9 #3
El juego continuaba. Diente Roto estaba claramente fuera.
Ya había deshecho la cara resuelta, pero estaba retrocediendo.
Trenzas, por su parte, también había bajado el ritmo.
Seguía con el método Fridrich, pero había dividido la última capa en etapas: primero los bordes y después las esquinas.
Era un enfoque totalmente legítimo, pero no el más rápido.
A su derecha, Costras ya tenía las dos primeras capas terminadas. Diente Roto soltó un taco y Sebastian frunció el ceño.
Los ojos de Trenzas se iluminaron cuando vio claros los últimos movimientos.
«Vamos, puedes hacerlo», pensó Gillian.
—¡Listo! —gritó Costras.
Y todo terminó. Costras alzó el cubo resuelto en el aire, como si fuera el corazón palpitante que le había arrancado de una bestia derrotada.
Su madre aplaudía a sus espaldas, libre de la preocupación que había ensombrecido su cara.
La niña estaba eufórica y recibió la ovación de toda la multitud con una expresión salvaje.
Era evidente que le encantaba atraer aquella atención.
Gillian recordó que a ella también le gustaba.
Los rivales derrotados quedaron relegados a otro territorio.
Diente Roto arrojó su cubo sin resolver al público.
Gillian intentaba no mirar demasiado a Trenzas: la niña se mantenía firme, quizá demasiado.
Estuvo diez segundos más resolviendo su cubo y no paró hasta dejarlo tan perfecto como el de Costras.
Su madre se acercó a ella con cautela y suspendió la mano sobre el hombro de su hija, sin llegar a tocarla.
Gillian notó que había una historia ahí, el legado de una niña tan concentrada que incluso el amor de una madre suponía una distracción.
Aunque tal vez Gillian estuviera proyectando su propio pasado tortuoso en aquella relación.
Pero eso era lo que hacía Miscellany: te daba la vuelta del revés y te vaciaba los bolsillos. Salías de allí sin saber quién eras.
Sebastian se acercó desde el fondo del escenario.
El aplauso apagado de sus manos enguantadas era metódico.
Fue directo hacia Costras, como si temiera que una horda de magnates llegara en helicóptero para arrebatársela.
El orgullo iluminaba su rostro. Había encontrado aquella joya en bruto, él y nadie más que él.
Ignoró por completo a Diente Roto y a su padre, que abandonaron airados el escenario.
A Trenzas le dedicó solo una mirada fugaz, un detalle sutil que pocos captarían, excepto Gillian.
La niña se levantó, dejó el cubo resuelto en la silla, y salió en silencio del escenario cogida de la mano de su madre.
No era fácil interpretar la mirada que Sebastian le lanzó: simpatía, tal vez respeto.
O quizá decepción, por no haber podido aplicar sus habilidades con la suficiente rapidez.
A Gillian, sin embargo, le parecía más probable otra cosa: satisfacción.
Sebastian ya sabía que Trenzas fracasaría.
La realidad solo le había dado la razón.
Gillian se giró para marcharse. No podía soportar la contemplación de otra celebración, especialmente una que parecía montada solo para ella. La multitud se precipitó hacia delante, ansiosa por acercarse al sol. No consiguió abrirse paso entre la gente antes de que Sebastian empezara a hablar.
—Un aplauso para nuestra pequeña e inteligente ganadora —dijo.
Todo el mundo estalló en gritos y vítores. Gillian luchaba por escapar del embate de los fans enloquecidos.
—Lo has resuelto de forma espectacular —dijo Sebastian con un tono conspirador, como si él y Costras fueran un par de aficionados a los rompecabezas compartiendo sus secretos—. Recuérdame que te enseñe una solución con dos movimientos menos.
Gillian frunció el ceño y trató de abrirse paso con más fuerza. La voz de Sebastian se elevó a sus espaldas.
—Pero pasemos al premio —gritó—. Os prometí una mirada al futuro, y eso es justo lo que habéis visto. Pero también os prometí una visita al pasado. ¡Y aquí está, entre nosotros!
Gillian se encogió.
—Estoy seguro de que todos la recordáis. Era rápida, ingeniosa, mejor que la media con los juegos de palabras. Sorprendentemente competente, se podría decir. —Soltó una risita engreída—. Nunca se contuvo. No tenía miedo de tomar lo que quería.
La multitud la aprisionaba. Gillian se puso roja. No podía liberarse. No sabía qué haría cuando Sebastian pronunciara su nombre.
—¡Damas y caballeros, den la bienvenida al escenario a... Leah Nev!
Su rostro ardiendo se heló de golpe. La fuerza abandonó sus brazos. Tenía náuseas. Había vuelto a caer en otra de las trampas de Sebastian. Había creído que todo aquello estaba dedicado a ella.
Gillian alcanzó el borde de la multitud y consiguió escapar. No se volvió ni una sola vez. Cerró los oídos a los vítores del público, a la empalagosa gratitud de Sebastian. Se alejó del escenario, de Sebastian y de los fantasmas burlones de su pasado.
Había dedicado años a forjar defensas, a levantar muros de distancia y tiempo, y en cuestión de segundos se habían desmoronado. Tanto tiempo contándose mentiras y seguía siendo la misma niña tonta de las trenzas.