El certamen 9
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Se acercaron al primer punto emblemático de Miscellany.

Una enorme esfera geodésica flotaba como una pequeña luna sobre un escenario, donde criaturas históricas y míticas jugaban al escondite.

Goblins salvajes se asomaban entre la hiedra de piedra y un ojo ciclópeo y ardiente fulminaba a todo el mundo desde la parte central.

Había símbolos de Sumeria, Grecia y China imperial, por nombrar solo algunos.

En el pasado, unos animadores recorrían el escenario desafiando a los visitantes a resolver acertijos a cambio de baratijas.

Gillian seguía sus movimientos con ojos de acero, siempre atenta a pistas y señales.

Entonces el escenario era un portal que conducía a un lugar mágico, una vía de escape tentadora.

El cielo encapotado apenas había disuadido a los visitantes: la multitud se agolpaba formando un grupo de al menos una docena de hileras.

En los laterales de la plaza, había apostados carritos que vendían palomitas de maíz con sabores, perritos calientes e incluso el famoso pastel de queso conocido como «sopa paraguaya».

Los visitantes avanzaban como leminos, apretujados unos contra otros.

Gillian se preguntó cuántos le habrían comprado uno de sus fulares.

Con una leve señal de Tommy, un guardia de seguridad les abrió camino hasta el borde del escenario. Una vez allí, su amigo la cogió por el brazo y le dijo:

—Tengo que subir ahí arriba.

—¿En serio? —replicó Gillian.

—Ya te lo dije —respondió, casi como lo habría hecho el Tommy de diez años: confiado, rozando la arrogancia—. Creo en lo que hacemos.

Podría haber sido aquel niño de sonrisa elástica, pero de cerca pudo ver las ojeras.

Gillian se encogió de hombros. «Haz lo que quieras».

—No olvides la fiesta de esta noche —añadió Tommy—. A las 19:30 en el Pabellón. Todos estarán allí. Es el momento perfecto para hacer preguntas.

—¿Y qué hago mientras tanto?

Se sacó una pulsera azul del bolsillo y se la lanzó. Gillian la atrapó por los pelos.

—Te alojas en el Leonardo —dijo él—. Es el mejor hotel del parque. La pulsera te da acceso a la habitación, entre otras cosas. Intenta usarla con cabeza.

—Como un cura con la colecta del domingo.

Tommy esbozó una sonrisa. Se quedó paralizado, como si fuera a decir algo más.

Y, de repente, un recuerdo se abrió paso en la mente de Gillian: la expresión de preocupación con que la había mirado aquella vez en la Sala de Deducciones, moviendo los labios.

De eso hacía ya dieciocho años. Tampoco entonces había entendido lo que intentaba decirle.

Tommy dio media vuelta y desapareció entre la multitud.

Por un instante, Gillian tuvo la sensación de ir a la deriva. Qué rápido se había vuelto a acostumbrar a la compañía de su amigo. Aquello la inquietaba. Ojalá se hubiera ido, se dijo: él y sus problemas eran una distracción. Pensaría con más claridad sin él.

Se quedó allí, en silencio, observando lo que la rodeaba.

Si había algo que iba mal en aquel parque, quizá el origen estuviera allí, en los visitantes.

Desde luego, parecían eufóricos, ebrios de drama e impaciencia.

Gillian descubrió en todos ellos una adoración casi universal y se sorprendió de que Sebastian no la explotara más a menudo.

¿Acaso sospechaba que sentirse adorado como un héroe podía cambiar su personalidad o solo quería que todos creyeran que no le importaba?

De pronto se oyó una oleada de vítores: Sebastian había aparecido en escena.

Saltó al escenario con una sonrisa de oreja a oreja y los brazos abiertos de par en par.

Llevaba un traje de tres piezas a cuadros verdes, unos zapatos marrones y blancos, y una corbata de color rojizo.

Ocultaba el muñón de su pulgar derecho con unos guantes de piel de vaca.

Su rostro era exactamente como el que aparecía en las banderas, aunque con un aspecto más joven de lo que Gillian había esperado.

Cuando sonreía, daba la sensación de que se estaba riendo de un chiste privado. Parecía sano, en plena forma.

De repente, Gillian se encontraba en medio de una multitud enloquecida.

Todo el mundo aplaudía con desenfreno. En lugar de haber subido un par de escalones, se diría que Sebastian acababa de descubrir la cura para el cáncer.

Coreaban su nombre y agitaban los puños en el aire. Era una situación surrealista.

Otros personajes fueron subiendo al escenario.

Media docena de ejecutivos de aspecto impecable, todos vestidos con trajes parecidos al de Sebastian.

Una mujer menuda y sofisticada, de pelo rubio cobrizo y cejas oscuras, iba enfundada en un vestido púrpura, con una americana a juego colgada al hombro.

Y, por último, Tommy, elegante y seguro de sí mismo, saludando a la multitud; El Ganador, casi tan famoso como el propio Sebastian.

Gillian observó a Tommy y a la mujer. Había tensión entre ellos.

