El certamen 15 #2
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15 #2

ET FERA SUM SAPIENS, SAPIENS FERA SI QUA VOCATUR.

Gillian conocía la respuesta al acertijo, pero se mordió la lengua. Sebastian la observaba por encima de la taza. Bebió un sorbo, despacio, y volvió a dejarla sobre la mesa, asegurándose de que Gillian pudiera ver la inscripción.

—¿Qué cuento te ha soltado Tommy para traerte hasta aquí? —preguntó.

—¿Perdona?

—Tú no has venido por el Reencuentro. Nosotros no te invitamos.

—Eso no paro de oírlo. Muy halagador, la verdad.

—Tampoco habrías aceptado. Lo sabía perfectamente. Tommy tuvo que lanzarte el anzuelo, apelar a tu intelecto. No ibas a abandonar tu imperio de fulares y compras por menos que eso.

—Ya empezamos.

—No seas tonta. No lo digo con mala intención. Y no me negarás que es cierto.

Se sorprendió a sí misma mordisqueándose las uñas, un gesto que Sebastian interpretaría como una debilidad. Señaló la taza del acertijo.

—¿Es para mí?

Sebastian puso cara de ver la taza por primera vez.

—¿Recuerdas el latín?

—No me vengas con esa mierda.

Al soltar ese taco, sintió una extraña descarga de adrenalina. Siempre había sido una niña con él, nunca habían tenido una conversación como adultos. Como iguales. Sebastian giró la taza y cruzó los brazos.

—¿Y bien?

—«Pequeño es mi cuerpo, pero grande es mi sabiduría. Soy versado en el engaño, astuto y perspicaz. Y soy una bestia sabia, si alguna bestia puede considerarse sabia».

Él se tomó un segundo para valorar su respuesta.

—Básicamente, esa es la traducción.

Ella se cruzó de brazos.

—Vulpes. El zorro.

Él aplaudió y no pudo ahogar una sonrisa.

—Exacto.

—Sigue describiéndote bien.

Sebastian asintió con la cabeza: era su particular forma de hacer una reverencia. Estaba satisfecho consigo mismo y con ella.

—Hoy son tantos los que se limitan a aprenderse el texto —comentó—. Como si el objetivo fuera la mera memorización.

—¿Acaso los chavales saben quién es Symphosius? ¿No pueden simplemente buscar la respuesta en Google?

—Eso es un problema. Pero intentamos diseñar los acertijos de tal forma que depender en exceso de internet los lleve por caminos equivocados. Queremos enseñarles a confiar en su propio pensamiento crítico, no en el de otros.

Gillian lo había estado escuchando. Dejando que la adoctrinara.

—A menos que ese «otro» seas tú.

Sebastian la observaba mientras ella deambulaba por la estancia, entreteniéndose en los instrumentos extraños que se iba encontrando a cada paso: un teodolito, una plomada de latón, un reloj de péndulo barroco colgado en la pared.

Gillian inhaló y sus pulmones se hincharon con el olor a pergamino polvoriento.

Aquella habitación era una trampa y tentaba a la suerte con cada segundo que permanecía allí.

—Tommy me dijo que se estaban haciendo trampas —soltó.

Sebastian ni pestañeó.

—La Segunda Temporada. Hay una demanda ridícula. Los abogados no me dejan hablar de los detalles. Pero no tiene fundamento. Es un caso de codicia de manual. —Cogió los guantes, pero no se los puso—. Pero Tommy no te trajo hasta aquí solo por eso, ¿verdad?

—Estaba alterado.

—Se encuentra en una posición vulnerable. Ha perdido autoridad. Ya no tiene poder de decisión. Ni puede acceder a las cuentas de gastos. En realidad, ni siquiera debería haber podido tomar el jet para ir a Los Ángeles.

Gillian había creído que los problemas financieros de Tommy eran culpa suya. Pero quizá parte de sus dificultades fueran como las pruebas de Job, y Sebastian hubiera actuado a la vez de Dios y de Lucifer.

—«Extiende la mano y destruye todo lo que tiene» —citó Gillian—. Suena como el Antiguo Testamento, ¿no?

—No exageres. Somos una familia, y cuidaremos de Tommy. Pero tiene que dejar de hacer esas acusaciones públicamente.

—Se lo has quitado todo. Lo has dejado solo.

—Ningún hijo de Miscellany ha estado nunca solo. Ni en el presente ni en el pasado.

Acomodó la taza y el teclado con precisión.

—¿Cuánto iba a pagarte?

El elefante en la habitación. Trompeteando para que todos lo oyeran.

—Estaba haciéndole un favor.

—Un favor puede ser recompensado —replicó él, vigilándola por el rabillo del ojo—. La gasolina no es gratis. El alquiler, tampoco.

