6
Entre la chaqueta de tweed azul marino, el maletín de piel y el aplomo con que se subió al jet, Tommy era la viva imagen del éxito que Estados Unidos animaba a sus hijos a perseguir.
El piloto lo saludó al entrar, pero él estaba al teléfono y se limitó a asentir con educación.
A pesar de que se moría de curiosidad, Gillian se controló lo suficiente para no quedarse boquiabierta y para construirse una apariencia de hastío e indiferencia como diciendo: «Ya vuelvo a estar aquí, en mi jet privado».
Hacía años que no volaba, desde que había dejado Dallas para instalarse en Los Ángeles, y había sido un viaje largo y pesado, típico de la clase turista.
El interior del jet era todo de cuero, metal y madera. Gillian tenía la sensación de viajar en un coche deportivo europeo. Tres tripulantes atendían el avión, y había asientos enormes para dieciséis pasajeros. Ella y Tommy eran los únicos a bordo.
Se esperaba que en Dallas hiciese más fresco de lo habitual: los treinta grados típicos de un día de septiembre se quedarían en quince.
Gillian se había puesto sus botas color burdeos, unos vaqueros blancos ajustados, una americana roja de solapas anchas y una corbata rosa que resaltaba sobre su camisa blanca almidonada.
Era un atuendo pensado para infundirle confianza.
Estaba a punto de meterse en la boca del lobo y la iba a necesitar.
El jet avanzó por la pista y se elevó hacia el cielo gris de Los Ángeles.
Tommy abrió un portátil sin interrumpir la llamada.
Gillian oía retazos de la conversación. Él esquivaba las preguntas de quien debía de ser su mujer.
¿Dónde estaba? ¿A quién traía de vuelta y por qué?
Tommy respondía con la fría sinceridad de los matrimonios veteranos.
Evelina debía saber que aquel viaje era inevitable...
¿Qué creía que iba a pasar? Ninguno de los dos levantaba la voz, pero imperaban las preguntas envenenadas y el tono cortante de los matrimonios en crisis.
Cerró la conversación con un rutinario «Yo también te quiero» y luego miró a Gillian, como si tuviera que darle explicaciones.
—Era Evelina, mi mujer —dijo, intentando sonreír—. Trabaja en Miscellany. Directora de Comunicación del parque. Así nos conocimos.
—Suena complicado. ¿Cómo mantenéis separados el trabajo y la vida personal?
El portátil de Tommy sonó: otra llamada. Se encajó un auricular en el oído, mientras el ordenador seguía reclamándolo, implacable.
—Ocurre todo lo contrario. No hay separación. Se supone que eso significa que no hay secretos.
—¿Se supone?
Pero ya estaba metido de lleno en la otra llamada, la primera de las muchas que recibió durante la hora siguiente. Revisar balances. Aprobar rompecabezas. Atender peticiones de políticos, famosos y periodistas.
—Siempre quieren hacer un rompecabezas —le decía a un empleado—.
Los problemas son los mismos de siempre.
—Pausa—. No me importa cuántos lados tenga: no podemos gestionar las piezas, y un rompecabezas incompleto es una pérdida de tiempo.
—Pausa—. No hace falta que digas que lo has rechazado tú. Diles que he sido yo.
Otra llamada, esta vez de voz. Tommy se levantó y se apoyó en el respaldo de su asiento, como si necesitara sostén.
—Por supuesto. Sí, claro que su hijo es especial.
Y seguro que podemos meterlo en un Bazar local, o en cualquier otro que usted prefiera.
—Pausa—. Como le he dicho, el Bazar de Miscellany ya no está abierto.
—Otra pausa—. Tratándose de usted, por supuesto, lo consultaré con Sebastian.
—Tommy bajó la cabeza y la fue moviendo, haciéndola rotar durante unos diez segundos—.
Tal como sospechaba, Sebastian dice que es imposible de gestionar. Lo lamento.
Otra llamada más. Tommy volvió a sentarse, encorvado sobre el portátil. Como no era una videollamada, podía hacer varias cosas a la vez sin que su interlocutor lo notara.
—¿Eso es en Changzhou? —Pausa—. Chongqing, vale. ¿Y necesitan la carta de clasificación? —Pausa—. ¿Ya la tienen? —Tecleaba con rapidez mientras respondía—. No, tiene usted toda mi atención.
Gillian lo observaba. Se imaginó que ese jet era suyo, que era ella quien atendía las llamadas, quien resolvía problemas y creaba acertijos. Imaginó que era la mejor empleada de Sebastian, la más brillante.
Empezó a arrancarse las cutículas con saña. Todo aquello lo hacía por dinero, no por conseguir la aprobación de Sebastian.
