El certamen 14
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Gillian durmió vestida, encima de las sábanas.

Se envolvió el pelo con uno de sus fulares, pero ese fue su único ritual antes de meterse en la cama.

Cuando el teléfono la despertó, los recuerdos de la noche anterior la golpearon.

Decepción, y luego el regusto amargo del arrepentimiento.

No tenía resaca, pero no lograba sacudirse la sensación de haber bajado demasiado la guardia, de haber mostrado sus cartas.

Tal vez el alcohol no le hubiera nublado los sentidos, pero los antiguos concursantes sí. Los concursantes... y Sebastian.

Deseó que el que llamaba fuera Tommy. Así podría irse antes de que fuera demasiado tarde.

No era él.

—Hola —dijo Mitch—. ¿Cómo estás?

Mitch era el director de la residencia donde estaba su madre.

Parecía nervioso. Hablaba más alto de lo normal, con ese tono que empleaba siempre con las mujeres.

Gillian rodó por la cama y se levantó. Fue a descorrer las cortinas, con la esperanza de que la luz del día la espabilara.

Se quedó plantada ante el cristal, frotándose los ojos.

Muchos pisos más abajo, los huéspedes se movían como figuras diminutas, apenas visibles, reducidas a los destellos que el sol arrancaba de sus gafas y las pantallas de sus móviles.

Brillaban. Flotaban libres, sin ataduras. Envidió su libertad.

—Bien, bien. Por ahí, ganándome la vida —dijo, dejándole claro que estaba trabajando, por si dudaba de su capacidad para pagar o quería alargar la llamada para charlar—. ¿Necesitas algo?

—Sí. Quería decírtelo a ti primero. —Se oyó un ruido, como si se mordiera las uñas—. La van a dar de alta.

De pronto, el cristal parecía frágil. Gillian dio la espalda a la ventana.

—Eso no es posible.

—Ya te dije que se había quedado sin cobertura médica. ¿No recibiste la carta?

Debió de llegar a casa de June. Y su hermana probablemente se lo había mencionado.

—¿Y qué pasa con el cheque?

—Es insuficiente. Eso es lo que intento explicarte. Está todo en la carta.

—Mira. Ahora mismo estoy trabajando. Es complicado, pero podría ganar bastante dinero.

—¿Cuánto?

En el avión, e incluso al cruzar las puertas de Miscellany, se había repetido a sí misma que podía irse en cualquier momento.

—Lo suficiente para cubrir todo el año.

—¿Lo tienes ya?

—Pronto. Solo necesito un poco de tiempo.

Estaba hablando por hablar. Pero si lograba convencer a Mitch de que suspendiera por un tiempo el desalojo de su madre, podría volver a Los Ángeles. Allí conocía a gente con dinero. Sus clientas como personal shopper . Chantal.

—Ya he firmado los papeles —dijo él. Parecía sentirse algo culpable—. Tiene treinta días. Traté de conseguir más, pero...

—¿Treinta días? Mitch, ¿adónde se supone que va a ir? Necesita atención especializada.

—Ojalá pudiera ayudarte, de verdad. A los dueños solo les importa lo que ganan por cama ocupada. No conocen a tu madre: para ellos, no es más que una fuente de dinero.

—Eso es absurdo. La última vez que estuvo allí, June me dijo que mamá tenía moretones. Que se cayó en el baño... No la vigiláis y, en lugar de arreglar el problema, la estáis echando.

—No es decisión mía. ¿Qué quieres que haga?

—Quiero que no la eches. Hay opciones, podemos pedir una prórroga.

—Gillian, ya estoy en la cuerda floja. Necesito este trabajo. Tengo que pagar el piso, el coche... No puedo volver a casa de mis padres, en Fayetteville. Quiero decir... Me caes bien, de verdad. Ojalá...

Estaba harta de Mitch y de sus juegos. Harta de tener la sensación de fallarle a su madre, la mujer que se lo había dado todo, la única luz en un paisaje oscuro e infernal.

—Vale, vale. Lo entiendo.

—Me siento fatal.

—Lo entiendo —repitió con suavidad—. Treinta días.

Podía oír su respiración al otro lado de la línea. Siempre hablaba de ponerse en forma.

—Oye..., si no consigues solucionarlo, quizá podría hacer algunas llamadas. Buscar otros lugares...

—No te preocupes. Ya has hecho bastante. —Tragó saliva—. Esto es problema mío. Ya se me ocurrirá algo.

—¿Seguro? ¿No necesitas que...?

—Sí. No, lo tengo controlado.

Mitch jugueteó con el teléfono.

—¿Vamos hablando? Si consigues el dinero, puedo parar el papeleo.

—Claro. Sí. Gracias por avisar.

Colgó. Aguzó el oído, en busca del tic-tac de algún reloj, las voces de los huéspedes o cualquier señal de que el mundo seguía funcionando, pero no oyó nada.

La habitación estaba insonorizada, en absoluto silencio.

Sebastian no había escatimado en gastos en sus hoteles. Como en todos los ámbitos de su vida.

El Diablo le susurró al oído: «Sabes muy bien quién tiene el dinero».

Se había repetido que nunca volvería. Qué tontería: siempre había sabido que lo haría.

Su equipaje seguía esperando sobre el soporte plegable.

Deshizo la maleta y sustituyó el glamur del salón de baile por un look cómodo y desenfadado de parque temático.

Se quitó el mono enterizo arrugado y se puso una camiseta blanca y roja de Atari, unos tejanos cortos, una sudadera atada a la cintura y unas Converse azules.

Le encantaba arreglarse tanto como la que más, pero en aquel momento necesitaba sentirse libre y ligera.

Enfrentarse a Sebastian era un juego y, como todos los juegos, más que estilo requería agilidad.

Metió muy pocas cosas en la bolsa de tela: unas gafas de sol, un bolígrafo, una libreta —su cerebro funcionaba mejor cuando escribía a mano— y un libro, por si necesitaba sentarse a escuchar conversaciones sin ser molestada. Y su lengua afilada.

Se colgó la bolsa del hombro y salió a buscar a Sebastian.