El certamen 7
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El Mercedes negro esperaba en la pista como un dóberman adiestrado.

La conductora era de origen latino y llevaba traje negro, blusa blanca y unos zapatos cómodos.

Una cicatriz le cruzaba la mejilla derecha.

Parecía algo mayor que Gillian y llevaba el pelo muy corto.

Se movió con una agilidad atlética cuando le abrió la puerta a su jefe, y Gillian, que había asistido a varias escuelas de judo, aunque fueran de poca monta, enseguida reconoció en ella a una luchadora.

Como ocurría en tantos cómics, la chófer de Tommy era mucho más que una simple conductora.

Le lanzó una mirada a Gillian y la pilló observando su cicatriz.

—Señor Kundojjala —dijo, desviando de inmediato la atención hacia Tommy—. Espero que el viaje haya sido satisfactorio.

—Un éxito rotundo, Jackie —respondió él con una sonrisa—. Un éxito rotundo.

Jackie miró fijamente a Gillian: tenía los ojos negros y afilados como cuchillos.

Transmitía ese tipo de hospitalidad tejana cargada de «Sí, cariño» y «Gracias» que camuflan la verdadera actitud que hay detrás: la de «¡Vete a la mierda!

». A pesar de su falsa amabilidad felina, Jackie metió en el maletero la maleta maltrecha de Gillian, decorada con helechos en tonos azul y rosa pastel.

A Gillian no le gustaba perder de vista sus escasas pertenencias, así que se quedó por allí cerca.

No estaba del todo segura de lo que acababa de ver: una bolsa de papel para sándwiches saliendo del equipaje de Tommy para meterse en el bolsillo de Jackie.

La conductora miró por encima del hombro y Gillian se giró para evitar que sus miradas se cruzaran.

Condujeron hacia el norte. El paisaje había cambiado desde la última vez que Gillian había estado allí, muchos años atrás.

Contemplaba aquel horizonte asfaltado, maravillada ante la cantidad de hormigón.

Toneladas de fuerza de voluntad, dinero y ambición, todo invertido en crear algo de la nada.

El sueño alimentado por extensiones infinitas de terreno y un bajo coste de vida, un auténtico paraíso para los emprendedores.

Recordó el primer viaje que había hecho a las afueras, en el año 2000.

En aquel entonces la zona apenas estaba desarrollada: cualquier lugar al norte de Plano era un páramo desolado.

El trayecto desde el noroeste de Dallas le había parecido eterno.

Viajaba al lado de June, las dos encajadas en el asiento trasero del viejo Honda Integra de tres puertas, zigzagueando por carreteras secundarias para evitar los peajes.

En aquella época su madre aún podía conducir; el lupus que acabaría confinándola a una silla de ruedas apenas había empezado a manifestarse en forma de súbitas descargas en los dedos de los pies.

Gillian solo recordaba una parada: un desvío hacia una de las populares heladerías Dairy Queen.

June insistía en que el sabor Oreo Blizzard era «el mejor de todos», cuando todo el mundo sabía que la copa Peanut Butter le daba mil vueltas.

La discusión continuó hasta que entraron en el local y repararon en el silencio que se impuso.

En aquella época su madre era un bellezón.

Tenía menos arrugas, una sonrisa radiante, una voz potente.

Su belleza y su desbordante personalidad podían paralizar una sala.

A juzgar por aquel mar de caras blancas, sin embargo, los clientes la miraban por otros motivos.

June y Gillian tenían un tono de piel tostado y el de su madre era bastante más oscuro.

Los clientes del Dairy Queen seguían un patrón de comportamiento muy claro; miraban con descaro, y luego apartaban la vista de inmediato.

No mirar era su nueva forma de mirar. Se llevaron sus helados al coche, pero Gillian salió de allí furiosa.

Aquella gente la había hecho sentirse insegura y dudar de quién era.

En casa, la situación tampoco es que fuese mucho mejor.

Sus vecinos entornaban los ojos cuando ellas afirmaban ser negras.

«Mestiza» era uno de los insultos más amables que recibía.

De niña, el tema racial no le había resultado especialmente gratificante.

Le parecía más fácil concentrarse en los rompecabezas: en ellos, la anulación y el resentimiento no eran las únicas salidas posibles.

Al ver los carteles publicitarios de los políticos exhibidos en la mediana de la autopista, Gillian reconsideró su primer pensamiento. Después de todo, las cosas no habían cambiado tanto en los últimos veinte años.

Tommy también miraba por la ventanilla, tamborileando sobre la pierna, sin apartar la mirada de las señales de la carretera. Se bebió de un trago un refresco energético que Jackie había sacado de una neverita instalada en el asiento delantero.

—Toma la siguiente salida. Necesito enseñarle algo a Gillian.

