El certamen 17 #2
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17 #2

—Querías que te ayudara con Tommy. Lo estoy haciendo. ¿A qué le tienes tanto miedo?

—No sabes cómo funcionan las cosas aquí. —La mancha de nacimiento de Ellsberg se tiñó de rojo—. Tienes cuentas pendientes y eso siempre es peligroso.

Cuanto más se enfadaba, más arrastraba las palabras, más se exageraba su acento de Birmingham.

—Miscellany está trabajando para el mundo. Todo lo que Sebastian hizo por nosotros, lo hacemos ahora por el planeta. No son solo rompecabezas y acertijos. Es desarrollo cognitivo, coordinación, más confianza y mayor autoestima.

—Lo sé. He leído la página web.

—Tú nunca creíste en él, ni en la misión.

—Yo creía en mí. En mi misión. Y tú antes eras igual.

Ellsberg frunció los labios. Estaba claro que lo había alterado. Se frotó la frente, como si Gillian se la hubiese perforado con un láser.

Ya se oía el alboroto que reinaba en el Paseo Marítimo.

Gillian observó a los visitantes, que se agolpaban en los juegos: lanzamiento de aros, dardos, máquinas recreativas como la NBA Jam y la Gauntlet.

Recordó sus días en NickelRama, el viejo salón recreativo de Garland: echaba monedas en cada ranura encendida, con un enorme vaso de refresco al lado.

Aquellos recuerdos ayudaron a calmar su enfado.

Ellsberg también se relajó; al menos ya no se agitaba como si le escociera la ropa interior.

—Solías ser bastante buena en estos juegos —dijo él—. Si no recuerdo mal.

—Sigamos buscando. A ver si alguno traiciona a sus compañeros por una camiseta gratis.

—Si ese comentario va por mí, las camisetas no eran gratis. Costaban veinte dólares y tuve que pedir un adelanto de mi paga.

Gillian se rio muy a su pesar. Lo que la atrajo de Ellsberg cuando lo conoció fue su sarcasmo seco, como si estuviera descubriendo a una persona secreta que nadie más conocía.

Pero luego Sebastian y el Certamen dejaron al descubierto otra de sus caras, y ella se marchó, deseando no haber conocido ninguna de ellas.

Ellsberg se sacó un bolígrafo del bolsillo y lo clicó distraídamente. Un reflejo infantil que despertó recuerdos más amables.

—¿Sigues fracasando con los crucigramas? —le preguntó ella.

—Me defiendo bastante bien, gracias.

—Nunca acababas ninguno. —Le tendió la mano abierta—. Vamos. Dame.

Con aire teatral, Ellsberg le entregó un folleto arrugado que llevaba metido en el bolsillo trasero. Anunciaba las actividades diarias de Miscellany e incluía un crucigrama en la contraportada, de esos con un acertijo escondido. Gillian inspeccionó el diseño y comprobó los avances de Ellsberg.

—Está en español.

—Sebastian lo habla con fluidez. Como sus alumnos más brillantes.

—No he dicho que no pudiera leerlo.

Ellsberg había hecho un trabajo bastante decente. El crucigrama estaba casi completo, salvo por un bloque en la esquina.

—«Balsa hinchable» es lancha —anotó ella con rapidez, como si la cronometraran—. Lo que significa que «instrucción en una receta» es remover, no girar.

Él se inclinó hacia delante.

—Mierda. Esa me la sabía.

—Las eternas palabras del que queda segundo.

Paseó la mirada por las casillas. De nuevo, sintió que el corazón se le aceleraba, como si la hubiesen sacudido con una descarga. Ellsberg alargó el brazo por encima del hombro de Gillian para señalar el cinco vertical.

—Eso es «principio».

—Ya lo sé —saltó ella—. ¿No acabo de corregir remover?

Estibar. Libidinoso. Espada. Juntos rellenaron todas las casillas y descubrieron la solución al acertijo, las letras marcadas que componían tanto la pregunta como la respuesta.

—Ríos, pero no agua. Ciudades, pero no edificios. Bosque, pero no árboles. —Ellsberg gruñó—. ¿Un mapa? ¿Quién monta en estas estupideces?

—Quizá deberías pedir el traslado al departamento de crucigramas.

—No podría joderla más de lo que ya lo he hecho.

—Martin —dijo Gillian imitando a la perfección la voz de Sebastian—. Ese lenguaje no es propio de ti.

Ambos se echaron a reír y, de pronto, Ellsberg pareció unos cuantos años más joven. Por un momento, Gillian se olvidó de todo, y disfrutó de la alegría compartida de resolver un rompecabezas.

Al llegar al final del Paseo Marítimo, Ellsberg se detuvo bajo una serie de escaleras de cuerda, junto a una papelera que, curiosamente, estaba libre de chicles y grafitis.

Escudriñó con la mirada el contenido visible, con las manos en los bolsillos.

No encontró nada. Se quedó inmóvil y, con cierta aprensión, alzó la cabeza.

Una pulsera naranja colgaba de la cuerda más cercana.

Ellsberg desenganchó el localizador dejando escapar un suspiro. Contempló la pulsera como si lo hubiese decepcionado.

Gillian se preguntó si su reacción era auténtica.

Ellsberg parecía preocupado. Como si la ausencia de Tommy significara algo más que una mala evaluación.

En los días del Certamen, Ellsberg siempre se había comportado de forma extraña con Tommy.

Se reía demasiado rápido de sus bromas, saltaba demasiado deprisa ante sus desplantes.

Tenían una relación volátil de amor-odio.

Gillian siempre se había preguntado qué sentía él por dentro, y qué emoción lo dominaba.

Ellsberg trataba de ahogar las palabras que se agolpaban en su garganta, hasta que al final las escupió: