El certamen 17 #3
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17 #3

—Tommy tiene un problema con las drogas —dijo.

—Cocaína como mínimo. Ya lo sé.

Frunció el ceño como solo él sabía hacerlo.

—Sabía que lo sabías.

—Perdóname si no me pongo en modo mejor amiga. —Los niños correteaban por las cuerdas tendidas sobre sus cabezas. Se veían felices—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé a ciencia cierta, pero ha ido a peor este último año. —Titubeó, como si tratara de calibrar dónde trazar la línea que no debía cruzar—. Encontré pañuelos ensangrentados. Y un cuaderno de notas donde se insinuaba la dosis de las inyecciones.

—¿Y no dijiste nada?

—Por supuesto que hablé con él. Pero siempre tenía una explicación: que si el estrés, que si la fatiga.

—Ellsberg suspiró—. Los del reparto de Stranger Things vinieron para un evento en Halloween...

Tommy no era él mismo. Estaba muy irritable.

De hecho, empujó al actor que hace de sheriff, el grandullón.

El octubre pasado. Casi un año adelgazando y pinchándose, cubriendo su cuerpo de moretones y marcas de aguja, y nadie lo había frenado, ni sus amigos, ni su mujer. Pero entonces, ¿dónde estaba Gillian, la chica que lo veía todo?

—¿Quién más lo sabe? —preguntó ella.

—Sospecho que Jackie Álvarez encubre su adicción, y tal vez más gente.

—La vi sacar unas bolsitas de su equipaje. Sé que está implicada.

Ellsberg no respondió.

—¿Ya la has interrogado?

—A ver, que yo interrogue a Jackie, sobre todo acerca de la adicción de Tommy, sería políticamente delicado.

—¿Por qué? Es su chófer.

Ellsberg se molestó.

—No sé de dónde sacas tus informaciones, pero, como siempre, estás equivocada. Jackie trabaja en el departamento de Protección Personal y responde directamente ante Sebastian.

—¿Protección de quién? ¿De Tommy?

—De todos los directivos. Y sus familias.

Eso explicaba la hostilidad con la que Jackie la había tratado desde el principio.

—¿Y qué hay de Evelina? ¿Qué sabe?

—¿Sobre las drogas? Nunca le he sacado el tema. Pero es una mujer lista.

—Vaya... Podría intentar salirse un poco de su papel profesional.

—No te pongas así. No me refería a eso. Se dedica a las relaciones públicas. Con ella es muy difícil saber la verdad.

Gillian recordó a Tommy en el avión: la tensión que se palpaba cuando hablaba con su esposa. El caso es que Evelina no era solo su esposa, sino también otra jugadora en el tablero corporativo.

—¿Está trabajando en la Segunda Temporada?

Ellsberg vaciló.

—Sí, pero eso no es nada raro. Está implicada en el lanzamiento de todo lo que tiene que ver con la cara pública de la empresa. —Frunció el ceño—. No seguirás creyéndote esa tontería de las trampas, ¿verdad?

La idea la tentaba: investigar Miscellany al lado de Ellsberg, espoleándose el uno al otro para resolver un misterio, como habían hecho con el crucigrama.

Pero, dejando a un lado esa tregua momentánea, Gillian no confiaba en Ells.

Tenía el rostro afilado como el de un ave rapaz, e iba con el cuerpo inclinado hacia delante, acechando respuestas.

La preocupación estampada en su mandíbula parecía real, pero, aunque fuera sincero, eso no garantizaba la pureza de su motivación.

En Los Ángeles, Gillian había tratado con muchos clientes —amigos— preocupados por el comportamiento errático de un ser querido.

A veces, cliente y ser querido estaban unidos por un contrato, y la violación de una cláusula moral activaba un pago millonario.

Para Ellsberg, la amistad y la lealtad no eran más que herramientas.

Tendría que tenerlo presente, ahora más que nunca.

—Estoy tratando de resolver un rompecabezas, Ellsberg. ¿Recuerdas los rompecabezas?

Él se enderezó, como si Gillian lo hubiera abofeteado. Se quedó allí, pensativo, con un aire a lo Katharine Hepburn, hasta que dio con una respuesta.

—A Evelina no le va a gustar —dijo—, pero enviaré a un guardia a la propiedad. Si Tommy está en casa, te avisaré.

—Me suena a que no vas a mover un puto dedo.

—Siempre puedo mandar que te escolten fuera del parque. Entonces ya podrías despedirte de tu dinero.

Gillian levantó la vista hacia las escaleras de cuerda que colgaban sobre sus cabezas, tratando de perderse en el cielo, de trazar un rumbo entre los nubarrones oscuros de la vida.

Lo irónico era que el cielo estaba azul y las nubes eran blancas: un cuadro de postal.

Los niños reían felices y despreocupados.

Una de las niñas trepaba hacia arriba, con una camiseta de la NASA.

Era todo codos y rodillas, y parecía pasárselo en grande.

—Está bien —accedió Gillian—. Esperaré en el hotel.

Él la miró sin dar crédito.

—¿Así, sin más?

—Tú mismo lo has dicho. Tampoco me han pagado.

Ellsberg permaneció inmóvil, mirándola, como si pudiera olfatear las mentiras en el aire.

—Perfecto. Te digo algo.

Dicho eso, se marchó camino de las oficinas centrales, echando miradas por encima del hombro de vez en cuando para comprobar si Gillian seguía allí, como si fuera un puma que fuera a atacarlo si no mantenía el contacto visual. Aquel desgraciado flacucho le tenía miedo.

Gillian sonrió.

Genial.