Al oír el comentario, Jackie levantó la vista hacia el retrovisor.

—Hay un evento... —empezó a decir.

—Soy muy consciente del calendario. Toma la salida, por favor.

Jackie le dedicó otra mirada, pero asintió.

Abandonaron la autopista y se perdieron por calles secundarias hasta llegar a un pequeño barrio residencial.

Casas unifamiliares con jardines delanteros diminutos, casi pegadas unas a otras, pero limpias de grafitis y sin rejas en las ventanas.

Aparcaron en el fondo de una calle sin salida.

La casa tenía un garaje donde cabía un solo coche y un felpudo raído, en el que aún podía leerse el mensaje de bienvenida.

Tommy insistió en que Gillian lo siguiera hasta el interior de la casa.

—Quiero que veas a qué me refiero —dijo—. Quiero que conozcas a los Navarro.

Los Navarro eran un matrimonio. El hombre tenía algo de sobrepeso y llevaba gafas y una barba irregular. Ella era más alta, de complexión sólida, como una levantadora de pesas; tenía un rostro triste y un tatuaje de dos gorriones idénticos asomaba por el cuello de su camiseta.

La señora Navarro habló incluso antes de que Tommy llegara al porche.

—Por favor. —Parecía agotada—. ¿Qué pasa ahora?

—Esta es Gillian —dijo Tommy, como si eso lo explicara todo—. Puede ayudarnos.

La mujer se volvió hacia su marido, pero él ya se había retirado al interior.

La casa estaba en silencio. No había ningún televisor encendido, solo una radio que emitía música clásica.

Tommy le presentó a la pareja: Eddie y Katie.

Los dos estaban de pie en la cocina, visiblemente incómodos.

Gillian se fijó en un par de sándwiches a medio comer.

Sobre la encimera había una bolsa de pan blanco y un tarro descomunal de mantequilla de cacahuete: tenían para el resto de sus días.

Encima de la mesa se veía un juguete antiestrés y, en la pared, un crucifijo.

En la nevera, destacaba un imán con la imagen de mamá, papá y una niña de diez años.

—Perdón por venir sin avisar —dijo Tommy. Como no se sentó, Gillian tampoco lo hizo. Se sentía completamente fuera de lugar—. Pero estábamos por la zona.

Eddie volvió a acomodarse frente a la mesa. Tenía un sándwich en la mano, pero no comía. Katie estaba plantada entre los dos visitantes y el corazón de su hogar. Sus ojos decían que ya había pasado por eso.

—¿Podríamos hablar con Vanesa? —preguntó Tommy.

Katie volvió a mirar a Eddie. Él no contestó; se limitó a estrujar el pan con los dedos.

—Mi amiga Gillian estuvo en el Certamen —explicó Tommy—. El original. Espero que nos ayude. Tal vez si habla con Vanesa...

—¿Es policía? —preguntó Eddie.

Gillian soltó una carcajada que resonó en toda la casa.

—¡Qué va, por supuesto que no!

La respuesta incomodó a Eddie. Los ojos de Gillian se desviaron hacia el crucifijo.

—Si habláis con ella... —empezó a decir Katie, pero pareció quedarse sin aire—. Esta será la última vez. Después de esto, no volváis.

La madre de Gillian nunca había sido estricta.

Era una mujer permisiva que había dejado que el destino marcara buena parte de la crianza de su hija, para bien o para mal.

Gillian, sin embargo, había sido testigo del comportamiento de otros padres en el complejo de apartamentos en el que vivía.

Bria, por ejemplo, tenía una hija rebelde que se había teñido el pelo y se había puesto piercings en las orejas sin su consentimiento.

Las discusiones se escuchaban a través de las paredes de papel: «Te odio».

El rostro demacrado de Bria dejaba muy clara la situación.

Tommy, ajeno al trauma familiar, sonrió.

—Por supuesto —dijo—. No queremos molestar.

Eddie dejó su bocadillo.

—Lo que pasó con mi hija no estuvo bien. Dijiste que podrías arreglarlo.

Tommy asintió con una expresión grave y sincera.

—Lo haremos. Vamos a arreglarlo todo.

—¿Cuándo? Los abogados cuestan dinero. Nos habéis demandado.

—Yo... —La acusación dejó a Tommy sin palabras—. Vamos a arreglarlo.

Gillian no decía nada, pero estaba que echaba humo.

Ya se había imaginado que en Dallas tendría que hacer algunas preguntas, y quizá revisar vídeos de las pruebas clasificatorias.

No figuraba en sus planes involucrarse emocionalmente.

Pero Tommy la había llevado hasta allí, y ahora estaban dentro de aquella casa y todos la miraban.

—Vamos —la instó Tommy—. Ya verás.