13
Un miembro del personal la acompañó hasta su mesa mientras el maestro de ceremonias entretenía al público con su cháchara. Gillian se sentó enfrente de Leah. Y Ellsberg —¡oh, sorpresa!—, frente a Evelina.
—Lamentablemente, Tommy no ha podido acompañarnos esta noche —explicó el maestro de ceremonias—. Pero, en su lugar, tenemos la suerte de contar con su esposa, la encantadora Evelina Kundojjala. Un aplauso, por favor.
En cuanto a Leah, seguía completamente entregada a la multitud. No pareció darse cuenta de la presencia de su antigua rival hasta que Gillian dijo su nombre en voz alta. Parpadeó y se giró muy despacio, y luego la miró con desconcierto hasta que por fin la reconoció.
—Oh, Dios mío. —Una sonrisa radiante le iluminó la cara—. ¡Gilly! ¿Qué haces aquí?
No paraban de hacerle la misma pregunta, como si estuviera invadiendo territorio ajeno.
—Tommy me invitó —respondió Gillian.
Leah era como una bolsa de caramelos: pura dulzura.
—Qué sorpresa tan maravillosa.
Llevaba un vestido Courtney color burdeos, con una falda de varias capas, y un collar tipo lazo excesivamente recargado.
Realmente un cambio camaleónico respecto a la Leah del Certamen.
De niña había sido rebelde, con tendencia al enfado, llena de aristas, y eso llamaba la atención.
La gótica. La chica del heavy metal. Criada por una abuela permisiva que probablemente le dejaba beber vino a los catorce.
En aquella época, a Gillian le daba mucho miedo acercarse a Leah: su inteligencia y su carisma la intimidaban.
Fue Leah quien la acogió: se maquillaban juntas, charlaban de sus enamoramientos, compartían fotos tontas.
Habían sido muy íntimas... hasta que dejaron de serlo.
Desde entonces, Gillian la había visto en sus entrevistas. Leah tenía una voz ronca, como si le hubiera robado las cuerdas vocales a Joe Cocker y luego se hubiera fumado un cartón de Newport para rematarlo.
Un camarero les llevó las bebidas, que ya estaban predeterminadas.
Champán para Leah, Chardonnay para Gillian.
Bebió un sorbo. Era curioso que ahora pudieran tomar lo que les apeteciera.
De niñas no había golosinas ni refrescos: el juego era demasiado serio para admitir bebidas azucaradas y patatas fritas.
De ahí que los M&M’s de Tommy resultaran tan satisfactorios: no solo estaban buenos, sino que además iban contra las normas.
En un momento de silencio, Gillian se sorprendió buscando a Sebastian en el escenario. Seguía siendo todo un showman : tras dejar caer su misteriosa insinuación, había desaparecido entre bastidores. Pero debía de estar cerca, observando.
El maestro de ceremonias volvió a reclamar la atención del público.
—El juego será... —anunció— el de las fichas negras y blancas.
Gillian soltó una carcajada. El público, en cambio, era un mar de expresiones confusas.
El maestro de ceremonias se inclinó hacia el micro.
—Es decir, las damas.
Damas. Menos glamuroso que el ajedrez. Un juego que prácticamente estaba resuelto: hacía años que los ordenadores habían mapeado todas las jugadas posibles hasta terminar siempre en tablas.
Pero había variantes poco convencionales, y ninguno de los cuatro habían jugado lo suficiente como para calcular treinta movimientos por adelantado.
Así que la partida se la llevaría el que supiera detectar los errores del adversario y aprovecharlos.
El objetivo no era la perfección absoluta, sino ser más perfecto que el rival.
Un miembro del personal, con un cuello largo y delgado, colocó un tablero vacío y un cronómetro digital entre Leah y Gillian.
La presencia del cronómetro indicaba que jugarían con restricción de tiempo: tres minutos por jugada como máximo.
Después les tendió una gorra plana llena de fichas y dejó que Gillian sacara una a ciegas.
Le tocó el rojo, o sea que Leah se quedaba con el blanco.
Finalmente, el hombre presentó una pila de tarjetas que imponían restricciones de movimientos y dictaban la disposición inicial de las piezas.
Era una buena noticia jugar con reloj y restricciones: en esas condiciones los jugadores arriesgaban más y era menos probable que la partida terminara en tablas.
El estilo atrevido y temerario de Gillian encajaba perfectamente con ese tipo de partida.
Podía ganar.
Leah sacó una tarjeta. En el reverso había un número: el cuatro. Gillian sacó otra: una lista de seis posibles jugadas de inicio. Deberían jugar la que indicaba la tarjeta de Leah: la cuarta.
Las jugadas: 11-15 (rojo), 23-19 (blanco), 8-11 (rojo).
Los números representaban las casillas oscuras del tablero: de la 1 a la 4 de izquierda a derecha en la primera fila, la siguiente fila de la 5 a la 8, y así sucesivamente.
Según la tarjeta, Gillian empezaba moviendo en diagonal de la 11 a la 15, una apertura conocida por los profesionales como Old Faithful .
