El certamen 12 #2
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12 #2

—No voy a participar en este interrogatorio estilo Colombo.

Ella sonrió con inocencia.

—¿Quién es Colombo?

Ellsberg le devolvió una sonrisa forzada, y Gillian se preocupó. Esas conversaciones con él... Tras sus primeros intercambios, Gillian descubrió que disfrutaba de su ingenio seco. Y eso la incomodaba. Aquel viaje se estaba convirtiendo en todo lo que había temido: despertar fantasmas del pasado.

En el escenario, la banda terminó su repertorio y empezó a recoger sus instrumentos. Un esbirro de Sebastian salió de entre bastidores y colocó un micrófono en el centro. Gillian fijó la mirada en el lugar desde el que Sebastian hablaría y se sintió como una noble ante la guillotina.

Y entonces lo comprendió: Sebastian querría que todos subieran allí. Los cuatro caballos de exhibición. Su establo de talento cultivado.

«No —pensó con amargura—. Dos caballos. Dos caballos, un semental rebelde y una yegua arisca».

Un maestro de ceremonias subió al escenario. Golpeteó el micrófono con el dedo.

—Atención todo el mundo. Atención.

El tipo hablaba con el acento relajado y coloquial de Nueva Jersey. Era el polo opuesto de Sebastian, que sin duda lo había elegido para aplacar a la audiencia.

—Necesito que dejéis los vasos, bajéis un poco el tono de la conversación y prestéis atención al gran jefe.

A sus espaldas, otros ayudantes se dedicaban a preparar el siguiente número. Dos mesas. Cuatro sillas. Gillian miró a Ellsberg y le preguntó en el tono más agradable del que fue capaz:

—¿Qué pretende?

Le pareció adivinar una sonrisa en sus labios.

—Me parece que tendremos que subir al escenario.

Gillian se reprendió a sí misma. ¿De verdad esperaba que precisamente esa gente le entregara las respuestas en bandeja de plata? Si creían que estaba atrapada, se relajarían. Entrar en la jaula: esa era la forma de conseguir información, la palanca que necesitaba contra Miscellany.

Trató de reactivar su ingenuidad infantil, aquella certeza absoluta de que conseguiría la victoria, pero lo único que encontró fue frialdad y nervios.

Sebastian eligió ese momento para aparecer.

No, más que aparecer, desveló su presencia, como si hubiera estado en la fiesta desde el principio.

Salió de un salto de entre bambalinas. Ese día llevaba un traje azul de tres piezas, con una gorra plana y un chaleco en tonos azules y grises.

Esperó con impaciencia a que el maestro de ceremonias bajara el micrófono hasta su altura.

Gillian recordó la primera vez que había visto a Sebastian.

Había hablado en el teatro Majestic, en el centro de la ciudad, ante un público abarrotado.

Gillian había ganado dos entradas y, por primera vez en su vida, y puede que la última, su padre había estado lo bastante sobrio como para acompañarla como tutor.

Se sentaron en el piso superior y aguardaron en la penumbra.

Sebastian los había hecho esperar: diez minutos, luego veinte.

De pronto, las luces se encendieron y él apareció sentado en el borde del escenario, balanceando los pies, como si hubiera estado allí todo el tiempo. Magia.

En aquel momento, Gillian había deseado ser él con todas sus fuerzas.

Desde el primer instante supo que era diferente.

Con los otros adultos, todo giraba en torno a los límites y los miedos: no vayas allí, no toques eso...

Pero Sebastian no era así. Había contemplado el mar de rostros, localizado a Gillian en el fondo y fruncido los labios solo para ella.

Como si supiera que todos los demás estaban equivocados.

No entendían nada. Y si Sebastian podía resistirse al trastorno del miedo, si podía conservar su verdadera esencia y evitar ser devorado por las charlas sobre hipotecas e impuestos, por ese lenguaje muerto que usaban todos los demás adultos, entonces Gillian también podía.

Se aferraría a él. Se quedaría cerca e imitaría sus movimientos, y así podría tener todo lo que él tenía, y más. Sebastian le mostraría el camino.

Mientras lo miraba, volvió a sentir aquel anhelo, como un veneno que le contaminaba la sangre.

En el escenario, Sebastian juntó las manos, una sobre la otra.

—Qué noche más maravillosa —dijo.

Aplausos. Como si fuera la primera vez que alguien organizaba una fiesta.

—La gente suele cometer un error —continuó—.

Da por sentado que celebramos estas fiestas en honor a Miscellany.

O, peor aún, en el mío. Pero nada podría estar más lejos de la verdad.

Celebramos estos eventos, reunimos a nuestros amigos y familia, para honrar a los jóvenes que cada día se arriesgan por mejorar, por hacer del mundo un lugar mejor. Lo importante no soy yo, son los niños.

Gillian estuvo a punto de vomitar.

—Pero, por supuesto, esta noche no se trata de un concurso cualquiera. Se trata del Certamen Extraordinaire. ¿Lo recuerdan?

El público mordió el anzuelo y estalló en vítores. Sebastian sonrió con indulgencia.

—Ha pasado muchísimo tiempo desde que todas esas personas se encontraron juntas en una misma sala. Los niños que ya no son niños, y que, sin embargo, siguen siendo mi familia. Los he echado de menos, y estoy feliz de volver a tenerlos bajo nuestro techo.

Hizo una pausa y se tomó su tiempo para contemplarlos a todos. Gillian bajó los ojos, pero aun así sintió que la mirada de Sebastian le quemaba la piel.

—Sería una falta de respeto no celebrar el regreso de los concursantes y un insulto a su talento no aprovechar esta oportunidad tan especial. Así que...

Se detuvo el tiempo suficiente para que Gillian levantara la vista. Los ojos de Sebastian estaban cargados de electricidad.

—Juguemos a un pequeño juego.

Extendió el brazo hacia un lado, señalando las escaleras que subían al escenario. Ellsberg se volvió hacia Gillian con una expresión desafiante: «Después de ti». De pronto, Gillian vio al niño que fingía ahogarse, alargando una mano mientras preparaba la otra para apuñalarla por la espalda.

Si creían que había bajado la guardia y ya no estaba atenta, harían su jugada.

Gillian subió las escaleras.