16
Gillian se llevó el teléfono a la oreja y escuchó el fantasma electrónico del buzón de voz de Tommy.
El remordimiento la perseguía por los pasillos de Miscellany, construidos con deseos y sueños de humo.
Habían pasado dieciocho años desde la última vez que había visto a Sebastian en carne y hueso.
Casi dos décadas en las que lo había convertido en una especie de elegante hombre del saco.
Era ingenioso, poderoso e inteligente, pero seguía siendo simplemente un hombre.
Y, aun así, le había bastado con un día: menos de veinticuatro horas en el parque y ya estaba trabajando para él.
—Bohemio de mierda —murmuró.
No ocurrió nada. Ningún rayo la fulminó desde la torre más excéntrica de Miscellany.
El Reencuentro. Madre mía, otro concurso. Justo el tipo de juego amañado que se había jurado haber dejado atrás. Con la partida de damas lo había visto claro: los juegos de Sebastian eran un espejismo, solo conducían a la decepción.
Pero ¿y si...? ¿Y si competía en el Reencuentro y ganaba? Se quedaría con su dinero, con su juego, con todo lo que merecía.
Joder. ¿Qué demonios le pasaba?
La locución del buzón de voz de Tommy llegó a su fin.
—Tommy —dijo—. Necesito que me llames. Me da igual si estás en unas minivacaciones, si te has largado de este mundo, lo que sea. Sebastian me ha encargado que te busque, y créeme, eso no te conviene.
Se detuvo en el cruce de dos pasadizos. Su mirada asustó a los empleados. Contuvo la rabia.
—Creo... —le dijo al buzón de voz—. Creo que me trajiste aquí para ayudarte, de una forma u otra.
Puedo hacerlo. Lo de los Navarro... Eso no está bien, cualquiera puede verlo.
Quizá Miscellany debería hacer más. Puede hacer más.
Pero siempre hay alguien que pierde, así es como funciona el juego.
Yo lo sé muy bien. Tú, Leah, Ells... todos lo visteis.
Yo me largué, me rendí. ¿Crees que estoy orgullosa de eso?
¿Y ahora qué? ¿Te has unido a la tendencia de premiar a todo el mundo, incluso a los que no ganan?
Tommy, será mejor que espabiles, porque el tiempo corre.
Sebastian no va a esperar, y yo tampoco.
Joder. Parecía la encargada de entregar las notificaciones judiciales de Sebastian. Se frotó el cuello.
—No conviertas esto en un juego. Si no quieres llamarlo, no lo llames, me parece bien. Pero llámame a mí. Vamos a resolver esto.
Colgó.
Era evidente que la estaba esquivando. Bien.
Gillian era capaz de seguirle el rastro a cualquiera.
Tommy llevaba dieciocho años sin tener que tomar decisiones vitales, mientras que el día a día de Gillian dependía de hacer el trabajo con rapidez y diligencia, si no quería acabar en la calle.
Diez mil dólares por llevar a Tommy al Reencuentro: mucho más fácil que perseguir las paranoias de Tommy.
Un salvavidas para su madre, suficiente para mantenerla a flote mientras Gillian encontraba una solución más definitiva.
Mejor así, pensó. Mejor ver a Tommy como una recompensa que como un amigo necesitado.
Fue en busca de su despacho. Incluso en aquella utopía igualitaria, había privilegiados y marginados.
Cubículos en el centro, despachos junto a las ventanas.
A Gillian no le gustaba firmar autógrafos, pero, después de hacer un garabato, una joven de pelo multicolor y un piercing en la nariz le señaló una oficina cercana.
La asistente ejecutiva de Tommy, Jessyca, no lo había visto en todo el día.
El maldito Tommy nunca estaba cuando lo necesitabas.
Jessyca parecía aburrida y le enseñó su último tatuaje: un diseño con caballitos de mar y plumas, el tipo de manifestación artística que cabría esperar después de una borrachera monumental.
Durante dos segundos, Gillian creyó que aquella chica quería tocarle el pelo, pero enseguida comprendió que señalaba los dominios de Tommy.
Sorprendentemente, su despacho era uno de los feudos más pequeños.
