El certamen 8
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Miscellany estaba en una zona de barrios periféricos que se extendía entre Dallas y Oklahoma, un continuo de agrupaciones de casas de cinco dormitorios, centros comerciales y farmacias abiertas las veinticuatro horas.

Los conejos saltaban entre las ruedas de los coches y los estorninos se lanzaban como locos a por los animales espachurrados.

Finalmente, vieron aparecer los carteles:

DE MISCELLANY Y LA MARAVILLA. EL ÚNICO LÍMITE:

MISCELLANY Y EL BAZAR. PRÓXIMA SALIDA.

Había otros parques temáticos, por supuesto.

Six Flags no quedaba lejos; la montaña rusa de madera y acero conocida como El Gigante de Texas dominaba el horizonte.

Al lado estaba Hurricane Harbor, que prometía piscinas de olas y toboganes acuáticos.

Y para aquellos que, como Gillian, no podían permitirse los grandes parques, estaba Sandy Lake, con su minigolf y sus recreativos ya un poco anticuados.

Además del precio, los otros parques tenían otro problema: no le planteaban ningún desafío.

Uno se ataba a una silla, se tumbaba sobre una esterilla, y la mecánica y la gravedad hacían el resto.

Gillian quería un reto que la espoleara, que la hiciera pensar.

Necesitaba pensar que podía ganar. De pequeña, el único lugar que le había ofrecido lo que buscaba fueron los Bazares de Sebastian, fue Miscellany.

¿Por qué Miscellany ? «No inspira grandeza», había sido la crítica de un Bill Gates poco impresionado.

Sebastian podía ser muchas cosas, pero no se dejaba intimidar por la sombra de los titanes globales.

«Miscellany sugiere la posibilidad de muchas cosas», le gustaba responder.

Su parque no ofrecía lo habitual, lo aburrido, sino lo inusual, lo extraño, lo excéntrico.

Lo atípico. En los Bazares uno encontraba eso: algo insólito, extraño y excéntrico.

Un mundo de ideas interrelacionadas sin principio ni fin, perfecto para Sebastian.

De pronto, a Gillian se le pasó el bajón que arrastraba desde la visita a los Navarro. Un cóctel de entusiasmo y temor empezó a correrle por las venas. Estaba tan tensa que si Tommy le hubiera dado un golpecito en el brazo, probablemente se le habría roto en mil pedazos.

Un muro de piedra, envejecida a propósito, serpenteaba alrededor del recinto, ofreciendo solo unas pocas tentaciones; Sebastian era un showman al que le gustaba desvelar sus cartas poco a poco.

Lo único que veías desde la calle eran hectáreas de aparcamiento.

Los carteles anunciaban que la entrada estaba más adelante, pero a Gillian no le parecía que fuesen en esa dirección.

—¿Podemos entrar por la puerta principal? —preguntó.

Tommy levantó la mirada del portátil. Estaba más calmado: había canalizado todo su nerviosismo en el trabajo. Jackie ladeó la cabeza, a la espera de recibir instrucciones de alguien que importara.

—Es un paseo largo —respondió Tommy—. Y me pareció que no te gustaría el espectáculo.

—Necesito ver lo que ve todo el mundo. Déjame disfrutar del espectáculo completo.

Tommy se encogió de hombros.

—Llévanos por el acceso público, Jackie.

La conductora se pasó la lengua por la cicatriz de la mejilla, pero puso el intermitente y se dirigió hacia la puerta principal. Cruzaron el aparcamiento, esquivando a las familias que se apeaban de sus todoterrenos y autocares escolares con matrículas de Michigan, Nueva York y Florida.

En cuanto aparcaron, Gillian hizo todo lo posible por bajarse del coche aparentando calma. Tommy hizo lo mismo. Había dejado el portátil en el vehículo y ahora se dedicaba a teclear mensajes en el móvil. Echó a andar sin decir una palabra, dejando a Gillian atrás.

Jackie se quedó apoyada contra el coche, como si fuera de su propiedad.

—¿No vienes? —preguntó Gillian.

—No forma parte de mi trabajo.

—¿Y cuál es tu trabajo exactamente?

Jackie esbozó una sonrisa.

—Evitar que se meta en problemas.

Joder, esa mujer estaba encantada consigo misma.

—Hasta luego —replicó Gillian.

Jackie le devolvió un saludo burlón, llevándose el dedo índice a la ceja.

Un largo paseo de ladrillo rojo serpenteaba hacia la intrincada reja de hierro que daba acceso al recinto de Miscellany.

El recorrido estaba pensado para que los visitantes pasaran todo el tiempo posible admirando las excentricidades que Sebastian había seleccionado con tanto esmero: setos recortados en forma de elefantes majestuosos y ballenas azules gigantescas, farolas de gas falsas que evocaban un Londres dickensiano exento de enfermedades y pobreza crónica.

En el horizonte, once agujas góticas se alzaban imponentes, demasiado ambiciosas para quedar ocultas tras los muros: eran las torres del Bazar original, el corazón del parque y el escenario del único y legendario Certamen.

El lugar en el que Gillian había sido víctima de la humillación.

