10
Gillian estaba sentada en la barra, dando buena cuenta de un helado de menta con virutas de chocolate.
Era un local al aire libre, rodeado por un semicírculo de taburetes, y como el día era gris, tenía el mostrador de fórmica para ella sola.
El helado estaba bueno. Era de un color verde fosforito y las virutas de chocolate amargo parecían perdigones.
Se lamió el rastro pegajoso que le bajaba por los nudillos, balanceó los pies en el aire y, por un instante, volvió a sentirse como una niña.
Qué idiota. Aquel viaje no era una terapia, ni una nueva oportunidad para competir.
Había dejado que el espectáculo se le metiera bajo la piel, que Sebastian la manipulara.
Seguía siendo tan astuto como de costumbre.
Seguro de sí mismo, capaz de manejar a adultos y niños con la misma facilidad.
Los años le habían sentado bien; la pincelada de canas y las líneas de expresión le daban un aire distinguido.
Era como un puto whisky añejo: más fuerte ahora que en los días del Certamen.
Qué tonta había sido al pensar que podría ayudar a Vanesa. Gillian estaba tan atrapada por la órbita de Sebastian como lo estaba Vanesa por la de Tommy. Le cabreaba que Tommy no viera el paralelismo.
Aquella noche se celebraría la fiesta. Bien.
Así podría demostrarle a Sebastian de lo que era capaz.
Entrevistaría a los más implicados en la Segunda Temporada: al equipo ejecutivo, a los concursantes más destacados...
y quizá a Evelina. Los seduciría y persuadiría hasta que le revelaran sus secretos.
Descubriría algo tangible y convertiría la promesa del rompecabezas en una recompensa real...
, una que Sebastian no pudiera arrebatarle.
¿Cumpliría Tommy su palabra? Su comportamiento la inquietaba.
Estaba raro: las drogas tenían que ver, seguro, pero quizá había algo más.
¿Era posible que la estuviera utilizando?
¿Necesitaba más ayuda de lo que admitía?
Por un momento, deseó que realmente hubieran recreado el Certamen: tres semanas encerrados en una habitación para volver a conocer cada tic, cada mirada del otro.
No tenía claro que Tommy estuviera de su lado.
Tal vez pretendía utilizarla para ganar algún tipo de juego que ella no podía ver aún.
Su madre siempre veía lo mejor de las personas.
La verdad es que no era mala idea guiarse por la generosidad.
Con eso en mente, sacó el móvil y le envió un mensaje a Tommy.
Esperó los tres puntitos que nunca aparecieron.
Cualquier otra persona habría tratado de distraerse: jugando con el teléfono, charlando con amigos o planeando escapadas a la playa o a la montaña.
Gillian contempló la multitud y se preguntó cómo lograban calmar su mente.
¿Por qué no estaban más estresados? ¿Cómo podían pasear por la vida y relajarse, sin más?
Un hombre alto interrumpió sus pensamientos.
Destacaba entre la multitud: frente prominente, cabello rubio ralo y un hematoma morado del tamaño de un continente que se extendía por uno de los lados del cráneo.
Parecía mayor de treinta e iba vestido sin gracia, con una americana azul marino, pantalones de pinzas color beige y unos náuticos desgastados.
Caminaba con los hombros encorvados y el cuello echado hacia delante, como un pavo protegiendo un corazón de papel maché. El puto Martin Ellsberg.
Gillian se bajó del taburete sin pensarlo.
Estaba decidida a tener unas palabras con él.
¿Acaso pensaba merodear por el parque y esperar a que ella apareciera para atacarla por sorpresa?
¡Como si no conociera sus trucos de memoria!
Se limpió el chocolate de la comisura de los labios y se le acercó por detrás, pensando en cómo saludarlo.
«¡Cuánto tiempo sin verte!». O quizá algo más directo, como un rodillazo en la entrepierna.
Ellsberg le ahorró el trabajo. Se detuvo en medio de la multitud y se metió las manos en los bolsillos dejando que una sonrisita amarga se dibujara en su cara. Esperó mientras ella se le acercaba.
—En la esquina noreste hay una tienda en la que usan hojas de menta de verdad —dijo, cuando tuvo a Gillian a pocos pasos—. En este local usan extracto de menta.
Después de todos esos años, todavía seguía aferrado a su acento alemán.
—Siempre has sido un pijo —replicó ella, rodeándolo con cautela—. Aunque pareces más salido de un mercadillo que de una tienda de Armani.
—Me gusta la comodidad —respondió él, siguiéndola con la mirada mientras se movía—. ¿Por qué estás aquí, Gillian?
—Vaya, menudo recibimiento le das a una vieja amiga.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Todavía me guardas rencor, ¿eh? Después de todo este tiempo.
—Pasaste de mí. Como si fuera un puto lastre.
—Richard Nixon superaba los agravios más rápido que tú. Olvídalo ya, te prometo que serás más feliz. —Se había detenido a un lado, como si tuviera miedo de mirarla de frente—. Te lo pregunto otra vez: ¿por qué estás aquí? No estabas invitada.
—Me temo que te falta información. Me pidieron que viniera.
—Yo no te lo pedí.
—Mi querido Ellsberg, ¿y a mí qué coño me importa lo que tú quieras? Me invitó Tommy.
Ellsberg meditó su respuesta. Cuando habló, su acento era un poco menos germánico.
—Da lo mismo. Estás aprovechándote.
—¿Aprovechándome? ¿De qué, exactamente? ¿De un parque temático multimillonario? ¿Del magnate que lo dirige? Tommy es un hombre adulto. Si no te gusta su decisión, discútelo con él.