Ella lo ignoraba, y la sonrisa de mil vatios de Tommy flaqueaba.

Gillian dedujo que debía de ser Evelina, la directora de Comunicaciones del parque y la otra mitad de la poderosa pareja Kundojjala.

Todos se dirigieron hacia las sillas dispuestas en el fondo del escenario y esperaron de pie a que su general pasara revista.

Gillian notó que los demás ejecutivos miraban a Tommy con cierta cautela.

Su amigo recuperó la sonrisa, pero con menos entusiasmo que al principio.

Sebastian se acercó al borde del escenario y se arrodilló para estrechar la mano de la gente del público, incluida la de un Elvis de aspecto paraguayo.

Los padres alzaban a sus hijos para que pudiera tocarlos.

Le ofrecían bolígrafos y libros de su biografía no autorizada para que los firmase.

Él les acariciaba la cabeza con una sonrisa y firmaba los libros.

Gillian intentó recordar qué se sentía al bañarse en la magnanimidad de Sebastian, pero solo pudo notar los codazos afilados de la multitud.

No parecía que la hubiera visto. Pero Sebastian lo veía todo.

Al final, se volvió hacia su equipo. Saludó a los suyos, haciendo gestos que insinuaban halagos y chistes privados.

Se entretuvo un poco con Evelina, intercambiando algo más que cortesías.

A Tommy le apretó el brazo y, después de una mirada penetrante, le hizo una pregunta.

Tommy respondió con una expresión distante, como si no hubiera oído bien sus palabras.

Aun así, Sebastian volvió a apretarle el brazo y prosiguió con la ceremonia, después de haber animado a sus tropas.

Se dirigió al atril, hecho a su medida.

—Bienvenidos, amigos míos —dijo con una sonrisa cálida—.

Me alegro de que todos hayáis podido venir.

Hoy es un día especial. Muy especial. Si no fuera por los niños, por vuestros hijos, nada de lo que hacemos en Miscellany sería posible.

Cada niño que cruza las puertas para explorar nuestro parque es único.

Un legado de más de treinta años nos avala.

Treinta años de niños que han superado sus propios límites para descubrir quiénes pueden llegar a ser.

Y hace tiempo, más del que me gustaría admitir, creamos una oportunidad muy particular para que un grupo de niños con talento hiciera ese descubrimiento. El Certamen Extraordinaire.

La multitud rugió. Gillian permaneció en silencio. Observó a las personas alineadas detrás de Sebastian: todas aplaudían y sonreían. Tommy la localizó entre la multitud todavía con la sonrisa torcida. Gillian no podía asegurarlo, pero le pareció que Evelina también la había estado observando.

Sebastian esperó a que el público se calmara.

—Aquí, en Miscellany —dijo—, no nos gusta vivir en el pasado.

Gillian miró las banderas ondeantes con el rabillo del ojo.

—Pero sería una tontería ignorar el éxito que tuvimos. Sería irresponsable no reconocer que nuestros logros pasados construyen la esperanza para el futuro.

Hizo una pausa y sonrió con picardía.

—Quizá podamos celebrar pasado y presente al mismo tiempo.

Un murmullo emocionado recorrió la multitud. Incluso Gillian sonrió sin proponérselo. «Qué cabrón».

Sebastian se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una hoja doblada de papel de color crema. La desplegó tomándose su tiempo para crear dramatismo.

—Muchos de vosotros pertenecéis al Círculo de Sebastian, nuestro club infantil más popular.

Los que sois socios tenéis acceso exclusivo a acertijos y a información privilegiada sobre Miscellany.

Pero hoy, tres miembros del club de entre diez y quince años serán invitados a participar en un pequeño juego.

¿Y para qué jugar si no hay premio? En Miscellany encontraréis entretenimientos por todas partes, cada uno con sus propias recompensas.

Algunas veces nuestros premios son monetarios, otras os proporcionarán reconocimiento y, en algunos casos —solo en algunos casos—, consisten en la mera satisfacción del trabajo bien hecho.

Pero en el juego de hoy creo que podemos ofrecer algo mejor.

Podemos construir vuestro futuro con un poco de ayuda del pasado.

Los que hayáis estado atentos a las noticias quizá ya sepáis algo sobre el Reencuentro.

Gillian se tensó como la cuerda de un arco. La multitud que la rodeaba estalló en vítores, ajena a la situación.

—Todos nuestros antiguos concursantes están en la ciudad para celebrar lo que fuimos y lo que seremos. Todos están en las instalaciones de Miscellany y un par de ellos incluso se encuentran aquí mismo, entre nosotros.

Tommy evitaba mirarla. Los vítores continuaron.

—El ganador del juego de hoy (junto con el padre, la madre o el tutor al que elija) podrá disfrutar de una visita privada a Miscellany, guiada personalmente por un antiguo concursante.

Comeréis juntos. Subiréis a las atracciones.

Resolveréis acertijos en equipo. Y, al final del día, lo ayudaréis a crear un nuevo acertijo, uno que utilizaremos en los Bazares de todo el país.