Cuando trató de recordarlo, cuando intentó imaginar su interior, solo vio oscuridad.

Unas vocecillas casi inaudibles le susurraban desde un rincón recóndito de su mente.

Estaba haciendo justo lo que Sebastian quería.

Una vez dentro del recinto, ya no distinguiría entre arriba y abajo, entre lo que era correcto y lo que no.

Pero sofocó aquellas dudas. Había abandonado aquel lugar por voluntad propia y regresaba a él de la misma manera.

Cumpliría con su cometido y se marcharía con la mente intacta.

Ya no era una niña. Y Sebastian no era más que un hombre.

La explanada de la entrada se acercaba. Justo donde terminaban los muros, comenzaban las puertas enrejadas, flanqueadas por menhires colosales en los que había grabados objetos aparentemente inocuos: paraguas, manzanas, botellas de leche.

Gillian pudo ver, por fin, a los empleados de Miscellany: los coloridos taquilleros vestidos como charlatanes de feria de la época victoriana y los músicos callejeros con gaitas y organillos.

Solo los guardias de seguridad llevaban pantalones modernos y camisas abotonadas, aunque sus cortas capas de lona también tenían un aire teatral.

La aventura, la maravilla y el misterio flotaban en el aire.

Era una atmósfera diseñada para embelesar a los niños y recordar a los adultos el asombro que alguna vez los había cautivado.

Y aunque Gillian aún no podía ver el interior del parque, casi podía oler el algodón de azúcar, el protector solar y el sudor de los turistas.

Miscellany era un hervidero de gente: estaba abarrotado hasta los topes y las colas eran interminables.

Gillian sentía el sofoco y la angustia, como la de una rata encerrada en un laberinto.

El parque estaba diseñado para arrastrar a los incautos hasta todas y cada una de las atracciones y sacarles hasta el último céntimo.

Sin embargo, bajo ese cinismo, Gillian recordó el lugar que veían sus ojos de niña, la oportunidad, el brillo que despedía todo, la multitud apretujada y ese medio segundo fugaz en el que se abría un espacio por el que su cuerpo menudo lograba colarse para ver lo que los demás no podían.

Recordaba la emoción que sentía cada vez que se encontraba con un rompecabezas nuevo.

El pulso acelerado, la atracción del desafío y el deseo de ser la primera, la más lista, tal como había dicho Vanesa: se trataba de ser la mejor.

Tommy avanzaba en piloto automático, absorto en su teléfono, ajeno a la experiencia. Se saltó las colas y los controles, y pasó por los torniquetes como si nada, bajo la mirada fugaz del personal de seguridad. Nadie los detuvo, ni siquiera les pidieron que redujeran el paso.

Al otro lado de los controles, Miscellany se desplegaba con todo su esplendor.

Remolinos de césped y jardines multicolor se enroscaban a ambos lados de un sinuoso sendero de ladrillos color cereza.

Una marcha musical alegre e inspiradora llenaba el ambiente, procedente de altavoces invisibles.

Banderas con imágenes de Sebastian ondeaban en lo alto de postes interminables.

Gillian se detuvo en seco y observó las diferentes versiones con atención: el rostro juvenil e imperturbable de Sebastian que los había esperado en el aparcamiento de su primer Bazar; la versión barbuda que hacía sonar la campana de apertura en la Bolsa de Nueva York; otra imagen dándole la mano a Will Shortz; y, por supuesto, una foto de Sebastian con sus niños.

El Certamen. La misma dichosa foto que Gillian tenía enterrada en su caja, en Los Ángeles.

Tommy se metió el móvil en el bolsillo y se detuvo a su lado. El sempiterno goloso le ofreció un chicle. Los dos mascaban como unos críos, mientras la imagen de Sebastian contemplaba atenta sus versiones más jóvenes.

—Tenía unos dientes enormes por aquel entonces —observó Tommy.

—Has mejorado con los años.

—Me los arreglé.

—Te han quedado estupendos.

Tommy la miró mientras ella seguía contemplando la imagen.

—Luego se hará una foto oficial —comentó—. Para los concursantes.

—Paso. —La prensa la bombardearía con preguntas sobre su pasado, su vida amorosa, dónde había estado los últimos dieciocho años... Preferiría soportar una endodoncia. Además, había otro tema—. No le he dicho a mi familia que estoy aquí.

—Mentirle a la familia... Eso sí que lo entiendo.

Sebastian ondeaba una bandera, observándolos imperturbable.

—Va a hablar —dijo Tommy—. En unos diez minutos.

Gillian tuvo una sospecha. Sebastian lo sabía. Sabía que ella estaba allí.

—¿No suele hacerlo?

—Casi nunca. Muy pocas veces habla en el parque. El acto fue organizado a última hora. Algo relacionado con el Reencuentro. Me acabo de enterar.

En la bandera, Sebastian parecía mayor. Tenía arrugas en la frente y alrededor de la boca, signos de la edad que no se habían molestado en retocar con Photoshop. Señales de sabiduría. O de debilidad.

No era más que un hombre.

Gillian miró a Tommy de reojo.

—¿Dónde está?