Así podía ocupar el centro del tablero con autoridad, mostrando fuerza.
Habría elegido ese mismo movimiento libremente.
Al otro lado de la mesa, Leah le daba sorbos a su champán, indiferente a los detalles de la partida.
Siempre había tenido una actitud muy relajada, y Gillian tal vez la había idolatrado un poco.
Recordaba las tardes que habían pasado juntas, jugando al ajedrez con reloj, tumbando las piezas cada vez que se comían una, riéndose.
Gillian había perdido más partidas de las que había ganado, pero no le importaba.
Aquello no formaba parte del Certamen, solo era una forma de divertirse en los momentos libres, lejos de Sebastian y su sonrisa calculadora.
Sin embargo, con el tiempo, Leah había convertido la amistad y la adoración de Gillian en una excusa para imponerse.
Leah, la adulta, señalaba las carencias de la educación de la pequeña Gillian, criticando sus soluciones.
«Deberías haber estudiado tus jeroglíficos, Gilly».
Aquel menosprecio lo había estropeado todo.
Leah la miró fijamente.
—La última vez que te vi fue en la Sala de los Azulejos —dijo—. Pisé aquella placa para que tú pudieras escapar.
—Y yo tiré de la palanca desde fuera para que tú también pudieras hacerlo —replicó Gillian.
Leah hizo una mueca. «Lo mismo da, que da lo mismo».
Gillian se recordó a sí misma que ya tenía treinta años, no doce. El objetivo era conseguir información, no ganar.
—¿Qué te pasó? —preguntó Gillian—. Después del reto Bébeme.
—Estuve vomitando una semana, con problemas gastrointestinales. Los médicos estaban preocupados por mi hígado... Miscellany tuvo suerte de que no los demandáramos.
—Y ahora eres abogada. Y luchas contra las gastroenteritis desde dentro.
—Tampoco es para tanto. Entré en la Universidad de Oklahoma con una beca de deportes. —Le dio un trago más generoso al champán—. El derecho es solo otra de esas cosas que decían que yo no podría hacer.
En la mesa de al lado, Evelina se reía de una broma de Ellsberg.
A pesar de lo que le había dicho, parecían bastante cercanos.
Aquella complicidad se clavó en el pecho de Gillian como una garra, perforándole los pulmones.
Ella podría haber estado perfectamente en aquella mesa, disfrutando de la continuidad amistosa de una competición que había tenido lugar hacía décadas.
Ellsberg podría haberla hecho reír a ella, podría estar disfrutando de su compañía.
No. No era ese el camino. Lo que debía hacer era jugar con él, ganarle.
—Bien, amigos —anunció el maestro de ceremonias.
Gillian apartó la mirada de la pareja vecina y la devolvió al tablero.
—¡Adelante! —gritó el maestro de ceremonias—. ¡Ya podéis empezar!
Leah comenzó con el movimiento 22-17. Combinado con la disposición inicial de las fichas, era un desafío por el control del centro. Gillian se inquietó: era exactamente el tipo de avance que ella prefería. ¿Qué haría si Leah se imponía y desbarataba su estrategia?
La gente que no la conocía podía dejarse engañar por Leah.
Veía en ella a una famosa superficial, representante de la diversidad, más preocupada por las apariencias y las fiestas que por temas más sustanciales.
Pero Leah había estado en el Certamen. Y nadie entraba simplemente resolviendo el crucigrama de la revista de un vuelo comercial.
Solo se clasificaba quien era espabilado e inteligente, y a menudo ocultaba ambos rasgos.
Leah era como las palomitas: unos pocos minutos de diversión insustancial.
No te dabas cuenta de sus capacidades hasta que levantabas la mirada de un rompecabezas visual, cerrabas los ojos en busca de la solución, y descubrías que ella ya había cruzado la meta.
Por ejemplo, Leah preguntó, muy sonriente:
—¿Cuánto te paga Tommy?
Gillian dejó los dedos suspendidos sobre el tablero, como si aún no supiera por qué jugada decidirse.
—¿Quién dice que me esté pagando?
—Resolución inversa. Saber qué buscas antes de empezar a buscar. Tommy (y que conste que le quiero) es un idealista. Los idealistas hablan demasiado. Estás aquí para investigar la acusación de los Navarro.
Leah quería minimizar los riesgos para la compañía. Era el puño de hierro de Sebastian envuelto en lentejuelas y encaje.
Gillian respondió con el movimiento 11-16. No estaba dispuesta a cederle el centro sin luchar.
—¿Y a quién iba a investigar? —preguntó Gillian—. ¿A ti?
Leah soltó una carcajada.
—Ojalá. Pero no, yo no les di las respuestas a ninguno de esos chicos. Ni siquiera creo que hubiera podido hacerlo. En aquella época, al terminar un rompecabezas me sentía inteligente. Y eso me gustaba. ¿A ti no?
Gillian habría querido responderle con sarcasmo, pero con el vino había entrado en un estado meditativo. Echaba de menos competir, demostrar su valía.
—Era una buena sensación —admitió.