17
Salió de la tienda y buscó una puerta anodina que flanqueaba la entrada del parque. Llamó varias veces hasta que un tipo larguirucho vestido con el uniforme marrón de seguridad se le acercó por detrás, con malas pulgas.
—Oiga, señora, esta es una puerta para personal autorizado.
—Lo sé. Por eso estoy llamando.
Él se ajustó las gafas.
—Si necesita hablar con Atención al Cliente...
—En realidad, necesito a Ellsberg.
A ese tipo solo le faltaba un sombrero y una estrella de sheriff.
—Señora...
—Señorita. Y no necesito la dulzura tejana.
Eso no le gustó nada. Se puso rojo como un tomate y se llevó la mano a la radio.
Gillian no estaba siendo delicada, ni siquiera educada, pero tampoco tenía por qué.
Si armaba un escándalo, lo traerían más rápido.
No debía de andar lejos. Y, en efecto, detrás del guardia, apareció Ellsberg, con el pelo revuelto y los pantalones arrugados, como si se hubiera tomado un cóctel de café y bebidas energéticas pero no le hubiese hecho efecto.
Cuando el guardia de seguridad apenas había tenido tiempo de soltar diez palabras por la radio, Ellsberg ya estaba allí, diciéndole que se retirara.
—Ya me encargo yo, Connor. Gracias.
La mirada de Connor abandonó a Gillian para clavarse en su jefe; la cara del vigilante decía claramente: «Échala a patadas». Pero ya era un veterano. Enseguida se olvidó de aquel asunto que superaba su responsabilidad y reanudó la ronda.
Ellsberg se tomó un momento para alisarse el pelo.
Gillian trató de imaginarse manteniendo con Ellsberg el mismo tipo de conversación ligera e ingeniosa que la noche anterior.
Se veía incapaz, tanto como de trabajar sentada en un despacho de nueve a cinco.
Sin embargo, competir con él de nuevo...
Ese era un tipo de relación que sí podía concebir.
—He oído que has estado en El Nido —dijo.
Claro, ya estaba al tanto de todo. Gillian se comió un M creía que lo sabías todo.
—Tommy ya es adulto. No sigo el rastro de todo el mundo.
Gillian lo miró de arriba abajo.
—Eres tú la que has venido a buscarme —arguyó él.
Aun así, su cara lo decía todo: no soportaba no haber sabido que Tommy usaba Uber. Gillian era incapaz de ocultar su expresión de satisfacción.
Con la última ubicación conocida de Tommy en mente, los dos abandonaron la sala de seguridad. Una vez fuera, Ellsberg echó a andar a toda prisa, creciéndose con cada paso, confiando en el poder que le confería su conocimiento del parque.
Respiró hondo.
—Dado el trabajo que te han encargado, quizá la mejor estrategia sea unir recursos. Compartir lo que sabemos.
Tanto la salud como la situación de la madre de Gillian eran precarias: no tenía tiempo para emplear días o semanas en infiltrarse en la organización. Ellsberg era uno de los concursantes y también ejecutivo de Miscellany. Tenía contactos.
—¿Alguna teoría? —preguntó ella.
—Le gusta mucho el Paseo Marítimo. Sigue jugando, a pesar de su posición. Es muy posible que podamos encontrarlo allí.
—¿Para qué te necesito?
—Tengo potestad para detenerlo en el recinto del parque, si llegara el caso.
Gillian no le preguntó por qué la necesitaba él. No le convenía que dudara de su utilidad.
—Cobraré lo que me toca, lo encuentre quien lo encuentre.
Ellsberg esbozó una sonrisa.
—Cuanto antes cobres, antes dejarás de ser un problema.
Se dirigieron hacia el corazón del parque. Mientras andaban, Gillian contemplaba la multitud: los visitantes parecían más pudientes que en su época: ropa de marca, Ray-Bans, zapatillas caras. Mucho dinero lubricando la maquinaria de Miscellany.
—Has dicho que Tommy usaba Uber —dijo Ellsberg—. ¿Cómo lo has sabido?
Ella le habló de su época en el Centro de Transporte. Después de un paseo por los dominios de Ellsberg —Gran Hermano acechando a los huéspedes desde el aparcamiento hasta la sala de acertijos—, entendió mejor por qué Tommy rechazaba las limusinas que ponían a su disposición.
—Sabes por qué se complica así la vida, ¿verdad? —dijo ella.
Un gruñido de desaprobación anticipó la respuesta.
—Sabe que localizamos los vehículos de la compañía y no quiere que rastreen su ubicación.
Gillian asintió. Como buen especialista en rompecabezas, Ellsberg estaba más molesto por que Gillian hubiera descubierto la respuesta antes que él que por que Tommy lo hubiese superado en ingenio. Casi pateaba el suelo de pura frustración.
—¿Has mirado en su casa? —preguntó ella—. ¿No estará tirado en el sofá, viendo la tele?
—Evelina insiste en que no ha vuelto a casa.
—Podría estar mintiendo.
—Kuthodaw es un vecindario privado. La gente que vive allí no tolera que alteren su tranquilidad.
Como si Tommy y su riqueza funcionaran como una nación soberana. Bueno, su supuesta riqueza.
—Todavía seguimos hablando de coches y casas. ¿No dijiste que Tommy estaba arruinado?
—¿Prestabas atención? —La voz de Ellsberg estaba teñida con la frustración de un maestro hastiado—. Tommy no tiene nada a su nombre. Todo lo que gana pertenece a Miscellany. Nosotros somos los dueños de la casa, del jet, de los coches. Tommy y su familia se ganaron el derecho a usarlos.
Recordó a Sebastian en El Nido: «Ha perdido autoridad.
Ya no tiene poder de decisión. Ni puede acceder a las cuentas de gastos».
Gillian, la niña enfadada que había perdido el Certamen, había visto lo que quería ver: a Tommy reclamando un botín pirata inconmensurable.
Pero ¿de verdad hacía eso? ¿Prefería el cheque gigante a tener dinero en mano?
¿Los coches y la casa registrados a nombre de quién?
Los premios del Certamen eran un botín, pero también unos grilletes.
—Así que Miscellany mueve los hilos. Entonces usa tu autoridad. Registra su casa.
Él enarcó una ceja, con ese gesto teatral que tan bien dominaba.
—¿Sabes?, es esa audacia lo que había olvidado. La idea de que nada ni nadie quedan fuera de tus límites.