7 #2
Katie acompañó a Gillian pasillo abajo. La habitación de Vanesa hablaba por sí sola: una estantería abarrotada de libros de consulta y diccionarios, un trofeo del Campeonato Regional de Deletreo de Dallas de 2017 y, colgado en la pared, un artículo enmarcado del periódico The Morning News en el que se informaba de que Vanesa había quedado en cuarto puesto en el Campeonato Mundial de Rompecabezas, en la categoría de menores de quince años.
En cuanto entró en el cuarto, Gillian tuvo un escalofrío.
Y allí, en una esquina, bajo un póster de Sebastian con su gorra característica, estaba Vanesa, sentada en un puf, con la cabeza metida en un voluminoso libro sobre la llegada del hombre a la Luna.
Llevaba una camiseta gris y morada con el logo de Miscellany, y su melena negra le tapaba la cara.
Uno de sus ojos estaba enrojecido por la conjuntivitis.
Tenía los nudillos en carne viva de tanto mordérselos.
Cuando la miró, Gillian tuvo la sensación de estar delante de un espejo: fue como subirse a una máquina del tiempo y regresar a aquella casa de Lemon Avenue.
—Vanesa, esta es Gillian —dijo Katie con suavidad—. Conoce al señor Tommy.
Vanesa levantó la mirada, con los ojos llenos de esperanza.
—¿El señor Tommy está aquí?
—Sí. Pero quiere que hables con esta mujer.
Vanesa apretó la mandíbula como lo había hecho Eddie y, sin decir nada, volvió a sumergirse en su libro.
«Me cago en Tommy por traerme aquí», pensó Gillian.
Incluso de niña, sabía detectar la manipulación.
Recordó aquella vez, en quinto de primaria, cuando su madre, preocupada porque se pasaba la hora de la comida resolviendo acertijos, le pidió a una de las monitoras que la vigilara.
En cuanto aquella mujer empezó a merodear por la mesa con aires de entrometida, Gillian lo supo.
A pesar de todo, al ver a aquella niña reducida a la nada, Gillian sintió un vínculo. Un vacío en el pecho que la dejó sin aliento. Se agachó para quedar a su altura, un truco que había aprendido hacía mucho tiempo.
—¿Te gusta el espacio? —preguntó.
Vanesa se encogió de hombros. «Vaya estupidez de pregunta».
—Veo que también te gustan los juegos. Apostaría a que se te dan bien. —Silencio—. ¿Has jugado a los juegos de Miscellany?
Vanesa suspiró con desgana.
—Sí.
—Yo también lo hacía cuando tenía tu edad.
—Genial.
Katie las observaba con atención, probablemente a punto de echar a Gillian de su casa. Quizá esa presión fue el empujón que necesitaba. ¿Sería capaz de llegar a esa niña en el tiempo que se tardaba en abrir una puerta?
Vanesa levantó la mirada: tenía los ojos de un color cambiante, entre gris y verde.
—Yo ya te había visto. El señor Tommy me enseñó una foto. Aparecías tú con otros niños. Llevabas trenzas. Te veías rara.
—Me veía rara, sí. Fue mi madre la que me peinó así.
—Mamá dice que tengo que peinarme todos los días. Es un rollo.
—Las madres son así.
Gillian intentó recordar cómo se sentía cuando trataba con adultos que no la comprendían.
—Yo no soportaba perder —confesó.
Vanesa aún apretó más la mandíbula.
—Mi madre siempre me repetía que lo divertido era resolver los acertijos —continuó Gillian—. Pero ella no lo entiende. Yo quería ser la primera. Todavía quiero serlo.
Katie suspiró a sus espaldas. Gillian recordó que su madre hacía exactamente lo mismo. Tenía aquella visión del mundo de que no siempre puede tenerse todo, una visión que chocaba con el ardiente deseo de ganar de Gillian.
—Quedé segunda. —Las palabras de Vanesa la sacudieron—. Debería haber ganado yo. ¡Hicieron trampa!
Aquellas palabras le recordaron al Tommy de la niñez. A la Gillian joven e ingenua.
—¿Por qué crees eso?
—Porque yo era la mejor —respondió con la barbilla alzada y las aletas de la nariz agitadas—.
Quedé primera en Tetris y primera en la prueba de fútbol combinada con deletreo.
Ese otro niño ni siquiera sabía en qué portería meter los balones, pero yo lo conseguí a la primera.
