12
El pabellón que albergaba el salón de baile se alzaba sobre una colina cubierta de hierba, no muy lejos de la entrada.
La música flotaba en el aire. Sonaba una melodía ligera y elegante, como si Laurence Welk fuera a aparecer en cualquier momento, bajo una lluvia de burbujas.
Se exigía etiqueta, pero Gillian vio todo tipo de atuendos.
Asistían concursantes, gente importante, benefactores, gente del sector, niños de la fundación Make-A-Wish, algunos miembros selectos de la prensa, un jugador de los Dallas Cowboys, dos de los Dallas Mavericks y hasta un ganador del Premio Nobel.
Había de todo, desde camisetas deportivas gigantescas hasta vestidos de Alexander McQueen.
A Sebastian le gustaba que la gente se expresara.
Y si tenías un estilo motero con un toque chic, o llevabas unos pantalones deportivos con una blusa transparente y una americana... mejor que mejor.
Gillian había estado tentada de romper moldes: los atuendos desafiantes eran lo suyo.
Pero al final optó por ponerse el holgado mono con estampados verdes y naranjas, y unas sencillas sandalias marrones.
Tenía un aspecto elegante pero informal, relajado.
Por dentro, sin embargo, temblaba como un flan.
Todos sus peores miedos se habían dado cita en ese pabellón. Esta vez, sin embargo, no pensaba huir.
Pasó el control de seguridad: soportó detectores de metales, cacheos y algunas miradas lascivas, pero nadie cuestionó sus credenciales.
El interior de la sala estaba organizado a la manera tradicional: un gran escenario, una pista de baile y barras en los laterales.
Lo dispuesto en el perímetro ya no era tan habitual: mesas de blackjack y póker, y también varios juegos de feria que daban fe de la eterna pasión lúdica de Sebastian.
El lugar era un hervidero, como si de pronto hubieran decidido celebrar la Super Bowl en septiembre.
Tanto alboroto la ponía nerviosa. Aun así, se zambulló entre la multitud y permitió que todos la miraran de arriba abajo.
Actuaba como si ese escrutinio le fuera indiferente, pero sentía las miradas, e imaginaba los juicios emitidos en forma de susurros.
Después de unos sesenta segundos inquietantes, abandonó el centro de la pista y fue retrocediendo hacia la periferia.
Se apostó detrás de una de las mesas de aperitivos, a la sombra de una escultura de hielo que representaba a Teseo y el Minotauro.
Le dio un mordisco a una tartaleta con crema fresca y vigiló a los depredadores de la sala.
Vio a Leah Nev en el confesionario, hablándole desenfadada a la cámara, con su sombrero Panamá y una copa de champán en la mano: un vagabundo elegante, habría dicho Gillian para describir su estilo.
También localizó a Ellsberg, con un traje marrón y una corbata roja, irradiando incomodidad, como el vendedor de zapatos más fracasado del mundo.
Pero de Tommy y Sebastian no había ni rastro.
La ausencia de Tommy era imperdonable: con cada hora que pasaba, su propuesta olía más a trampa.
En cuanto a Sebastian... No cabía duda de que el maestro de ceremonias aparecería tarde o temprano. Aquel era su circo.
No hubo reencuentros efusivos ni abrazos grupales.
Los concursantes parecían imanes cargados con la misma polaridad: mantenían las distancias, como el día en que se habían conocido.
Entonces la cautela los había mantenido a raya: se evaluaron mutuamente, cada uno convencido de que ganaría, tratando de identificar cuál de los rivales iba a llevarse el segundo puesto.
Hasta que no descubrieron intereses comunes —idiomas, matemáticas, caramelos, juegos de mesa clásicos como Operación y Trampa para ratones—, no bajaron la guardia.
Habían superado momentos parecidos en sus orígenes y eso los unía, pero también los enfrentaba: «Puede que seamos parecidos, pero soy mejor que tú.
Voy a superarte. Escaparé. Y, por supuesto, no te daré pistas, ni tendré piedad.
Si sé que el himno nacional austríaco es “Land der Berge, Land am Strome”, no voy a tararear unos compases antes de que tú susurres “Edelweiss”».
Los que se desviaban de ese credo del «yo primero» pagaban el precio.
Que se lo dijeran a Gillian: de no haber retrocedido para salvar a Ellsberg, habría ganado el puto concurso.
Contempló a los antiguos concursantes mientras se acechaban entre sonrisas, y tuvo la sensación de que el Certamen nunca había terminado.
Seguían compitiendo por las recompensas de Sebastian: por su atención, por su dinero...
, o por ambas cosas a la vez. Seguían participando en su juego de ganadores y perdedores, en el que los papeles podían invertirse en cualquier momento.
Ellsberg la localizó enseguida y se le acercó despacio, con el recuerdo de su última conversación fresco en la memoria.
—Tan glamurosa como siempre, por lo que veo —dijo inclinando la cabeza.
Se había criado en un parque de caravanas en Alabama. De entre todas las personas, él debería entenderla.
—Que no tenga un Mercedes no significa que deba vestirme como una arrastrada.
Ellsberg insinuó una sonrisa.
