18
Evelina y Tommy vivían en Kuthodaw, una urbanización que Miscellany había planificado a conciencia para alojar a los empleados del parque.
Su nombre, de origen birmano, significaba «colección de tablillas de piedra con inscripciones budistas».
Las casas eran villas diáfanas, con jardines, fuentes y serpenteantes caminos de acceso para los vehículos, y estaban en régimen de alquiler estrictamente vacacional.
Un guardia de seguridad con camisa blanca y una placa termoadhesiva vigilaba la urbanización, completamente vallada.
Por suerte, Gillian había sobornado a uno de los aparcacoches del Leonardo.
Como tenía a un conocido en el Kessler, le ofreció entradas para el concierto de Leon Bridges.
El empleado del hotel la metió en un coche, mientras ella viajaba agazapada en el asiento trasero.
En la entrada, el guardia le indicó que pasara con un gesto.
En cuanto estuvieron fuera de peligro, Gillian y el chófer se despidieron haciendo chocar los puños.
Ella se apeó y el coche se alejó por donde había venido.
No estaba dispuesta a esperar en el hotel.
No había tráfico, pero sí un montón de vehículos aparcados en aquellos caminos lujosos.
El vecindario parecía de otra época. El césped era tan verde que costaba de creer que fuera auténtico.
Se oía el murmullo delicado de los aspersores automáticos, y risas lejanas se filtraban desde las casas idénticas.
Era muy distinto al barrio donde Gillian había crecido, en el noroeste de Dallas, con los aviones de Love Field tronando sobre su cabeza.
En su barrio, las pandillas y las drogas estaban al orden del día, pero los vecinos vivían siempre alerta.
Eran mayoritariamente afroamericanos, dispuestos a velar por los suyos.
Su padre formaba parte de aquella comunidad, pensó Gillian, y si alguien había considerado a su madre como una traidora por casarse con un chico blanco, nunca lo expresó en su presencia.
Cuando su padre se emborrachó y perdió su trabajo en El Fénix, la familia tuvo que mudarse.
Gillian se preguntó si su antigua casa seguía en pie.
Se acercó a la casa de los Kundojjala. Todo estaba en silencio. Era una villa de estilo colonial español, con muros color marfil, macetas azules y tejado de terracota. Fuera, en la calle, había aparcado un Civic rojo que desentonaba entre los BMW y los Teslas.
Gillian se empeñó en odiar aquel lugar. Se imaginó viviendo en Kuthodaw, donde todo era idéntico, donde tendría que luchar por seguir fiel a sí misma.
Incluso cabía la posibilidad de que la gente llegara a convencerse de que era blanca, razón suficiente para rechazar aquel Malibú tejano.
Pero por mucho que lo intentaba, seguía deseándolo, y con un anhelo que no podía negar.
Quería conducir el Lexus cuando el Jaguar no arrancara.
Dejar que sus amigos se quedaran a dormir en la segunda habitación de invitados.
La riqueza ofrecía la oportunidad de olvidar el mundo injusto.
El dinero quizá no comprara la felicidad, pero te permitía alquilar un estado de amnesia.
Mientras permanecía allí, fantaseando con otras opciones de vida, un hombre alto y rubio salió de la casa, escribiendo un mensaje en el móvil mientras mantenía una llamada.
Su voz se oía con toda claridad: «La mesa para la cena está reservada a las ocho, no a las siete.
El coche debería ser un Escalade negro: que no me vuelvan a endosar un Expedition blanco».
Llevaba una bolsa de la compra colgada del brazo y un recibo en la mano.
Gillian lo tomó por un asistente personal.
Pobre pringado; pasarse el día orquestando hasta la más mínima banalidad de la vida de otro, una labor interminable e ingrata.
Gillian recordó que la lista de deseos y necesidades de Chantal la esperaba en Los Ángeles.
Podía empatizar con el rubio, incluso le caía bien, sobre todo después de que dejara la puerta principal sin cerrar.
En cuanto se hubo marchado, ella tomó el camino de la entrada y entró en la casa.
El interior de la vivienda de los Kundojjala estaba perfectamente ordenado y tenía un aspecto muy adulto.
Un recibidor abierto con suelo embaldosado y, en un nivel inferior, un amplio salón repleto de sofás blancos y mesitas color arena.
Encimeras de cuarzo y un fregadero de granja sobredimensionado.
Mucho cristal. Aguzó el oído por si había más ocupantes, pero solo oyó sus pasos apagados y su respiración nerviosa.
Si la descubrían allí, sola, fuera o no una amiga de antaño, estaba jodida.
Si alguien la había visto entrar y llamaba a la policía, los disparos llegarían antes que las preguntas. Se movió deprisa.
Encontró el despacho en el otro extremo de ese interior impecable.
Era la única habitación mínimamente desordenada.
Más cables esparcidos encima de otro escritorio austero, pero ni rastro del portátil ni de Tommy: allí solo había un monitor largo y delgado.
