4
Tommy merodeaba inquieto por aquel apartamento diminuto.
Recorría con la mirada las paredes desnudas y las encimeras, como si buscara los cachivaches que cualquiera habría ido acumulando con el paso de los años.
A Gillian no le gustaba especialmente rodearse de recuerdos y rara vez tenía visitas, al menos con la luz encendida.
Aunque Tommy no era más alto que ella, de repente se sintió encogida en su propio espacio.
Tommy se tomó un momento para asimilarlo todo.
—Es bonito.
Lo dijo con el entusiasmo del que recibe un calendario de regalo. Solo la gente con dinero dedicaba cumplidos a su apartamento.
—¿Quieres algo? —le preguntó dejando la caja en el suelo—. Tengo agua, zumo o cerveza.
—Una cerveza me vendría de maravilla.
Gillian sacó dos Stellas de la nevera, el par que no se habían bebido la noche anterior con Kendra: le gustaba el sabor amargo del lúpulo, y tomar algo más sofisticado que una Coors.
Destapó las botellas frías y le entregó una a su invitado, que estaba plantado en el espacio muerto que había entre la cocina y el salón.
Tommy cogió la cerveza y fue a sentarse en el sofá, con las piernas cruzadas, dejando asomar unos calcetines morados.
Bebió un trago largo, cerró los ojos y suspiró.
Gillian lo observaba como si hubiera dejado entrar una pantera en su apartamento.
—Estás muy lejos de Dallas —dijo ella al fin.
La observación le arrancó una risa.
—Ya veo que no has cambiado.
—Vale, lo intentaré de nuevo. Te veo bien, parece que el negocio te va de maravilla. ¿Qué tal la vida? ¿Estás casado, con hijos? —Gillian le dio un sorbo a la cerveza—. ¿Es eso lo que querías oír?
—Miscellany. A Sebastian no le gusta llamarlo negocio.
—Me trae sin cuidado lo que le guste a Sebastian.
En los ojos de Tommy apareció una tensión que se apresuró a disimular. Dio otro trago largo, vaciando media botella.
—¿Alguna vez te arrepientes de haber entrado en el Certamen? —preguntó.
Gillian apretó el cuello de la botella.
—Nunca pienso en eso.
—Es una pena. Siempre creí que tendrías que haber ganado tú.
—No vayas por ahí; no voy a ponerme nostálgica.
Él asintió. «De acuerdo». Apuró la cerveza de un trago y dejó la botella en el suelo.
—¿Sabes lo que hemos conseguido desde entonces?
—¿Tomas Kundojjala, miembro de Miscellany desde los once años, empleado desde 2006? ¿MBA con distinción meritoria en Stanford? ¿Director de Marketing, presidente de Productos de Consumo, ahora director de Operaciones? Sí, sé que te ha ido bien.
—No hablo de mí, hablo de Miscellany.
Tommy la miraba como si cada emoción de Gillian le lacerara la piel. Ella disimuló la amargura con otro sorbo de cerveza.
—Sé que estáis en la lista Fortune 500. Que habéis abierto Bazares por todo el país. Que se habla de que os expandiréis internacionalmente. Lo del saneamiento en Uganda, por ejemplo.
—No tienen sistema de alcantarillado: hay infecciones, malaria y un montón de enfermedades tratables, incluso evitables. Les ayudamos a diseñar prácticas higiénicas y a crear las instalaciones adecuadas.
—Pero queréis construir allí. Y montar más parques de juegos.
—Cada Bazar puede ofrecer una experiencia local distinta, pero también habría rompecabezas, sí.
—Como un virus, con su carga oculta —dijo Gillian, dejando la cerveza en la encimera. Ya no quería beber más, ni tampoco fingir indiferencia—. Muy noble todo.
—Los esfuerzos humanitarios son gratificantes, pero lo nuestro son los rompecabezas.
No podemos cumplir una misión sin la otra.
Los niños que visitan nuestros Bazares salen con más habilidades cognitivas, con una mayor capacidad emocional.
Por no hablar de los contactos y las oportunidades que solo les puede proporcionar Miscellany.
—Tras una breve pausa, Tommy recuperó su cerveza—.