Gillian se volvió hacia la pared, observando el vaivén del péndulo del reloj, atrapado en su recorrido inalterable.

—Quizá podamos ayudarnos mutuamente —propuso Sebastian.

No debía responder de inmediato; si lo hacía, él impondría todas las reglas.

—No lo creo.

—Me preocupa Tommy. Él es el futuro, y yo ya no puedo con todo. Pero tú estás aquí y eres lista.

—Acabas de describir a tu mano derecha.

—Necesito a alguien en quien poder confiar, Gillian.

—Pensé que habías encontrado a esa persona hace dieciocho años.

El reloj seguía avanzando.

—El Rencuentro es dentro de dos días —dijo él—. Necesito que la situación esté controlada para entonces. Ayúdame a resolver el problema. Piénsalo: estarías cobrando por resolver un problema.

Él la miró. Los zorros son cazadores oportunistas. Se comen cualquier presa que sea lo bastante estúpida como para adentrarse en su territorio.

—Yo no soy barata —contestó Gillian.

—Bill Gates paga a su gente mil quinientos al día. Yo te daré tres mil. Seis mil por dos días de trabajo, por si tienes las matemáticas un poco oxidadas.

Era una cantidad mucho menor que la que le había ofrecido Tommy. La decepción debió de reflejarse en su cara.

—Dime tú la cifra —dijo Sebastian—. Estoy seguro de que serás justa.

—Vete a la mierda.

—Gillian. Dime la cifra.

Ella vaciló. ¿Podía pedirle toda la cantidad? ¿A qué precio sería ella la que le debiera algo a Sebastian, en lugar de al revés?

—Diez mil.

—Hecho.

Lo dijo como quien accede a comprar servilletas nuevas. O una lámpara para el salón. Tendría que haber pedido más.

—Os quiero a los dos en el Bazar a la hora establecida —indicó Sebastian—.

Presentables. Antes de empezar habrá un evento con la prensa, y Tommy no puede aparecer hecho un pordiosero.

Quiero un traje de tres piezas. Gris quizá.

Si tiene que ser de rayas, que sean discretas.

Por supuesto, me fío de tu gusto por la moda.

Gillian se recordó a sí misma que aquello solo era temporal. Encontrar a Tommy. Llevarlo a la reunión. Cobrar los diez mil, asegurar el futuro de su madre y volar lo más lejos posible de allí.

—Llevaré a Tommy a tu juego.

—Y tú también estarás. Los dos competiréis.

—No me presiones.

—Nunca he dejado de hacerlo.

Sintió que se tambaleaba. Caminó hacia la puerta.

Sebastian apoyó la barbilla en la mano.

—¿Me mantendrás informado? Dos días son mucho tiempo. Quiero actualizaciones.

Ella se detuvo en lo alto de la escalera.

—No voy a subir aquí cada vez que te aburras.

—Por supuesto. Este problema concierne a Seguridad. Le rendirás cuentas a Martin.

Gillian tuvo la sensación de tragar lodo frío. Como si estuviera otra vez bajo el lago, viendo que la brillante superficie se alejaba.

—No es necesario.

—Si quieres cobrar, sí lo es.

Se imaginó a Ellsberg evaluando cada uno de sus movimientos, esperando para abrir el suelo bajo sus pies.

—Genial —dijo—. Buena suerte con Tommy. Espero leer todos los detalles sobre el escándalo en la prensa.

Bajó un escalón, pero Sebastian soltó una carcajada.

—No seas tan dramática.

Se volvió hacia el ordenador, aunque sin mirar la pantalla. El muñón de su pulgar repiqueteaba contra la taza.

—Al menos mantén a Martin al tanto.

—¿No es capaz de espiarme por su cuenta?

Sebastian removió el contenido de su taza sin morder el anzuelo.

—No pienso rendirle cuentas a Ellsberg —dijo ella.

Él saboreó sus palabras, ladeando la cabeza.

—¿Se lo dirás tú? —preguntó Gillian.

—No te preocupes, Martin cooperará. Siempre lo hace.

Sebastian extendió la mano.

—¿Estamos de acuerdo?

Gillian lo miró como si acabara de ofrecerle un miembro cercenado.

—Confiamos el uno en el otro, ¿no?

Él retiró la mano y soltó una carcajada.

—Gillian Charles. Has mejorado con los años.

Al oír ese comentario se sonrojó, orgullosa. El corazón le latía con fuerza y las sinapsis le ardían. Estaba disfrutando con todo aquello. Le gustaba medir su ingenio con Sebastian.

En el fondo de su mente, una vocecilla le advirtió: «Es justo lo que él quiere».

Le dio la espalda y bajó las escaleras a toda velocidad.