Vio algunos libros alineados en la pared, todos relatos de detectives privados y de personas descarriadas.
Dashiell Hammett, Elmore Leonard, Margaret Millar.
Gillian hojeó los libros, pero no encontró ninguna prueba incriminatoria entre las páginas, solo una foto de Tommy y Evelina en ropa de playa en una fiesta hawaiana; sonreían con tanto ahínco que parecía que se les iba a romper la cara.
Volvió al escritorio. Abrió una caja de latón bruñido: dentro encontró el tapón de un bolígrafo, un paquete casi vacío de caramelos y varios blocs de notas adhesivas de colores.
La primera estaba repleta de garabatos, una serie de números sin sentido.
Al darle la vuelta apareció una lista. «Álbum de fotos.
Tarjetas. Autorizaciones para acceder a cuentas de correo electrónico.
EK. Calcetines (2)». Y tachados: «Marco de fotos.
Regalos para el equipo». Una lista improductiva guardada en una caja olvidada.
Autorizaciones para acceder a cuentas de correo electrónico. EK. ¿Evelina Kundojjala?
Gillian se dirigió hacia el garaje. Allí había tres coches: un Tesla, un BMW y un Audi.
Abrió las guanteras y los maleteros, pero solo encontró rascadores de hielo y cables de arranque.
Los cuentakilómetros de cada vehículo marcaban menos de quince mil.
Aquellos coches nunca iban a ninguna parte. Eran un atrezo caro.
Se sentó en el Audi, acomodada tras un volante de fibra de carbono, e intentó ponerse en la piel de Tommy.
Aquel hombre tenía todo lo que siempre había deseado.
Los signos externos de la riqueza, acceso al poder, y además diseñaba rompecabezas, creaba entretenimiento para niños ilusionados de todo el mundo.
Y, aun así, era un desgraciado. Iba hasta las cejas de cocaína y vivía convencido de que el sistema se le había vuelto en contra.
Cuando caías en una trampa que habías diseñado tú mismo, ¿a quién acudías?
Gillian volvió a entrar en la casa y se acercó a las ventanas que daban al jardín trasero.
Desde allí se veía el campo de golf, justo al otro lado de una piscina infinita.
Oía una música procedente de unos altavoces que no lograba localizar.
Parecía una escena montada, una casa preparada para alguien que no eran sus ocupantes.
—¿A que es una vista increíble?
Gillian se volvió. Una mujer pelirroja la miraba plantada en medio de la cocina, muy sonriente.
Blusa de color burdeos, corbata negra y unas gafas de sol enormes.
Evelina Kundojjala avanzó para estrecharle la mano: no era alta, pero su presencia lo llenaba todo.
Casi se diría que las moléculas de oxígeno que la rodeaban vibraban. Le dio la mano con firmeza.
—Gillian Charles. He oído hablar mucho de ti.
—Llevaba las uñas pintadas de un rosa champán, y las cutículas, impecables.
Su dicción era clara y precisa, como si el inglés no fuese su lengua materna, y quizá no lo fuera.
Se quitó las gafas de sol y las dejó sobre la encimera de la cocina, junto con el bolso—.
Voy a prepararme un espresso doble. ¿Quieres algo?
Actuaba como si Gillian fuese una invitada esperada. Ella aceptó el juego.
—Lo mismo, gracias.
Evelina se llevó su sonrisa y su aura hasta una enorme cafetera espresso .
Cogió el tarro de café molido, leche de almendra y una tacita delicada.
Sus dedos finos danzaban sobre los mandos de la máquina, que retumbaba y escupía vapor.
No perdía de vista el móvil, pendiente de todos los detalles con su mirada afilada, como hacía su marido.
—A Tommy le encanta el café —la oyó decir, a pesar del ruido—. Esta máquina es automática. Nos consiguió una manual, de Budapest, pero nunca la usamos. Era demasiado complicada.
Gillian reparó en la inscripción en latín que había escrita en la taza de café. Reprimió una sonrisa al imaginar los carteles en las tiendas de recuerdos del parque. «tazas con acertijos a solo 30 dólares».
En cuanto la máquina escupió su espresso , Evelina cogió su taza y su platito y se los llevó al salón, frente a los ventanales.
Los dejó en la enorme mesa de centro y se sentó en el sofá blanco, con un movimiento fluido.
Gillian la siguió y se acomodó en el sillón de cuero más cercano a la puerta.
Evelina sonrió y la miró como si la hubiera hecho aparecer de la nada.
—Bueno, háblame de ti.
Era serena y fría. Tan peligrosa como cualquiera de los concursantes.
—¿De mí?
—Doy por hecho que Stephen te ha dejado pasar. Es un maestro juzgando a la gente.
Los ojos de Evelina eran afilados. La observaban, quizá para ver cómo reaccionaba.
—La puerta estaba abierta, sí.
Su sonrisa no flaqueó.
—Hace mucho que quiero conocerte. Jugadora. Campeona de ajedrez... y de damas. Incluso tocabas el violonchelo.
—El violín.