El certamen 11
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El sol asomó entre las nubes mientras Gillian se dirigía al hotel, un edificio impresionante que recordaba al tornillo aéreo de Leonardo da Vinci.

Tenía un vestíbulo majestuoso, con suelo de baldosas pulidas, y un personal tan atractivo que parecía sacado de una revista.

Aquella atmósfera resplandeciente le recordó a la época en que trató de escribir sobre viajes e hizo una escapada improvisada a Las Vegas.

Se pasó el día recorriendo los lugares más elegantes del Strip, la zona de los hoteles y los casinos más lujosos: el Wynn, el Bellagio...

Entró en establecimientos preciosos —aunque ninguno tan espectacular como ese—, llenos de flores e impregnados del olor a jazmín artificial tan típico de los casinos.

Se paseó entre las mesas de dados, pero no podía permitirse la entrada mínima de veinticinco dólares.

Para asistir a los espectáculos gratuitos había que reservar antes una costosa habitación.

Y, por si todo eso fuera poco, los juegos de azar le recordaban demasiado a los de ingenio.

Al final se dio cuenta de que no tenía nada interesante que contar sobre Las Vegas y regresó a Los Ángeles con cien dólares menos en el bolsillo: los que se había gastado en gasolina.

Aquel hotel también estaba diseñado para sacarte hasta el último céntimo. Todas las caras bonitas sonreían en beneficio de la empresa.

Gillian pasó su pulsera por el lector de recepción y, en cuestión de segundos, el personal obtuvo todos sus datos.

Le asignaron una habitación en el extremo superior de la estructura helicoidal, «justo por debajo del ático».

El ascensor enseguida dejó atrás los pisos inferiores, pero Gillian apenas notó la aceleración.

Observó el reflejo insustancial de su silueta en el latón bruñido de las paredes.

Su habitación era blanca y moderna. Tenía espejos de cuerpo entero y un televisor con una pantalla del grosor de una cuchilla.

Una cubeta llena de cervezas frías descansaba en el lavabo; las había de todas las marcas locales de Los Ángeles, sus preferidas.

Echó un vistazo a las cervezas y luego a la pulsera que se ajustaba a su muñeca.

¿Qué sabía de ella aquel dispositivo y, sobre todo, a quién se lo estaba contando?

La voz de Ellsberg resonó en su cabeza: «He permitido que te quedes».

Cogió una cerveza y un abridor y se dirigió al escritorio.

Dejó la botella a un lado y se fijó en el portátil, un modelo elegante, infinitamente más ligero y potente que su trasto viejo.

En la pantalla había pegada una nota: «Para ti».

La arrugó y la tiró. Se acercó a la ventana para contemplar las vistas.

La sección de las habitaciones se proyectaba sobre el vacío, a cientos de metros del suelo. Apropiado. Muy apropiado.

Tommy no contestó al teléfono. Gillian le dejó un mensaje, pidiéndole que la llamara. Después se quedó mirando el móvil, pensando en escribir a su madre.

«Hola, sé que siempre quieres que vaya a visitarte, así que...».

No. Borrar.

«Hola, ¿cómo ha ido el día? ¡Sorpresa! Estoy en la ciudad. Aunque el trabajo me tiene bastante ocupada, así que...».

Debería ir a la residencia. Dejar que su madre la abrazara, permitirse el sentimiento de ser abrazada.

Pero entonces tendría que explicar por qué estaba allí.

Soportar las preguntas. «Pero ¿te pagan?

». El torrente del fracaso la ahogaría de nuevo.

Y derrumbarse, recaer, sería casi inevitable.

Se quedaría durante una breve temporada, que acabaría convirtiéndose en meses.

Dormiría en el sofá de June y llevaría a sus hijos a clase de piano.

Le diría a cualquier hombre con el que quisiera acostarse: «¿En tu casa o en tu casa?

». Y entonces tendría que reconstruir su vida allí...

o algo peor. Él no la dejaría en paz si se quedaba a vivir en Dallas.

Bastante difícil era ya evitar su nombre en Los Ángeles; en Texas sentiría el calor de su presencia las veinticuatro horas.

No podía orbitar tan cerca del sol. Visitarlo ya era muy duro.

Por un momento, Gillian estuvo a punto de echarse a llorar. Casi oía la risa gloriosa de su madre. La veía sonreír de oreja a oreja. Aquella mujer la amaba profundamente y lo único que recibía a cambio era decepción.

Gillian borró el mensaje.

Se recompuso y sacó su viejo portátil, dejando de lado el ordenador perfecto que le había regalado Miscellany.

El trabajo la estabilizaría. Tal vez se hubiera mantenido alejada de los juegos, pero en los últimos años había destapado una buena cantidad de trapos sucios.

Perseguir estafadores de seguros y padres que no pagaban la pensión le había permitido adquirir ciertas habilidades.

Y ahora las utilizaría para cazar a Miscellany: investigaría hasta descubrir qué valoraba realmente esa gente, cómo se movía, qué protegía.

Cuando entendiera esos patrones, localizaría sus puntos débiles y los utilizaría a su favor.

¿Suponía eso un chantaje? No estaba del todo segura.

Se conectó al wifi y empezó a buscar información.

No encontró nada sobre la Segunda Temporada, pero sí una avalancha de artículos sobre Sebastian y su imperio.

Funcionarios estatales de todo el país promoviendo exenciones fiscales, garantizando empleos y millones en ingresos turísticos.

Una gran foto de Tommy cortando la cinta en un nuevo bazar en Henderson, Nevada.

En general, la cobertura era elogiosa, salvo por un artículo.

Hacía apenas unas semanas, una familia había presentado una demanda contra Miscellany, alegando negligencia, fraude y publicidad engañosa.