El interior era de una austeridad escandinava, pero con una atmósfera de directivo tecnológico: un escritorio de cristal donde trabajar de pie, con un monitor panorámico y algunos cables sueltos, pero sin ningún portátil; un set de Lego de Miscellany, pegado para que no se desarmara; dos sillas sin respaldo para las visitas y un sofá tan grande que podría flotar en el mar.
Gillian se situó tras el escritorio, rodeada de figuras Funko Pop y un cubo de Rubik de tres por tres sin resolver.
Cuando levantó uno de los Funkos hasta la altura de los ojos, se dio cuenta de que era una reproducción del propio Tommy.
Bajo el monitor, había otro que representaba una versión cabezona de Sebastian.
No vio ni papeles ni notas. Ni siquiera huellas dactilares en el cristal. Le echó un vistazo a la papelera: solo un vaso de café vacío.
Gillian decidió cambiar de escenario y salió de la sede central.
Entrevistó a dependientes, artistas y trabajadores que mantenían la compañía en funcionamiento.
La mayoría conocía a Tommy, pero ninguno lo había visto últimamente.
Tuvo más suerte en el Centro de Transporte, un edificio de oficinas de un color gris verdoso situado junto al aparcamiento.
Les pidió un cigarrillo a los conductores fuera de servicio, pero todos vapeaban.
Aun así, habló con algunos sobre su rutina y sobre cómo funcionaban las cosas desde dentro.
Su condición de compañera de gremio le abrió puertas, y los conductores compartieron historias de clientes borrachos y recogidas clandestinas de «acompañantes», y se lamentaron de las horas que pasaban limpiando vómito y orina de los asientos traseros.
Los detalles valiosos fueron escasos. Gillian solo descubrió que la única que conducía para Tommy era Jackie; los demás, nunca lo hacían.
En ocasiones lo habían visto salir del aparcamiento en un Uber o una compañía similar, convencido de que pasaba desapercibido, pero cuando la cara de uno aparece en los carteles del parque, nunca es anónimo.
En cuanto a Jackie, no estaba allí, y, a pesar de la camaradería entre compañeros, nadie se ofreció a decirle dónde encontrarla.
Harta de charlas vacías y respuestas a medias, Gillian se marchó. ¿Por qué Tommy se escabullía en un Prius cuando tenía acceso a su propio coche privado y a una conductora que parecía dispuesta a encubrir su adicción a las drogas?
Tenía hambre, así que se detuvo en Enigma’s Sweet Treats, una tienda de dulces tradicionales en la que también se vendían rompecabezas comestibles y caramelos en forma de anillos entrelazados.
Ignoró toda la parafernalia y eligió su clásico: M marcas hacia abajo, dados mal colocados. La gran X sobre la balanza indicaba multiplicación: el código de la cerradura era el producto. Joder, claro.
Y lo curioso era que su primer instinto había sido expresarle su emoción a Tommy. Un instinto estúpido. Pero él ya la estaba mirando, moviendo los labios.
¿Qué había dicho? Plantada en aquella tienda, con los M&M’s de cacahuete en la mano, no estaba segura. Sintió pánico, entonces y ahora. El pánico de haberle dado la respuesta a Tommy sin querer.
—¿Señorita?
Al regresar al presente, descubrió que la cola de la caja había desaparecido.
El dependiente la miraba extrañado: ¿estaba distraída, superada por las emociones o completamente loca?
Gillian metió la mano en la bolsa en busca del monedero, pero el dependiente la detuvo y señaló la pulsera que llevaba en la muñeca.
Claro. Pasó el plástico azul por encima del lector de la caja.
El aparato pitó y el dependiente le dio las gracias, deseándole un día muy Miscellany.
Gillian se detuvo en el umbral de la tienda, observando el solitario grillete que llevaba en la muñeca.
La pulsera era una llave: permitía el acceso a fondos.
Y también era un rastreador. Miscellany recogía datos de cada cuerpo caliente.
Así podía hacer más dinero. Incluso Tommy llevaba una: el director de Operaciones no era inmune a la recopilación de datos.
Cada teléfono, cada reloj y cada montura de gafas transmitía y recibía información.
¿Qué más debía de hacer aquella pulsera?
Gillian sabía dónde averiguarlo.