El certamen 15
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Entraría y saldría. Solo tenía que conseguir la información que necesitaba de Sebastian, evitando caer en sus tentaciones y sus rodeos. Estaba acostumbrada a trabajar por objetivos. Podía hacerlo.

Cuando salió al exterior, casi todo el mundo iba con la gorra puesta y la chaqueta al hombro.

El sol brillaba con fuerza, blanqueando el paisaje.

El típico clima de Texas: podía cambiar en un segundo.

Gillian se sumergió en una marea humana y descubrió que la experiencia era menos desagradable de lo que había esperado.

El sol le calentaba la piel. El murmullo de las conversaciones la envolvía: charlas banales sobre partidos de béisbol y películas.

Podía fingir que era libre de explorar el parque, que podía ir a cualquier lugar y hacer cualquier cosa.

Pasó por debajo de unas vías elevadas justo cuando una locomotora antropomorfizada pasaba cargada de niños chillando.

Atravesó la zona infantil, con sus acertijos visuales y sus palíndromos, y vio los carteles de colores brillantes de la Agencia de Detectives Juvenil, una aventura interactiva de Miscellany.

El lugar era menos de lo que Gillian recordaba, pero también más.

Había toques excéntricos pensados para atraer a los clientes.

Las torres de una casa victoriana aparecieron amenazantes ante ella.

Gillian enseguida reconoció el edificio: una horrible mezcla de estilos y estructuras de color turquesa.

Frisos recargados, aleros expuestos, chimeneas torcidas, buhardillas estrechas y largas galerías valladas.

Una imponente verja de hierro forjado separaba la propiedad del resto del parque: el Bazar original, escenario del Certamen.

A pesar del calor, Gillian sintió un escalofrío.

Aquel monstruo se alzaba cuatro plantas por encima del suelo y se hundía cientos de metros bajo tierra.

Lo habían cerrado poco después del Certamen, con la promesa de no reabrirlo jamás. Hasta ahora.

Contempló el edificio. Sebastian era de carne y hueso, alguien contra quien podía luchar. El Bazar y todo lo que albergaba, en cambio, eran un fantasma.

Cuando se dio la vuelta, por un instante le pareció verla.

Su corte de pelo inconfundible, sus ojos fríos como el acero: Jackie.

Un parpadeo, y no había más que gente tecleando en sus móviles, con sus rostros anónimos e inexpresivos, cargando con bolsas de productos del parque.

A pesar de las miradas airadas, Gillian se quedó inmóvil, con los ojos fijos en aquel punto.

Permaneció allí durante sesenta segundos eternos que solo sirvieron para que le pisaran los pies.

Todavía aturdida, decidió reemprender el camino.

A medida que se acercaba al final del parque, el número de atracciones iba disminuyendo.

Una barbería prometía cortes de pelo «al estilo Sebastian».

Los baños ofrecían alivio a las víctimas de los vasos de refresco de casi tres litros.

Cada cinco metros, se topaba con otro clásico de los megaparques de atracciones.

Sebastian siempre decía que quería algo grande, pero que haría las cosas de forma distinta a los demás magnates.

Su parque sería más grande, pero mejor. Gillian miró alrededor y vio restaurantes de chefs famosos, tiendas de productos de promoción de la empresa, espectáculos no incluidos en el precio de la entrada.

Y, mirara donde mirara, siempre aparecía algo con la cara de Sebastian.

Todo clichés de los parques temáticos de primer nivel.

En el horizonte, una estructura se elevaba por encima del paisaje: la sede de Miscellany.

Vigas de acero gigantescas y postes de roble reciclado enmarcaban una enorme fachada de cristal.

Intérpretes, empleados y personal técnico salían y entraban por unas puertas enormes.

El sonido de conversaciones lo llenaba todo; no era tanto el runrún de voces sosegadas, sino el intercambio entusiasta de opiniones que podría darse en el taller de Papá Noel.

Los trabajadores de Miscellany eran un grupo diligente y exultante: la «familia», en la jerga de la empresa.

Gillian entró en el edificio: el interior era más grande que un hangar.

El suelo de hormigón pulido alcanzaba la superficie de un campo de fútbol, marcado por los millones de huellas que habían dejado los zapatos del ejército de Sebastian.

De no ser por las barreras de seguridad y los guardias armados, habría sido la fantasía perfecta de una revista de diseño de interiores.

«Si hubiera ganado el Certamen, ¿trabajaría aquí?

», se preguntó Gillian. ¿Habría podido morderse la lengua lo suficiente, o al menos mesurar sus comentarios, para lograr pasar de niña asombrada a trabajadora modelo?

¿Vivirían su madre y June en el recinto, y comprarían en tiendas de la marca Miscellany?

¿Habría estado Gillian en el escenario junto a Sebastian, estrechándole la mano?

A la mierda con eso. Sería Sebastian quien le estrecharía la mano a ella.