Cuando terminó, Tommy parecía agotado. Se frotó los ojos y movió la mandíbula. Sus movimientos eran pesados, como si lo hubieran hundido en cemento. La sorprendió mirándolo.
—Jet lag —aclaró—. Llevo más horas trabajando que durmiendo.
—¿Y eso es lo que quieres que salve?
Él sonrió.
—Vale la pena. Confía en mí.
Tal vez pudiera confiar en Tommy. Pero Sebastian era otro cantar.
—¿Por qué yo? —le preguntó.
—¿Cómo?
—Si piensas que esos chicos hacen trampas, que alguien de dentro les pasa la información, debes de tener a un centenar de lameculos dispuestos a levantar piedras y torcer brazos. ¿Por qué me necesitas a mí?
—Porque te conozco.
—Qué va. Nadie me conoce.
La sonrisa que apenas se adivinaba en su rostro se desvaneció.
—Te marchaste de Dallas después del Certamen —dijo—.
Y, desde entonces, ¿qué? Asistente personal, consejera en una línea de prevención del suicidio, conductora de Uber...
Lo que sea para pagar el alquiler, me imagino.
Dieciocho años, y ni un solo concurso, ni siquiera de segunda.
Ni ajedrez, ni Bazares, ni rompecabezas.
Ni un triste crucigrama. Pasaste de ser la joven promesa a chica de los recados.
—Se fijó en la tensión de su rostro—. No te ofendas.
—Vete a la mierda.
—Lo que quiero decir es que no estás perdiendo, ni siquiera estás jugando.
La nuca de Gillian ardía como Chernóbil. Había olvidado lo que era estar bajo el microscopio.
Tommy prosiguió, con más suavidad:
—No estás conectada con el mundo de los acertijos, ni con Miscellany. Cortaste por lo sano, algo que el resto de nosotros nunca consiguió.
Una azafata avanzó por el pasillo cargada con una bandeja de comida y bebidas. Gillian cogió un cruasán. Tommy, dos refrescos light. Se bebió uno mientras Gillian comía.
—¿Ves a los demás? —preguntó ella.
—De vez en cuando. Los dos siguen en Miscellany. Leah llegará hoy.
Gillian se frotó la garganta. «Esto no hace más que empeorar».
—Con tanta gente implicada... Lo planteas como si fueran un montón. ¿Tienes sospechosos?
—El acceso a los rompecabezas de la Segunda Temporada es limitado. —Tommy le dio un trago al refresco—. Solo lo tienen unos pocos miembros del equipo ejecutivo, los creadores de acertijos, Sebastian, por supuesto, yo mismo y el jefe de Seguridad.
—¿Qué pasa con el jefe de Seguridad? Según mi experiencia, el que controla las cámaras es siempre el primero en meter la mano en la caja —dijo apuntándolo con el cruasán mordisqueado—. ¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Sabes lo que quiero decir?
Tommy dio un largo trago.
—El jefe de seguridad es Ells.
Se le hizo un nudo en la garganta, pero pudo controlar la emoción.
—Es como yo, Gil —dijo Tommy, inclinándose hacia el pasillo para tratar de convencerla—. Ama lo que somos. Soy consciente de lo que pasó, y no lo defiendo, pero no puedo imaginármelo pasando respuestas a los chicos.
Ellsberg había apuñalado a Gillian por la espalda sin que le temblara ni un solo músculo, y apenas tenía trece años. ¿Qué contorsiones éticas no sería capaz de hacer de adulto? Pero estaba claro que Tommy no cambiaría de idea sin pruebas.
—¿Y Sebastian?
—¿Qué quieres decir?
—Es perfectamente capaz de hacer teatro. Presionar un poco a los niños está bien, pero si no consigue fabricar a un nuevo Banksy o a un Buffett, si en lugar de crear geniecillos los chavales fracasan a la hora de resolver los acertijos... eso lo dejará en mal lugar.
Tommy aplastó la primera lata y abrió la segunda. Gillian se preguntó cuántas debía de beberse al día.
—Sebastian jamás haría daño a los niños —aseguró—. Si descubre que el juego ha sido manipulado, si se le presentan pruebas, lo detendrá de inmediato. —«Sebastian jamás haría daño a los niños». Gillian consiguió detener la oleada de respuestas corrosivas que pugnaban por salir.
—¿Está al corriente de que voy?
—No se lo he dicho.
Ambos sabían que esa respuesta no significaba nada.
Gillian sopesó la situación que tenía por delante. Iba a enfrentarse a un director de operaciones exhausto, a la persona que la había traicionado y que estaba al mando de la seguridad, y al jefe supremo, un hombre que disfrutaba manipulando a la gente.
Tommy unió las manos, como si quisiera disipar las dudas que ella albergaba.
—Tú puedes hacer que Sebastian escuche —aseguró—.
