El certamen 9 #2
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9 #2

Más aplausos. Sebastian esbozó una sonrisa, como si la entusiasta reacción del público lo hubiera pillado por sorpresa. Pero él nunca dejaba nada al azar.

Pronunció tres nombres. Los seleccionados gritaron de alegría y se abrieron paso hacia el escenario, seguidos de sus tutores.

Eran un niño de piel oscura, con un diente roto y mucha confianza en sí mismo; una niña rubia, pecosa, con los brazos y las piernas cubiertos de heridas de costras arrancadas; y una niñita negra con trenzas.

La hoja helada del cuchillo del déjà vu se hundió en las entrañas de Gillian.

Un trío de ayudantes corrió al escenario cargado con tres sillitas mullidas.

Un cuarto se acercó a Sebastian con tres bolsas de terciopelo cerradas con un cordón dorado.

Las bolsas eran irregulares y tenían la medida de un pomelo.

Sebastian se dispuso a sacar las pelusas que pudiera haber pegadas a cada una y frunció el ceño al encontrar un hilo suelto. Tan quisquilloso como siempre.

Los tres niños se sentaron en sus tronos respectivos. Las cámaras enfocaron sus caras, que aparecieron en las enormes pantallas que colgaban del arco del escenario. Sus tutores merodeaban alrededor, impacientes por firmar los formularios digitales en las tablets que les iban entregando.

Sebastian cogió el micrófono del atril y retrocedió hasta las sillas.

—Aquí, en Miscellany —empezó a decir—, ofrecemos innumerables formas de ejercitar la mente humana.

Los niños son brillantes, así de simple, y a menudo los retos que afrontan no son los adecuados.

Nuestros acertijos, nuestros juegos, los espolean intelectualmente.

La inteligencia es una llave que abre las puertas del éxito.

Muchos de los niños que han crecido con Miscellany, niños de procedencias y credos diversos, ahora son capitanes de la industria, dirigen gobiernos, equipos de la NBA.

Los acertijos me salvaron de una vida de pobreza y me permitieron desarrollar y demostrar mi inteligencia.

Me desafiaron, además de entretenerme. Por eso he dedicado mi vida a ofrecer esas mismas herramientas a los jóvenes de hoy, a potenciar su intelecto con los acertijos.

Los hay de muchos tipos: adivinanzas, enigmas...

—Sonreía como un niño en una tienda de caramelos—. Rompecabezas mecánicos.

Gillian sintió un escalofrío.

El ayudante abrió una de las bolsas y depositó un objeto en la mano extendida de Sebastian.

Era un rompecabezas geométrico reflectante, compuesto por muchos bloques pequeños de formas irregulares. En aquel momento, el mecanismo se parecía más a un edificio de Frank Gehry que a un cubo: era un revoltijo de piezas rectangulares.

Sebastian sostuvo el objeto frente al niño del diente roto.

—Esto es un tres por tres. ¿Sabes lo que es?

Los niños llevaban micrófonos. El chico contestó, ofendido:

—Un cubo de Rubik.

—Ese es uno de sus nombres, desde luego —respondió Sebastian—. Puede que sea el más importante entre los cubos de velocidad. Pero este es de una variedad especial. Fíjate: todas las piezas son del mismo color.

Hizo girar el dispositivo en su mano.

—Esto es un «cubo de espejos». Su mecánica es similar a la del cubo de Rubik, pero su naturaleza monocromática hace que el color sea irrelevante. El rompecabezas solo se resuelve cuando es devuelto a su estado de cubo.

Los dedos de uñas mordidas del chico se estiraron hacia el objeto, pero Sebastian lo retiró.

—Por supuesto, tiene solución. Si eres lo bastante paciente para encontrarla.

Gillian tensó los músculos de la cara. Quería subirse al escenario y apartar a los niños de un empujón.

Ella podía resolver aquel rompecabezas. Sebastian lo sabía.

Tal vez sus manos fueran más lentas que aquellos deditos mugrientos que se movían nerviosos en el escenario, pero su mente contenía más algoritmos resolutivos y sabía reconocer patrones que aquellos niños ni siquiera podían imaginar.

Se asustó al ver la facilidad con que se despertaron sus antiguas ansias de competición.

