El certamen 13 #3
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13 #3

Más aplausos del público. El maestro de ceremonias llamó a Evelina y a Ellsberg para que subieran de nuevo al escenario.

Los cuatro se adelantaron para recibir las felicitaciones.

Gillian se decía que aquello no había sido más que un juego bobo.

Jugar a las damas era un pasatiempo para ancianos, ni siquiera era un juego comparable al ajedrez.

Y, sin embargo, sintió un escalofrío. Tenía la sensación de medir tres metros, de haber resucitado hecha de mármol y acero.

No había perdido su don. Todavía podía vencer a cualquiera.

Por supuesto, aquel intercambio de preguntas y respuestas con Leah había resultado un arma de doble filo: solo había tres personas con acceso a la Segunda Temporada, y una de ellas era precisamente el hombre que la había arrastrado hasta allí.

El osado intercambio de correos de Sebastian tal vez fuera una pista que seguir, pero para eso tendría que hablar con él, algo que Gillian deseaba evitar a toda costa.

En cuanto los cuatro estuvieron alineados, cada uno recibió un sobre sellado. El maestro de ceremonias los instó, casi relamiéndose:

—¡Vamos, abridlos!

Gillian desgarró el suyo con el dedo. Ellsberg, a su izquierda, lo abría con suma delicadeza, como si se tratara de una pieza de museo.

¿Qué contenía? ¿Pegatinas de Miscellany?

¿Pases gratuitos para el parque? Se rio mientras volcaba el contenido en la palma de la mano. Una tarjeta roja, con letras doradas.

dos.

Miró a su izquierda. Leah sostenía una tarjeta similar con un número distinto: cuatro.

—Mierda —soltó, comprendiendo las implicaciones.

Gillian tuvo un escalofrío.

Los otros dos mostraron sus números. Ellsberg, uno. Evelina, tres.

—Uno, dos, tres, cuatro —dijo el maestro de ceremonias, más pagado de sí mismo que nunca—. Evelina, por supuesto, representa al director de Operaciones, ¿verdad?

El hombre se volvió hacia las bambalinas.

Y, cómo no, Sebastian apareció, molesto: probablemente su intención había sido salir de una nube de humo.

En lugar de eso, llegó caminando, como un consejero delegado cualquiera, con una sonrisa más diabólica que la del propio Satanás.

Le arrebató el micrófono al presentador y lo apartó con un gesto.

—¿Qué me decís, amigos? Ha estado bien, ¿verdad?

Gillian sintió el peso emocional de tener a Sebastian tan cerca después de tanto tiempo. El gran hombre, sin embargo, no le prestó especial atención, ajeno a los nuevos satélites que orbitaban a su alrededor.

—Pero ¿la habéis sentido? —dijo—. ¿La emoción? Por un momento, ha sido como un rayo. Inteligencia, inspiración. Ha pasado demasiado tiempo, creo que todos podemos estar de acuerdo en eso.

Por un instante, el público no lo siguió. Hubo expresiones de desconcierto. Gillian miró de reojo a los demás y no halló confusión alguna en sus rostros. Sabían lo que venía a continuación. Contempló el número que tenía en las manos y se preguntó qué se le había pasado por alto.

—La verdad es que no debería hacer esto —dijo Sebastian—. Íbamos a anunciarlo mañana, pero creo que, esta noche...

Paseó la mirada por la fila y, con una expresión expectante, la detuvo en Leah, como si buscara su permiso. Ella se encogió de hombros, indulgente: «Ya que has llegado hasta aquí...».

Con un brillo diabólico en los ojos, Sebastian extendió los brazos y exclamó:

—¡Dentro de tres días, aquí, en este recinto, reabriremos el Bazar original!

Dejó que el público asimilara sus palabras. Se oyeron susurros y preguntas amontonándose sobre otras preguntas.

Gillian sintió un escalofrío.

—¿Y por qué?, os preguntaréis. —Sebastian reprimió una sonrisa.

Estaba serio. Y, con el tono cálido y sincero típico de las conversaciones junto al fuego, dijo—: Siempre me he resistido a la idea de celebrar otro concurso.

No podía faltar al respeto a los concursantes originales: a su compromiso, a su ejecución.

Pero creo que el mundo lo necesita. Lo que podemos ofrecer a una nueva generación es demasiado grande como para negárselo.

Estaba a punto de anunciar la Segunda Temporada. Gillian era presa del pánico. Se había perdido algo.

—Así que nos encontramos con un dilema: ¿cómo reconciliar estas dos ideas incompatibles? —Hizo una pausa, como si esperara que alguno de los asistentes pudiera darle la respuesta—. Permitiendo que los concursantes originales nos inspiren de nuevo.

Gillian sintió un impulso irrefrenable de salir corriendo del edificio.

—Los números que tienen en las manos son posiciones de salida —anunció—. Dentro de tres días, celebraremos el pasado. El Reencuentro, una reinterpretación del primer Certamen Extraodinaire: con nuevos desafíos y con la participación de todos los concursantes originales.

Qué cabrón.

El público ya no pudo contenerse. Una oleada de murmullos exaltados recorrió la sala. Lo que acababan de saber era demasiado impactante para contenerse.

Ellsberg, a la derecha de Gillian, soltó otro de sus suspiros.

—Ya me temía yo que no podríamos disuadirlo de esta idea. Será un espectáculo descomunal. —La miró de reojo—. Parece que al final te vas a quedar.

Sebastian observaba a su público desde el centro del escenario.

Bajó la cabeza, con esa expresión suya en la mirada.

La misma que Gillian había visto en su rostro dieciocho años atrás, cuando comprendió con horror que había perdido el Certamen.

La irritación que sintió ante las emociones de aquella niña, la decepción por su actuación.

La forma en que Gillian había huido de Dallas y de todo lo que había sido su vida hasta entonces.

Todo regresó de golpe. Aún podía manipularla, hacerla sentir pequeña e insignificante.

Era justo la trampa que tanto había temido: regresar a Miscellany para revivir el pasado, para intentar alcanzar de nuevo ese premio imposible.

Se tambaleó. Por el alcohol, por la noticia.

Y, cómo no, por su puro instinto primario:

esta vez quizá ganaría.