El certamen 5 #2
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5 #2

—No lo sé —respondió. Gillian podía imaginárselo. Tan joven, tan frágil y, al mismo tiempo, tan seguro de sí mismo.

—¿No lo sabes? —replicó Sebastian algo molesto—. ¿Cómo que no lo sabes?

—Bueno... —vaciló—. He pensado que me gustaría salir en obras de teatro.

Ellsberg había escrito una obra; se lo había confesado a Gillian justo antes de la entrevista.

La historia hablaba de un niño con acento alemán que había recogido algunas ramas para fabricarse a un amigo, un amigo que cobraba vida y se parecía a su creador.

Aquello suscitaba toda clase de problemas: identidades confundidas y enfrentamientos que podían haberse evitado.

A Gillian le había parecido una idea extraña, pero incluso de niña le había impresionado la magnitud del asunto.

Que Ellsberg escribiera toda una obra, que inventara una vida de la nada, le había impactado sobremanera.

Sebastian se rio. Una risa divertida, pero distante.

—¿Actor? Ya veo. ¿Y en qué obra actuarías? ¿Cuántos años piensas malgastar en eso?

Ellsberg entendió que había metido la pata.

—Bueno... O espía.

—Ah, ¿sí? —preguntó con interés genuino. La frialdad de Sebastian se había convertido en entusiasmo—. ¿Y qué harías?

—Podría descifrar códigos —respondió con más confianza—. O crearlos.

—Eso podrías hacerlo —concedió Sebastian—. Me imagino que podrías ser muy útil para el gobierno. Serías responsable de la seguridad nacional.

—Como un superhéroe —asintió el joven Ellsberg.

—No digas tonterías —corrigió Sebastian, tomando el control—. En realidad serías valioso en el plano práctico. —Soltó un murmullo mientras se inclinaba—. Tendrías a tu cargo miles, quizá millones de vidas.

Silencio. Al escuchar esa pausa, era fácil imaginar que aquellas palabras iban calando en el joven Ellsberg, que poco a poco se hacía cargo del enorme peso de tener tantas vidas en sus manos.

—Creo que lo sabes, Martin —prosiguió Sebastian—. ¿Qué vas a ser?

—Quiero ser espía —aseguró el chico, como si esa fuera la única respuesta posible—. Y seré el mejor espía que haya existido jamás.

Aquel día quien estuviera presenciando la entrevista se divirtió.

Aquel muchacho avispado que siempre había sabido cuál era su destino estaba interactuando con Sebastian.

Gillian pensó que Ellsberg lo deseaba de veras al ver cómo se aferraba a la idea.

Al cabo de apenas unos días, ese muchacho había jugado con la vida de ella como si le perteneciera.

Podía trazar una línea larga y cruel desde entonces hasta el presente.

Rebobinó y volvió a escuchar la pregunta y aquel silencio rotundo.

La grabación dejaba mucho que desear, pero le pareció adivinar un suspiro.

Con la perspectiva de los años, después de tantas horas oyendo maquillar verdades incómodas a buscavidas y estafadores, comprendía que aquella línea no era tan recta como había creído.

Aquella pausa de Ellsberg quizá no había sido una epifanía, sino el instante en que había abandonado sus sueños.

Ellsberg el actor se había metido en una caja polvorienta y ya no volvería a ver nunca la luz.

«¿Quién vas a ser?».

Sebastian no solo le había robado a Gillian el Certamen. También se había apoderado de Ellsberg, y lo había reemplazado por una criatura que se le parecía.

Gillian sacudió la cabeza. En su día, ya interrumpió su trayectoria para ayudar a un chico del concurso, y había visto cuál era el resultado.

Como Charlie Brown con el balón. Sería una idiota si se dejaba engañar de nuevo.

Además, tenía lo del acuerdo con Uber, de donde sacaba una pasta, y también los trapicheos.

Y estaban Bria, Chantal y todos los demás, la vida que se había construido aquí.

Gillian volvió a meter el reproductor de CD en la caja, junto con la célebre foto.

Extendió la mano para cerrar la tapa, pero se detuvo.

Vio otra fotografía en el fondo. Gillian, después de superar la última prueba clasificatoria.

Detrás de ella, estaba su madre, erguida, sin andador ni silla de ruedas, con su hija delante, mirando a la cámara con orgullo.

El amor era tan palpable que a Gillian se le doblaron las rodillas.

Su madre siempre la había animado a perseguir sus sueños. No era culpa suya que aquellos sueños se hubieran roto. Le debía demasiado, y cincuenta mil dólares eran un buen comienzo.

Los niños de la foto la observaban. Qué jóvenes eran.

Vio a la mensajera en bicicleta e imaginó una versión de sí misma a los cuarenta, pedaleando por calles heladas, repartiendo papeles condenados a acabar en la trituradora.

Con la espalda dolorida y las rodillas destrozadas.

Con sus esperanzas y sus sueños reducidos a polvo.

Una risa corta y hueca. ¿Volver solo por su madre? June lo sabía, la había calado bien. «Engáñate a ti misma, pero a mí no me la cuelas».

Gillian cerró la caja, luego fue a la cocina y recuperó la tarjeta de visita de Tommy. Marcó el número y esperó. Cuando él contestó, habló antes de que pudiera decir nada.

—¿Cuándo nos vamos?