—Las mujeres vais a la vuestra, ¿no? Igual que antes.
Ese cabrón arrogante. Tenía que bajarle los humos.
—Te estoy haciendo un favor, ¿sabes? Tu nuevo concurso está jodido.
Ellsberg seguía impasible, con la cabeza erguida y la compostura intacta.
—Ya veo que Tommy ha sido poco claro con los hechos, así que escúchame bien: no hay ninguna prueba de que en este evento haya habido irregularidades, pero en cambio hay muchos indicios de que Tommy está agotado.
Ya no estamos en los ochenta. Los excesos ya no tienen el mismo prestigio.
Trabaja demasiado y se implica mucho en los detalles.
Fíjate en ese reencuentro: le aconsejé que no viajara a Los Ángeles en su avión privado.
Y, desde luego, le aconsejé que no se involucrara contigo.
Gillian lo miró. El tío estaba ahí, de pie, tieso como un palo.
Era evidente que su presencia lo alteraba, y mucho.
Estaba tratando de ocultar algo. ¿El consumo de drogas de Tommy?
¿O se trataba de alguna irregularidad de la Segunda Temporada?
Fuera lo que fuese, no quería que ella estuviera allí. Otra buena razón para quedarse.
—¿Por qué te preocupas tanto por mí, Ells? —Se acercó a él, desafiante—. ¿Me estás siguiendo? ¿Es ese tu trabajo como jefe de Seguridad de todo este tinglado? ¿Cuidar de los antiguos niñitos de Sebastian?
No le gustó que estuviera tan cerca. Retrocedió un paso.
—Sebastian no tiene que cuidar de nosotros, Gillian. Nosotros no huimos.
Esas palabras le dolieron.
—No tienes ni idea de lo que es este lugar —continuó él—.
Llevas dieciocho años sin poner los pies aquí.
Esto te viene grande. —Levantó la barbilla por encima de la multitud—.
La salida más cercana está por allí. Vuelve a Los Ángeles, huye a París, a Roma, o al Yukón, me da igual.
El jet te llevará a cualquier sitio..., pero no te quedes aquí.
De niña, Gillian había compartido con él sus fantasías de ser como Jack London y huir a Alaska. Ellsberg parecía encantado de echarle en cara esa aspiración frustrada.
—Tommy me está pagando para investigar la Segunda Temporada —dijo ella.
Ellsberg cerró los ojos, como si la noticia le revolviera el estómago. Por un momento, Gillian creyó que lo había cogido por sorpresa.
—Tommy está arruinado.
Si aquello hubiera sido Los Ángeles, Gillian habría jurado que la tierra se había sacudido bajo sus pies.
—¿Qué?
—Ha sido suspendido de empleo y sueldo. Sus gastos, sus inversiones personales... Digamos que no tiene acceso a fondos. Y eso incluye también su nómina de la empresa, la American Express corporativa. No puede contratarte, y todavía menos pagarte.
Gillian se quedó allí plantada, delante de Ellsberg, mientras la noticia la ahogaba, tal como se había ahogado él tantos años atrás. Ahora era Ellsberg quien se acercaba.
—Tengo entendido que Tommy te ha alojado en el Leonardo.
Cuesta un dineral. He permitido que te quedes.
—Tocó la pulsera que llevaba en la muñeca y esperó un segundo—.
Disfruta de la vida en Miscellany, al menos por una noche.
Aprovecha lo que el parque tiene para ofrecerte. Y mañana... El jet estará listo.
Había volado hasta allí persiguiendo un fantasma. Otra promesa de Miscellany, etérea como el algodón de azúcar.
Ellsberg retrocedió. Le había dado la vuelta a la situación una vez más.
—Me ha gustado ponernos al día —dijo—. Y estás muy guapa. Muy rollo tienda de segunda mano de Los Ángeles.
Y luego se marchó.
Había pasado años imaginando las burlas y los dardos envenenados que arrojaría a la puntiaguda cabeza de Ellsberg.
Las acusaciones con las que lo hundiría.
Sacaría a la luz sus maquinaciones y saltaría de alegría al restregarle por la cara su traición.
Pero, al final, él había ganado la partida y ella se había quedado con un sabor amargo en la boca.
Tommy y Ellsberg se la habían vuelto a jugar.
Esta vez, Tommy había sido el anzuelo y Ellsberg le había hundido la cabeza bajo el agua.
Se contempló a sí misma. La americana, los pantalones.
Iba vestida como si fuera a ir a algún club nocturno exclusivo, cuando a su alrededor solo veía gente con sudadera y chándal.
Estaba jugando a un juego equivocado. Se había subido al avión con un modelito caro, como si pudiera deslumbrar a la gente de Miscellany.
Venderles unos cuantos fulares. Esas personas nada tenían que ver con los niños ricos de Highland Park a los que solía dejar en evidencia camino del concurso.
Ese público nunca se dejaría engatusar por el brillo y el artificio, al menos en forma de ropa moderna y cuatro réplicas ingeniosas.
Y ella lo sabía. Siempre lo había sabido.
Una oleada de rabia la invadió hasta llenar por completo su metro sesenta y ocho de altura.
A la mierda Ellsberg. Y también Tommy.
A la mierda Sebastian.
Llevaba buscándose la vida desde los dieciocho años. Trabajando a destajo para conseguir la ropa que llevaba puesta. Había llegado hasta allí, y pensaba encontrar la manera de sacar provecho de todo aquello. No había terminado, aún no estaba derrotada.
Salió en busca del hotel. Ya no se preguntaba cómo lograba relajarse la gente que la rodeaba. Relajarse era una debilidad ociosa, un lujo para perdedores.
Gillian estaba allí para ganar.