En el control de seguridad, había un escáner corporal y el inevitable lector sin contacto.

Le registraron la bolsa y desnudaron digitalmente su cuerpo.

Gillian se irritó, preguntándose si todos recibían el mismo trato.

En cualquier caso, parecía que el guardia la estaba esperando: la llamó por su nombre.

Sebastian la aguardaba en su despacho, un refugio con el irritante nombre de El Nido.

«Tercer piso, la puerta verde del final del pasillo. Luego suba hasta arriba».

Gillian encontró el ascensor y subió junto a un grupo de caras desconocidas que hablaban de la nueva experiencia de realidad aumentada y de el escape room exclusiva que se estaba montando en el nuevo restaurante del parque. Nadie hablaba de concursos amañados. Todo parecía perfecto.

Al llegar a la tercera planta, Gillian avanzó sola por un espacio más parecido a un laboratorio que a una oficina.

Había muestras de colores, bocetos a lápiz, un juego de Boggle, una torre gigante de Jenga y una pizarra blanca cubierta de jeroglíficos.

Vio a unas pocas personas con traje, pero la mayoría iban en bermudas y chanclas.

El código de vestimenta mínimo de Miscellany: «Debes llevar algo puesto».

Todos parecían felices y relajados, como si no trabajaran por dinero.

Iban a Miscellany porque querían estar allí.

En la pared del fondo de la planta, vio una puerta verde desgastada.

Desentonaba: era más propia de una vieja casa de madera que de un moderno edificio de acero y cristal.

Sin embargo, allí estaba, soltando trocitos de pintura seca sobre el suelo.

Al lado había un lector de seguridad, cuyo ojo de caimán no dejaba de parpadear.

Acercó la pulsera y, tras el clic, cruzó la puerta y subió por una escalera de caracol.

La estructura de madera crujía y el techo era tan bajo que no le permitía ver lo que le esperaba más arriba.

Los peldaños multicolores de la escalera la alejaron de las oficinas mientras los apliques de las paredes parpadeaban con suavidad.

Casi esperó oír sonar un órgano. Tenía la sensación de estar dentro de una iglesia.

Por fin llegó arriba. La puerta estaba entreabierta.

La empujó y entró en una sala abarrotada de estanterías de madera y muebles artesanales.

La luz natural se colaba a través de claraboyas y un espejo de cuerpo entero se erguía vigilante al otro lado.

La habitación carecía de fotografías: un monumento al credo de Sebastian de no mirar nunca atrás.

Había montones de papeles por todas partes, pero también un monitor enorme sujeto a un brazo giratorio, encima de un diminuto escritorio de persiana.

Sebastian estaba sentado allí, de espaldas, en una silla tan pequeña que parecía hecha para un niño.

Llevaba un traje verde oliva de tres piezas.

Se había quitado los guantes y se masajeaba el muñón del pulgar derecho con el índice, concentrado en una colección de documentos.

En algún lugar sonaba un reloj. Sebastian no se volvió. No la reconoció.

Gillian estaba harta. De la larga peregrinación, de aquel refugio excéntrico y de la indiferencia calculada de Sebastian.

Y también del peso acumulado durante casi dos décadas, un peso que se había instalado en sus hombros sin que ella hiciera nada para evitarlo.

El deseo de destrozar a Sebastian por una vida de manipulación competía con su necesidad de parecer imperturbable, de vencerlo en su propio juego.

Sebastian levantó la cabeza; seguramente había visto su reflejo en la pantalla.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—¿Por qué, qué? —respondió él, con aire travieso, como si hablara con otra alma inocente y crédula.

—¿Por qué lo has hecho? Traerme de vuelta. Ocultar a Tommy.

—No soy su guardián. Las cosas no funcionan así. —Se dio la vuelta y alargó un brazo por encima del respaldo de la silla. Sus ojos brillaban con malicia—. Me alegro de verte.

—No cambies de tema.

—Siempre estabas enfadada. Esperaba que, después de nuestra época juntos, hubieras superado esa emoción.

—Que te jodan.

—Lo entiendo, claro. Llegar tan lejos... Debe de ser duro.

—No estoy enfadada —respondió, viendo su propio rostro iracundo reflejado en el espejo. Se apartó de su imagen—. Estás jugando. Intentando retenerme aquí.

—No sé dónde está Tommy. Es libre de perseguir sus propios intereses, como cualquier ser humano.

—Ganó tu concurso. No es cualquiera. —El ímpetu que la había llevado hasta allí se desvaneció. De pronto, no se sentía preparada. Deseó haberse puesto algo más profesional para irrumpir en el santuario interior de Sebastian, pero enseguida se arrepintió de haberlo pensado.

Sebastian levantó una enorme taza de encima del escritorio. Tenía grabada una inscripción en latín.

EXIGUUM CORPUS, SED COR MIHI CORPORE MAIUS;

SUM VERSUTA DOLIS, ARGUTO CALLIDA SENSU;