Y luego, en el escape room , él simplemente...
sabía todas las respuestas y a mí ni siquiera me dieron la oportunidad.
Pasó a la Segunda Temporada. Básicamente va a ganarlo todo.
Y entonces se vino abajo. Hundió la cara entre las manos.
—El señor Tommy dijo que yo debería haber ganado. Y algunos de los otros niños también lo dijeron, incluso mi amigo Zane dice que yo debería haber ganado. —Elevó la voz—. Se lo dije a mamá y a papá, pero no me escuchan. No lo entienden porque son estúpidos. ¡Son estúpidos y nunca me escuchan!
Gillian se quedó helada. No debería estar en aquella casa, ni con esa niña. No era la persona adecuada para arreglar aquella situación.
—Siento mucho que perdieras —dijo en voz baja.
Vanesa casi saltó de rabia.
—¡Yo no perdí! —gritó—. Él hizo trampa.
Katie apoyó una mano sobre el hombro de Gillian y ejerció una presión poco amistosa.
—Será mejor que se vaya.
Vanesa bajó la cabeza y fijó la mirada en su libro, con los ojos empañados en lágrimas.
Gillian salió de la habitación lo más rápido que pudo. Se despidió de Vanesa con un murmullo y regresó con prisa a la cocina, donde Tommy se estaba zampando un sándwich de mantequilla de cacahuete con avidez. Tenía migas por todo el traje. Al verla, sonrió con un entusiasmo excesivo.
—¿Cómo ha ido todo?
—Vamos a Miscellany, Tommy —respondió Gillian con la voz áspera como el papel de lija—. Ya.
Tommy dejó de sonreír. Se sacudió las migas de la chaqueta, se puso en pie y le dio las gracias a Eddie por su tiempo.
Antes de irse, le aseguró que se pondría en contacto con ellos muy pronto.
Katie no salió de la habitación de Vanesa y Eddie se limitó a darle otro bocado a su sándwich, sin acompañarlos a la puerta.
Una vez en el coche, Jackie arrancó y se reincorporó a la autopista. Gillian hervía de rabia. Tommy se frotaba los brazos, como un anciano aterido.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó Gillian.
—Te lo dije. —Tommy no la miró—. Alguien está haciendo trampas. Vanesa y su familia recibieron una oferta: un infiltrado les prometió venderles las respuestas. Y ellos la rechazaron. —Sacudió la cabeza—. ¿Puedes creerlo?
—Todo esto ha sido una representación, ¿verdad? Me traes aquí, me enseñas a la niña que quedó segunda... Si ese era tu mejor truco, has perdido facultades.
—Gillian, no todo gira a tu alrededor.
—Vete a la mierda. ¿No crees que eres parte del problema? Esa niña te idolatra. ¿Qué le estás metiendo en la cabeza?
—Me preocupo por Vanesa. Ella quería llegar a la Copa del Mundo. Quería ir a la Luna. Son sueños que Miscellany se supone que debe alimentar. No hay que arrebatárselos.
Gillian recordó a la niña con su libro sobre el espacio, recordó su mirada mientras reproducía las pruebas en su mente. «Porque yo era la mejor».
—Y, sin embargo, estáis demandando a la familia.
—Los demanda Miscellany, la empresa. El departamento legal, los abogados... —Bufó—. Siempre los abogados. Se hicieron un lío con todo esto. Yo podría haber hecho que desapareciera.
—Pero ¿los Navarro tienen pruebas? ¿Un correo? ¿Un nombre? ¿Una cara?
—Ellos lo saben, Gillian. No necesitan pruebas. —Parecía molesto, como si a ella le estuviera costando entenderlo—. Has hablado con Vanesa. Puedes comprenderlo. Entre lo que tú descubras y esa niña, Sebastian tendrá que verlo. Todo va a cambiar.
De niños, Tommy podía convencer a Gillian de cualquier cosa.
La engatusaba, la desafiaba, la sobornaba con sus M&M’s y su sonrisa.
Ella había bajado una cuesta en monopatín con los ojos vendados solo porque Tommy la había convencido de que sería divertido.
Se había tirado por la ventana del primer piso del Bazar porque Tommy aseguraba que era un método más rápido que usar las escaleras.
Ese chico era una fuerza de la naturaleza, y puede que incluso tuviera razón.
Pero al pensar en los Navarro, al ver el cráter humeante que Miscellany había dejado en esa familia, Gillian se dio cuenta de algo: Tommy nunca consideraba los costes.