En el escenario, los otros concursantes recibieron sus cubos de espejos. Cada cara de tres por tres estaba mezclada de la misma forma aparentemente caótica. Cada niño partiría de la misma posición desordenada.

—Cuando suene la señal —anunció Sebastian—, podéis empezar.

Dejó el micrófono a un lado. Sus ojos recorrieron la multitud, feroces como los de un oso. Su mirada se movía tan deprisa que Gillian no podía asegurar si la había visto. Pero él sabía que estaba allí. Tenía que saberlo.

Sebastian volvió a acercarse el micrófono a los labios, sonriente.

—¿Estamos listos?

Un grito entusiasta respondió a su pregunta. Alzó el brazo en el aire, lo sostuvo allí un segundo y después lo bajó de golpe, como un verdugo. Una bocina estridente sonó y el Certamen comenzó.

Los mecanismos de los cubos sonaban mientras los niños hacían girar las piezas.

La multitud se quedó en silencio, escuchando el ritmo de los cubos en movimiento.

Aunque esos cubos de tres por tres eran monocromáticos, la estrategia era la misma, sustituyendo color por forma.

Roux, Petrus, Fridrich: métodos bien conocidos.

Ese rompecabezas no habría supuesto ningún reto para los antiguos concursantes.

Si Sebastian hubiera querido poner realmente a prueba a aquellos niños, habría elegido cubos más complejos, les habría vendado los ojos, o les habría obligado a resolver el rompecabezas con los pies.

Pero aquellos niños eran aficionados: su forma de trabajar los delataba.

Si hubieran sido expertos, lo habrían resuelto en menos de diez segundos.

Gillian se imaginó a sí misma en su lugar, escrutando el obstinado entramado de las piezas, viendo el azul de sus ojos reflejado en los espejos fracturados —esa mirada que muchos decían que era intensa, pero que, en su opinión, se parecía más a la de un ciervo cegado por los faros—.

Se veía haciendo girar el cubo, moviendo no solo las piezas, sino también el mecanismo entero, sin detenerse ni un segundo.

Ellsberg siempre había sido un apasionado de ese tipo de rompecabezas.

Le encantaba desmontar las soluciones conocidas y encajar los componentes de formas nuevas e ingeniosas.

A aquella pequeña serpiente le chiflaban las estructuras.

Gillian se obligó a respirar profundamente. Aquellos niños no eran ella, ni tampoco Ellsberg. Estaban allí para impresionar, para calmar una compulsión y saciar sus ansias de éxito. Tenían sus razones y sus métodos propios.

Diente Roto atacaba su cubo con la técnica capa por capa.

Probablemente ya había resuelto más de un cubo en su vida —seguro que había visto vídeos en internet o había recibido consejos de amigos—.

Ya tenía una capa resuelta, todas las piezas de la misma forma y altura; pero la primera era la más fácil.

Empezaba a perder velocidad y aún no había pasado a resolver la segunda capa.

Necesitaría aplicar un algoritmo, una serie de giros diseñados para mantener intacta la primera cara.

Con el método que estaba empleando conseguiría resolver el cubo, pero sería el último en hacerlo.

Trenzas hizo un movimiento que entusiasmó a Gillian: estaba empleando la técnica Fridrich, su favorita.

Era relativamente fácil de aprender y mucho más rápida que la capa por capa básica.

La niña avanzaba con rapidez hacia la resolución de las dos primeras capas.

Gillian se sorprendió sonriendo, y paró de inmediato.

Aquella niña tenía el gesto y las cualidades adecuadas.

Podría ser un peón en alguno de los grandes montajes de Sebastian.

La tercera concursante, Costras, utilizaba un método que Gillian no reconocía.

Sus manos se movían más rápido que las de los otros dos concursantes.

Derecha, izquierda, arriba. Curiosamente, nunca abajo.

A diferencia de sus rivales, ya tenía los bordes orientados.

Estaba completamente absorta. Entre los dientes, le asomaba la punta de la lengua, de un color casi púrpura debido a la presión.

Sus manos no se apartaban jamás del cubo.

Era eso lo que Sebastian buscaba: intensidad, determinación, una concentración que no diera cabida a nada más. Él seguía a un lado del escenario, con las manos a la espalda y una sonrisa amable. Su mirada iba de un niño a otro, pero a Gillian no le pasó por alto que la detuvo más tiempo en Costras.