No es como piensas. No le resulta fácil, ahora que somos tan grandes.
Está aislado y diría que solo. Es un momento delicado.
Estamos creciendo, hay mucho dinero en juego y no sabe en quién confiar.
Si le dejas clara la situación, Sebastian tendrá que investigar, y así podremos arreglarlo.
Volver a poner a los niños en primer lugar.
Solo necesito que aportes tu granito de arena para arrancar el proceso.
Haz lo que tan bien se te da: formular preguntas, conseguir que la gente hable.
Tu capacidad para relacionarte abrirá puertas y tu boca hará el resto.
—La miró a los ojos y se llevó la mano al corazón, escondido bajo su chaleco de lana—.
Siempre fuiste una persona de trato fácil.
Gillian casi pudo oír la carcajada de su hermana.
Dicho esto, Tommy se levantó y se dirigió a la parte trasera del avión. Gillian oyó cómo cerraba la puerta del baño con pestillo.
¿Confiar en él? Apenas sabía nada del hombre en que se había convertido y, para ser sincera, quizá tampoco del niño que había sido.
Habían compartido unas semanas intensas de las que habían salido siendo amigos, casi familia.
Tommy siempre le había caído bien, y cuando se presentó en su casa lo había mirado directamente a los ojos con ganas de creerle.
Pero en esos ojos —en el de verdad— también había visto angustia.
Tommy quería conseguir cosas: riqueza, éxito, un control del que carecía.
Y Gillian conocía a ese tipo de personas.
Las que te aseguran algo y al minuto siguiente se dan la vuelta para hacer justo lo contrario, y siempre encuentran el modo de justificar el cambio.
Echó un vistazo al portátil de Tommy. ¿Confiar en él? No.
¿Confiar... y comprobar?
Se sentó en el asiento de Tommy. Había dejado el portátil desbloqueado, porque él, por supuesto, sí confiaba en ella.
Escrutó con la mirada los asuntos de los correos.
Cada vez que aparecían las palabras «Segunda Temporada» o «concurso», leía el contenido.
Encontró asuntos logísticos, correos sobre presupuestos.
El asunto «RE: Acciones» le llamó la atención.
Oyó el ruido de la cadena del váter. Luego el grifo abierto.
Gillian leyó a toda prisa. Negociaciones en curso.
Shale y Kone. Headman Ventures. A punto de salir a Bolsa.
Información sensible. Vio un precio de salida y una valoración pública prevista que la dejaron pasmada.
Bancos de inversión. Salida a Bolsa. Tommy no bromeaba cuando decía que había dinero sobre la mesa. Dinero a lo grande.
La puerta del baño se abrió. Cuando Tommy ya regresaba, Gillian saltó de nuevo a su asiento y se acomodó en él, mientras oía agitarse un frasco de pastillas en el bolsillo del pantalón de su antiguo amigo. Tommy se detuvo junto a su asiento.
—¿Ya tienes lo que querías?
Ella lo miró.
—No sé a qué te refieres.
—¿Tus preguntas? ¿Las he respondido todas?
Había tardado demasiado en regresar. Su pupila izquierda estaba dilatada, como si respirara por el ojo.
El instinto de Gillian ya le había advertido: «Te lo dije», pero ella lo había dejado en Los Ángeles.
De pronto todo encajaba; no era solo agotamiento.
Tommy tenía un problema de adicción, lo único que le faltaba descubrir era a qué droga.
—¿Cuántos baños hay en este avión? —preguntó ella.
Tommy frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—Has tardado una eternidad. Creía que tendría que buscar otro váter volador.
—¿Quieres preguntarme algo en concreto, Gil? —le dijo. Su aire afable se había evaporado.
Cuando el padre de Gillian estaba al borde de una recaída, tenía aquella misma mirada.
En los últimos días de su período de sobriedad, era presa de una visión terrible, como si viera venir a su yo borracho, como si estuviera atado a las vías y sintiera acercarse el tren.
Aquellos momentos de lucidez solían ablandar el corazón de Gillian, la empujaban a perdonarlo.
Perdonarlo antes de que recayera. Después empezaría a beber, a derribar muebles, a lamentarse por un éxito que se le escapaba.
Y luego, desaparecería. La familia rezaba de nuevo para que volviera con vida, recorrían los hospitales para buscarlo.
Una vez, Gillian incluso lo dio por muerto.
Pero, poco a poco, después de que regresara, avergonzado y sin trabajo, prometiendo que lo dejaría, que nunca cogería otra botella, Gillian empezó a sentir algo diferente.
Decepción. Decepción de que hubiera vuelto.
Decepción de tener que soportar su cobardía de nuevo.
Tommy la miraba, expectante. Ella le regaló su mejor sonrisa.
—Estoy segura de que ya sé todo lo que necesito —dijo.