—Me sorprende que te hayan dejado entrar. ¿Y si robas la cubertería?
—Nadie está mirando, Ellsberg. Puedes decir tranquilamente «los cubiertos».
—Siempre hay alguien mirando. —Su sonrisa desapareció. Escaneó a los invitados, como si alguno fuera a morderle—. Quizá puedas beneficiarte. Con la publicidad de esta noche, seguro que mejorará tu perfil en Los Ángeles.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a las redes sociales. Gillian Charles, la hija pródiga que ha regresado. Seguro que tu fama redescubierta está disparando las cifras de la retransmisión en directo.
Señaló una plataforma elevada en la que estaban sentadas dos jovencitas, con sus portátiles y sus cámaras. Charlaban sin parar, captando cada rincón de la sala con sus móviles.
June siempre estaba conectada. Publicaba fotos de barbacoas familiares y actuaciones musicales como mínimo dos o tres veces al día. ¡A saber la de veces que habría consultado sus redes sociales esa misma noche!
—Pareces decepcionada —dijo Ellsberg—. ¿Le habías prometido una exclusiva a alguien?
—No lo saben —murmuró ella.
Su sonrisa burlona se desvaneció.
—¿Tu madre?
—Ni June tampoco. No les he dicho que he vuelto. Me pareció más sencillo así.
El silencio de Ellsberg fue como una acusación. Sorprendentemente, no le lanzó ninguna pulla.
—Jonas tuvo un derrame cerebral.
Él rara vez hablaba de su padre. Gillian recordaba historias sobre competiciones domésticas por zapatos y mantas, para ganarse el derecho a dormir dentro de la caravana. Ellsberg continuó con ligereza, como si hablara de los herbicidas más eficaces.
—Ya hace doce años, si no recuerdo mal —dijo—. Intentó coger una tónica. Lo encontraron en el suelo, con el vaso de whisky bien agarrado. Murió antes de que amaneciera.
Ellsberg se encogió de hombros. C’est la vie .
—Mamá todavía vive en esa parcela. Tiene cabras.
Voy a visitarla de vez en cuando, pero le echa de menos, y yo no sé qué decirle.
—Hizo una pausa—. Él me acompañó a sacarme el carné de conducir.
Al condado de Jefferson, en las tripas de ese monstruo burocrático.
Cuando salí con el permiso provisional en la mano, me dijo: «Al menos has conseguido eso». Esa fue la última vez que hablamos.
Ella lo observó con atención.
—¿Estás tratando de decirme algo? ¿Que tengo que valorar el tiempo que me queda con mi familia?
Ellsberg parecía haberse ofendido.
—Jonas podría estar allí mismo, en el otro lado de esta sala, atragantándose con una aceituna, y yo no daría un solo paso.
Cuando Gillian decidió encerrar Miscellany en una caja, hizo lo mismo con cada recuerdo de aquella época. Se permitió olvidar. Todos los concursantes llevaban consigo una carga emocional incluso antes de que Sebastian les pusiera más peso encima.
Gillian se dirigió a la barra y, para su sorpresa, Ellsberg la siguió.
Para evitar que se le mancharan los dientes, se decidió por un vino blanco, un Chardonnay.
Ellsberg pidió una cerveza y bebió directamente de la botella.
Empezaron a andar. Gillian sostenía su copa, escaneando rostros en busca del de Tommy.
La búsqueda fue infructuosa y también la consulta de su móvil.
Ellsberg la observaba, pero se abstuvo de hacer comentarios.
Entre la multitud, identificó a Evelina, impecablemente vestida.
Aquel traje rojo le quedaba perfecto. Llevaba tacones de aguja y el pelo recogido.
Era bajita, pero llenaba la sala con su personalidad.
Charlaba con algunos tipos importantes que Gillian no reconocía, en su mayoría hombres que bebían cada una de sus palabras.
—Está espectacular —dijo Gillian.
Ellsberg chasqueó los labios, como si hubiera despertado de un letargo milenario.
—Hay una especie de setas llamadas ángeles destructores. Resultan impresionantes en su hábitat natural, pero créeme, son tóxicas. Si te las comes, las consecuencias son graves: vómitos, diarrea y al final la muerte.
—Conozco esa seta. Es completamente blanca.
Gillian le dedicó una mirada coqueta, batiendo las pestañas. Él soportó la burla en silencio. Aun así, era interesante que pareciera desconfiar de Evelina. Otra razón más para asegurarse un momento con la reina de las relaciones públicas. Y con cualquiera vinculado a la Segunda Temporada.
—¿Alguno de los nuevos concursantes está aquí? —preguntó.
Ellsberg la miró de reojo.
—No. Como te he dicho, todavía no se ha anunciado.
—¿Has visto las clasificaciones? —Él no dijo nada—. ¿Qué te parecen en comparación con nosotros? —insistió.
Un gruñido.
—Desde luego, se creen muy listos.
Gillian rio.
—No te caen bien.
—Este grupo tiene tutores. Y asisten a cursos preparatorios para ingresar en Miscellany. Nosotros no tuvimos esas ventajas.
—Entonces, ¿tienen dinero?
Él le sostuvo la mirada.