Lo resolvemos todo.
—Ya lo veo. —Evelina le dio un sorbo al café para recomponerse—.
Estamos bien. Como ves, no necesitamos dinero.
—Alargó el brazo desplegando la mano hacia la finca—.
Yo dirijo la rama benéfica del Círculo de Sebastian: sé lo que es la verdadera necesidad.
Y, sin la inversión, serán esas personas las que más sufran: los que venden entradas, los que atienden las atracciones. Los niños.
¿Estaba Evelina al corriente del precario estado de sus finanzas? Gillian podía imaginársela mintiendo para evitar una verdad incómoda. Convenciéndose a sí misma tanto como a los demás.
Evelina bebió otro sorbo.
—La Segunda Temporada es una parte fundamental para que el sueño funcione. Y fue Tommy quien presentó el concepto de la reactivación al equipo ejecutivo. Es su criatura.
—¿Tommy convenció a Sebastian para hacer la Segunda Temporada?
—Sí, claro. Por eso cuando esos padres se quejan, se lo toma como algo personal. Es muy emocional. Ya lo conoces. Es intenso.
«Terca» era la palabra que usaba su madre para describirla.
Gillian no hacía los deberes cuando se trataba de estudiar banderas de señales y pesos atómicos.
La habían castigado por discutir con los profesores sobre quién construyó las pirámides, quién descubrió América.
Su madre se había pasado horas reunida con sus maestros.
Vivir con competidores —competidores de élite— debía de ser una pesadilla.
Los altibajos, el funesto torbellino de la constante autocrítica.
A veces Gillian apenas se soportaba a sí misma.
Liberar a su madre de aquella carga emocional justificaba que se hubiese mudado a medio país de distancia.
Gillian cambió de tema.
—Yo iba a llamarlo encantador.
—Es encantador, ¿verdad? —De pronto, el ánimo de Evelina se desinfló. Sus ojos se movían por la habitación, sin mirar a su invitada—. A veces desaparece.
Ese era el trauma familiar que Gillian recordaba.
—¿Sabes adónde va?
Evelina negó con la cabeza.
—¿Has rastreado su teléfono? —preguntó Gillian—. ¿Uber? ¿Tarjetas de crédito?
Se encogió de hombros, con impotencia.
—Es una opción que no nos gusta. La de rastrear a los demás. ¿Como si fuéramos propiedad del otro? Ahora suena ingenuo, lo sé.
La pulsera que Gillian llevaba en la muñeca era una evidencia irónica. Pero Evelina siguió.
—Lo triste es esto: que incluso cuando está aquí, no lo está. —Golpeteó el platito con la uña y esbozó una sonrisa vulnerable—. Está en tratamiento. Un programa en Tucson, y no es barato. Hacen senderismo y yoga.
—¿Está en un programa ahora?
—Lo estuvo. Duró seis semanas. Un período sabático. Cuando volvió, creí que estaba mejor. Quería que estuviera mejor.
Gillian recordó a su madre, jurando una y otra vez que no iba a sacrificar la vida por su padre. Pero nunca abandonaba aquella cocina abarrotada, se quedaba pegada al teléfono, aquel maldito fijo clavado a la pared como un crucifijo.
—Hablo por experiencia —dijo Gillian—: quedarse en el mismo sitio, con la misma gente, es difícil. Los adictos se acomodan, recaen. No son capaces de ver lo que están haciendo a los demás.
Evelina asintió con los ojos empañados. Debía de ser un alivio hablar con alguien que entendía la situación. Una mujer que se está ahogando se agarra a cualquier mano tendida.
Usar la empatía para manipular: Sebastian estaría orgulloso. La idea resultaba inquietante.
—Debo irme. —Gillian se puso en pie de repente—. Si ves a Tommy, ¿me lo dirás?
Evelina bebió un sorbo más de café y asintió. Se secó los ojos.