El certamen 13 #2
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13 #2

Leah avanzó, atacando por el flanco izquierdo y dejando una pieza expuesta en el proceso.

Las reglas obligaban a Gillian a saltar y comérsela, aunque no le gustara.

Seguro que Leah no había abandonado la pieza por accidente.

Pero, al no tener otra opción, Gillian hizo el salto...

y cayó de lleno en el contraataque de su contrincante, que encadenó otro salto y, tras un intercambio rápido, preparó un doble salto devastador.

En cuestión de segundos, Leah había acumulado una sustanciosa colección de trofeos rojos.

Se había abierto paso a la fuerza, había despejado el terreno y había conseguido libertad de movimiento. Todo lo que Gillian pretendía.

El ritmo de la partida bajó. Gillian cada vez agotaba más el tiempo asignado en cada jugada y la multitud de la fiesta se iba dispersando, menos interesada.

Aun con cronómetro, seguían siendo damas.

Un camarero apareció con una bandeja de aperitivos y Gillian ocultó su frustración con la comida: atrapó al vuelo un canapé envuelto en beicon.

Ellsberg, en la mesa de al lado, también se volvió para coger uno y aprovechó la maniobra para estudiar la partida de Gillian.

Ella lo ignoró, comiendo con furia, concentrada en su oponente.

—Imagina que la Segunda Temporada estuviera amañada —dijo Gillian—. Tú lo sabrías, ¿verdad?

Era una pregunta demasiado obvia para ser una trampa. Leah sonrió, como si supiera exactamente a qué estaba jugando Gillian, sin sentirse amenazada.

—Te diré lo que pienso. —Alzó su copa de champán y la balanceó con desenfado—. Si tu escándalo fuera real, solo habría tres personas implicadas, incluyéndome a mí.

—Ah, ¿sí?

—Los creadores de acertijos están descartados —explicó Leah—.

Todos teletrabajan, todo es digital. Hay una sola oficina virtual, completamente controlada: de allí no sale nada.

Revisamos el espacio de trabajo y los correos personales de todo el que tiene acceso a los rompecabezas... Ni siquiera saben si se aprueban.

—¿Y quién dirige las pruebas clasificatorias? —preguntó Gillian.

—Operaciones. Cuando preparan un juego, trabajan en equipos y nadie tiene el acceso al rompecabezas completo ni a la solución. Tendrían que confabularse entre ellos. Y no sé cómo podrían hacerlo con la cantidad de gente que los vigila constantemente.

En la mesa de al lado, Evelina y Ellsberg estaban en silencio, absortos en sus jugadas y sus contraataques.

—¿Has dicho tres sospechosos? —insistió Gillian.

—Usamos unas tablets especiales. El departamento legal, Tommy y Sebastian tienen una cada uno. Se supone que es imposible hackearlas. El departamento de Relaciones Públicas se muere por conseguir una, pero de momento Evelina no tiene acceso.

A Leah le encantaba escucharse a sí misma. Apenas miraba el tablero.

—La verdad, la única persona con la que tenemos problemas es Sebastian —continuó—.

Los de informática lo pillaron mandándole partes de un rompecabezas a Tommy, en un mensaje sin cifrar.

Sebastian dijo que era más fácil así. Le rogaron que dejara de hacerlo, y supongo que les hizo caso. Pero ¿quién puede controlar al jefe?

Gillian retiró una pieza de la fila trasera a regañadientes.

Leah parecía perdida en los detalles de la cultura corporativa, pero respondió al instante, atacando con rapidez.

Estaba mucho más atenta al juego de lo que aparentaba.

Gillian, de nuevo obligada, saltó por encima de una ficha blanca expuesta.

Leah sonrió con suficiencia, moviendo casi antes de que Gillian apartara los dedos de su pieza.

Control era la palabra clave, y Leah lo tenía.

Gillian tenía las manos atadas. La partida estaba determinada.

Tanto tiempo creyendo que podía vencer a todos los presentes, y nada más empezar se había topado con una trituradora.

El sudor le corría por el cuello. Se le encendieron las mejillas.

Todos parecían demasiado cerca, especialmente Leah y Ellsberg, que no paraban de observarla.

Incluso Evelina, ajena a aquel círculo, sabía cómo iba a terminar la partida.

Mierda, Gillian, ¿en qué estabas pensando?

¿Subirte a un escenario para participar en una puta partida de damas?

¿Fingir que todavía eras una de las niñas de aquel Certamen y terminar como Vanesa, como tú hace dieciocho años?

Clavó la mirada en el tablero e imaginó que lo tiraba por los aires, con mesa y todo. Que abandonaba el escenario hecha una furia, los mandaba a todos a la mierda y luego... ¿qué? ¿Les demostraba que había vuelto a perder? ¿Que había huido de nuevo?

Cerró los ojos. El tablero seguía allí, los fosfenos grabados en su retina. El juego la perseguía, fuera adonde fuera.

Y entonces lo comprendió. La adrenalina corría por sus venas, el vello se le erizaba.