La noticia no aparecía en los grandes medios, sino en un periódico digital menor con el desafortunado nombre de Daily Miscellany .

La web citaba a la familia Navarro y a su hija Vanesa: «Miscellany y Sebastian han engañado a los concursantes haciéndoles creer que, si se esfuerzan al máximo, tendrán la oportunidad de ganar un premio multimillonario que les cambiará la vida».

Los Navarro insistían en que los juegos del parque estaban amañados: los vencedores solo ganaban porque tenían información privilegiada.

La demanda de los Navarro no era colectiva. No había testigos que corroboraran su versión. Por el momento, el departamento de prensa de Miscellany no había respondido nada. No era ningún escándalo, solo el coste de hacer negocios.

Gillian también buscó información sobre sus antiguos competidores.

Leah Nev. Una abogada de artistas y productores que se promocionaba tanto a sí misma como a sus clientes.

Era de origen navajo y llevaba una larga cabellera que se alisaba o se rizaba según la ocasión, alternando la actitud cercana de California y el aire desafiante de la Costa Este.

Estaba conectada a ambos mundos y metía las narices en todas partes.

Además, presentaba un espacio de media hora en la emisora Z100, en Nueva York; «What’s Hot», se llamaba.

La fama y la fortuna van siempre de la mano.

Había publicado fotos en las que aparecía con Meryl Streep y Kerry Washington.

Solo había tenido un bache, hacía dos años: ingresó brevemente en un centro de tratamiento en Orange County, por «agotamiento».

Titular: «Antigua prodigio de los rompecabezas no logra resolver su pesadilla con la adicción».

Su padre había tenido problemas similares y se había limitado a trabajar en empleos precarios, compitiendo con adolescentes por un puesto mal pagado.

Esos períodos de rehabilitación, sin embargo, estaban a la orden del día en el mundo del espectáculo.

Martin Ellsberg. Prácticamente no había nada sobre él en internet. Había hecho algunas preguntas sobre biometría en un foro de seguridad y había intentado vender una bicicleta estática. No es que faltara información, sino que estaba oculta. Ese cabrón seguía escondiéndose, como siempre.

Y luego buscó más cosas sobre Tommy. Fotos suyas sonriendo, enfundado en su traje, a veces con corbata, otras sin.

Todo indicaba que no le faltaba de nada: en cada historia que Gillian abría se lo veía devorando la vida, siempre prosperando.

Le entraban ganas de vomitar con solo leerlas.

En internet no encontraría nada sobre Tomas Kundojjala que no hubiera visto ya con sus propios ojos.

Los artículos promocionales colgados por Miscellany y el par de imágenes en las que aparecía estrechando manos no contaban la historia completa.

El chicle que masticaba ya no sabía a nada.

¿Era Tommy el verdadero problema? Cuando apareció en el escenario, todos sus compañeros ejecutivos se pusieron nerviosos, incluida su esposa.

Su temperamento oscilaba entre la desesperación y la euforia.

Gillian cada vez tenía más claro que, como mínimo, tomaba cocaína.

Su comportamiento en casa de los Navarro había sido preocupante; estaba desquiciado, tan desconectado de la situación que decidió prepararse un sándwich de mantequilla de cacahuete mientras la familia se desmoronaba a su alrededor.

Y la guinda: a pesar de las apariencias, Ellsberg decía que estaba arruinado. Tommy era un tren descarrilado.

Pero...

Él no vivía como un hombre pobre. Viajaba en avión privado, se movía en un coche de lujo con chófer propio.

Y su comportamiento tampoco le resultaba tan extraño.

Su preocupación por Vanesa parecía auténtica.

Tal vez su entusiasmo repentino lo explicara la intensidad inevitable de su carácter competitivo, y las drogas no fueran más que algo consustancial a esa naturaleza.

La tensión que había apreciado en el escenario quizá fuera solo fruto de la envidia, de la ambición frustrada de sus colegas.

Gillian había crecido compitiendo y recordaba a más de un niño llorando desconsolado o teniendo auténticas rabietas después de saber que había perdido.

Los adultos solo fingían manejar la derrota con más gracia.

Cerró el portátil. Era tentador perseguir a ese animal herido.

Comprenderlo, quizá curarlo. Pero su madre necesitaba dinero.

Gillian no podía convertir aquello en algo sobre Tommy, o los chicos, o Miscellany, ni siquiera en algo que tenía que ver con ella.

Si era incapaz de dejar a un lado sus emociones, debía regresar a casa enseguida.

Su equipaje estaba sobre un estante plegable, junto a la puerta. No lo había ni deshecho.

En su maleta, destacaba el candado naranja chillón de siempre, con la eterna combinación: 2871.

Su primera respuesta del Certamen, la que había pronunciado en la Sala de Deducciones.

Los dados cuyo peso debías multiplicar para obtener el código de la entrada.

Los dígitos seguían frescos en su memoria.

Tommy iba último en esa prueba. Ella había conseguido salir de la sala antes que él, limpiamente. Se habían mirado un instante y habían compartido un momento de empatía, pero el juego había sido justo. Sin trampas.

Sabía que no debía convertir aquel viaje en algo sobre Miscellany, ni sobre ella misma. Pero, qué demonios, lo iba a hacer igualmente.

«Miéntete a ti misma, Gillian».

La webcam del portátil de Miscellany la miraba con su ojo muerto desde la mesa de la habitación. ¿Qué pensarían al otro lado de la lente? ¿Estaba yendo todo según el plan? ¿Creían que la tenían justo donde querían?

Se sacó el chicle de la boca y lo aplastó con gusto contra el ojo frío y electrónico del portátil.