El certamen 5
14%

5

Después de echar a Tommy, Gillian ya no tenía ganas de pasear a borrachos —y a los que pronto lo estarían—.

Ya no le apetecía tomar más alcohol, pero sí necesitaba algo que la ayudara a relajarse.

Desde que había dejado su empleo en el club de cannabis y se había quedado sin descuentos, apenas se permitía galletas o dulces con marihuana.

Así que se descalzó, se quitó los calcetines y cogió la bolsa de M una metáfora perfecta en la que se recreó unos instantes.

Le encantaban las plantas, sobre todo las difíciles de querer.

¡A la mierda con Tommy y su intento de utilizarla!

Menudo descaro, aparecer allí con su numerito sobre los niños, sobre la misión de Miscellany, como si lo de aquel circo de los rompecabezas hubiera sucedido la semana anterior.

¡Que habían pasado veinte años ya! Y encima sacar a relucir el dinero, la cantidad exacta que necesitaba para los tratamientos de su madre. Joder, eso sí que la había cabreado.

Entró descalza en el dormitorio y abrió una ventana para ventilarlo: el aire de Los Ángeles era húmedo pero respirable.

Había empezado a bajar la temperatura. La sinfonía iracunda de bocinazos y frenazos que entonaba la ciudad encajaba con su estado de ánimo, aunque no le gustase sentirse así.

Combatió aquel alboroto con la música enlatada de su móvil: una versión suave de «My Girl», de The Temptations.

Siguió comiendo M en la puerta, June hacía botar un balón azul de la marca Champion, un tipo de juego despreocupado que Gillian ya no lograba asociar con su hermana.

Y, por fin, la foto.

Los encargados habían insistido en retratarlos, ansiosos por capturar a aquellos prodigios antes de que el concurso los devorara.

En el fondo, algo borroso, se veía el Bazar original: una pesadilla victoriana de cuatro plantas.

Delante, cuatro críos de entre diez y quince años.

De alturas y complexiones diversas, géneros y etnias distintas, pero la misma expresión de excitación y cautela en el rostro.

Y, apartado a un lado, con esa mirada de roedor a medio camino entre la burla y el desdén, Sebastian, con su chaleco naranja bien abotonado, sus anchos pantalones morados, y la gorra de repartidor que se quitaba en señal de respeto, como si acabara de salir de los años treinta.

Gillian contempló su propia imagen. Las trenzas recogidas hacia atrás, dejando al descubierto su frente abultada.

Una sonrisa contenida. Cejas pobladas y orejas de elefante, o al menos eso le habían parecido siempre.

La joven Gillian miraba a la cámara como si supiera que iba a ganar.

Porque lo sabía. Hasta el momento en que perdió.

Tommy estaba detrás de ella, a la izquierda.

Tenía el mentón levantado, como para parecer más alto.

Una raya impecable dividía sus cabellos engominados.

Orejas grandes y cejas generosas, como Gillian, aunque, por lo demás, jugaba en otra liga.

Tenía una sonrisa generosa que dejaba al descubierto sus dientes torcidos y rebosaba tanta alegría que parecía salirse de la foto.

Tenía pinta de querer conquistar el mundo. Y lo conquistó.

Pensó en el hombre que acababa de estar en su apartamento.

En la cerveza que se había tomado y en sus dedos, bailando por el cuello de la botella.

El sudor, los nervios, sus idas y venidas por el salón.

No había hecho nada malo, salvo ganar el Certamen.

Había llegado a lo más alto de la escalera y ahora estaba cayendo.

Era fácil verlo desde fuera y eso convertía a Gillian en la persona idónea para ayudarlo.

Al contemplar aquella foto, se arrepintió de haberlo echado de su casa. La dejó a un lado. Debajo de la fotografía había otro artefacto. Su viejo discman, todavía con un CD dentro. Sabía lo que contenía. A parte de la invitación en papel, era lo único que había conservado del Certamen.

Conectó el reproductor, y el CD empezó a girar.

Se colocó los auriculares de espuma raída y escuchó a Sebastian entrevistándolos uno por uno, preguntándoles qué querían ser de mayores.

Escuchó sus preguntas y las respuestas de los niños, sentada en el suelo.

Leah: «No es asunto tuyo», una reacción que a Gillian seguía arrancándole una sonrisa.

Tommy, el pelota, le dijo a Sebastian que quería ser como él. Y después llegó Ellsberg.