Posición, no posesión. Tal vez Leah tuviera más fichas rojas en su colección, pero el tablero contaba otra historia.

La partida aún era incipiente, pero sus piezas estaban demasiado adelantadas y eso limitaba sus movimientos.

El juego dentro del juego. Leah la estaba forzando a entrar en su estrategia, le estaba tendiendo una trampa, tanto en el tablero como fuera. Pero estaba tan confiada que se había expuesto demasiado.

—¿Gilly?

Gillian abrió los ojos. La abogada la miraba desde el otro lado de la mesa, impaciente, deseando acabar con aquello.

Bien. «Terminemos con esto».

Gillian empujó una ficha hacia delante y reactivó la partida. Intercambiaron movimientos y sacrificaron fichas, mientras Leah avanzaba con una agresividad constante.

Los siguientes intercambios fueron veloces, como relámpagos, y culminaron con captura de piezas por parte de ambas contrincantes.

—Toda esta tontería de la Segunda Temporada —dijo Leah, con la mano suspendida sobre una ficha blanca—. No puedo permitir que andes haciendo preguntas sobre un evento que ni siquiera se ha anunciado. ¿Entiendes la delicadeza del asunto?

Retiró otra pieza de la fila de atrás. No debería haberla movido.

Gillian veía el final de la partida. Le costó contener las ganas de echarse hacia atrás y soltar una carcajada. Respondió con calma, descendiendo por el flanco derecho. Parecía un movimiento funcional, no estratégico.

—Yo solo quiero que me paguen, Leah. Nada más.

Su rival pasó de fiscal a antigua amiga con una facilidad aterradora.

—Soy consciente de la situación financiera de Tommy. Y estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo. Seguro que si hablo con los del departamento de Contabilidad, soltarán algo de nuestro presupuesto de consultoría. Quizá te paguen un estipendio por los servicios prestados, bla, bla, bla.

Un estipendio sonaba a dinero suficiente.

—Podría ser interesante —respondió Gillian con cautela.

La abogada sonrió, convencida de que tenía a Gillian contra las cuerdas.

Volvió a centrar su atención en el tablero y, por primera vez, se detuvo.

Alargó la mano, titubeó y optó por una jugada defensiva, protegiendo una pieza situada en el lado de Gillian.

Se había dado cuenta de que quizá había ido demasiado lejos, en más de un sentido.

Aplausos del público. Evelina había perdido. Fue educada, pero solo intercambió un leve apretón de manos con Ellsberg. Él, en cambio, parecía encantado. Gillian deseaba que hubiera otra ronda, para poder desafiarlo directamente.

Ni ella ni Leah intercambiaron una palabra más.

Sus movimientos se convirtieron en intercambios rápidos: Gillian por fin había empezado a presionar.

Lo que el tablero mostraba era la historia de una victoria de Leah: Gillian avanzaría hacia un doble salto, cuatro jugadas más tarde haría otro, y Leah obtendría la primera dama coronada de la partida.

Quizá Gillian se equivocaba. Quizá nunca había sido buena en los juegos. Por eso había perdido el Certamen, por eso había abandonado. Se estaba engañando a sí misma. Era una perdedora.

Pero Leah tampoco estaba contenta. Ahora que se había concentrado en el juego, se dio cuenta de la verdad.

Con la confianza renovada, Gillian movió. Bajo su mano, la ficha roja saltó a la izquierda y luego a la derecha. Doble captura de piezas de Leah.

Todo quedó en suspenso. Leah miró el tablero sin dar crédito, mientras Gillian retiraba las fichas.

—Ha sido bastante ingenioso —admitió Leah.

La jugada. La partida. La conversación. ¡A saber a qué se refería!

Leah capturó resignada la ficha de Gillian con su dama coronada, como dictaban las reglas. Y Gillian se comió su dama.

Ya no tenía sentido continuar. Leah detuvo el cronómetro y levantó la mano para avisar a un empleado. Ambas se pusieron de pie. La Leah derrotada era todo sonrisas y abrazos. Le susurró a Gillian:

—¿Un consejo?

Gillian podía permitirse ser magnánima. Se encogió de hombros.

—Siéntate en la barra —dijo Leah—. Tómate unas copas y disfruta de la noche, te lo has ganado.

Pero mañana ve a verle. Deja que Sebastian haga su numerito.

Sonríe, dile lo que quiere oír, juega a su juego.

Luego coge tu dinero y vete donde quieras.

De lo contrario, se repetirá la historia, Gilly: él te presionará y tú te vendrás abajo y saldrás corriendo. Y tú vales más que eso.

Tanto la Leah dura como la sofisticada disfrutaban dando lecciones.

—Te lo agradezco.

Leah le sonrió. Como si fueran tan amigas.

—¿Sabes? Aquel día, en el Certamen, no lo dudé ni un momento. Sabía que tirarías de aquella palanca.

Gillian le devolvió la sonrisa.

—De haber estado tú en mi lugar y yo en el tuyo, yo jamás habría confiado en ti.