Ya sabes que nunca volvimos a organizar otro concurso.
—No debió de salir barato comprar una casa para ti y... ¿cuántos hermanos y hermanas? ¿Seis?
Él la miró, desafiándola con su ojo artificial.
—Mis padres te mandan saludos. Siempre les caíste bien.
Gillian estuvo a punto de recuperar su cerveza. No cabía duda de que estaba haciendo el ridículo.
—El público quería más —prosiguió Tommy—.
Pero Sebastian no quiso desvirtuar el original.
Así que, desde entonces, nos limitamos a los parques de juegos.
No preparamos nada con la complejidad de lo que vivimos tú y yo.
Son todo eventos más cortos, premios menos espectaculares.
Lo que adquieren de verdad es conocimiento, como dice Sebastian.
Parecía uno de esos científicos de Parque Jurásico, ensalzando las maravillas de su creación mientras sus criaturas devoraban a los invitados.
—Mira, no quiero ser maleducada, pero ¿qué tiene esto que ver conmigo?
Él esbozó una sonrisa tensa.
—Sigues tan impaciente como siempre. —Estrechó la botella húmeda con ambas manos—. Las circunstancias han cambiado y queremos organizar otro concurso. Lo van a llamar la Segunda Temporada.
El ADN de Gillian vibró al imaginar anagramas, cifras y rompecabezas. La decepción de lo ocurrido en el lago, los dos túneles, y la imagen de Sebastian juzgándola.
—Hemos estado seleccionando a niños en los Bazares de todo el país —explicó Tommy—.
Sin darle demasiada publicidad. Ocho, el doble que la primera vez.
Sebastian quiere hacerlo todo más grande.
Veinte millones en premios, una casa de seis dormitorios en las instalaciones.
Prácticas en la NASA, en Berkshire Hathaway, en Pfizer.
—Tommy...
Pero él no escuchaba.
—Se están aprovechando —dijo.
—Toda la operación está pensada para sacar un provecho. Joder, ¿has necesitado veinte años para darte cuenta de eso?
—Quiero decir que está todo amañado.
Tommy se había levantado del sofá. Ya no la miraba: caminaba de arriba abajo, recorriendo el pequeño salón cada vez más agitado.
—Somos demasiado grandes —prosiguió—. No puedo controlar cada detalle.
Ya hay trescientas personas dedicadas solo a la Segunda Temporada.
Antes entrevistaba a cada nuevo empleado.
Teníamos un círculo de confianza y conocíamos bien Miscellany.
Pero ahora se ha convertido en un monstruo, y sigue creciendo.
He intentado advertir a la gente. Le expliqué los riesgos a Sebastian.
Diocleciano, ¿lo recuerdas? El emperador que dividió Roma.
El imperio era demasiado grande para gobernarlo, así que lo dividió en Oriente y Occidente.
Intenté advertírselo a Sebastian, pero, claro, él conoce la historia.
«Lo único que hizo Diocleciano fue debilitar Roma —me dijo—.
Los visigodos la saquearon en menos de cien años».
—Se le escapó una risa débil—. Eso es lo que le preocupa.
Lo que puede ocurrir dentro de cien años. —Su ojo izquierdo se había enrojecido.
—No tiene sentido lo que dices —replicó Gillian.
—Los niños. Los niños que se han clasificado...
—Estaba exasperado, como si Gillian tardara demasiado en comprender—.
No todos, quizá los dos primeros sí fueron legítimos; pero el resto han sacado puntuaciones muy por encima de su media histórica.
Alguien les está facilitando las respuestas.
Quieren a esos niños en la Segunda Temporada.
«Alguien les está facilitando las respuestas». Agarraba la botella de cerveza como si fuera un puñal.
—He intentado advertir a los demás miembros del equipo ejecutivo, pero nadie me escucha.
Les fascina tanto la idea de ser un conglomerado mundial del entretenimiento que ya no recuerdan por qué empezamos todo esto.
No entienden cuál es el verdadero propósito.
Nuestros rompecabezas eran un reto: resolverlos significaba algo.
—Tommy se dio cuenta de que Gillian lo miraba fijamente y aflojó los dedos en torno a la botella—.
Sebastian siempre nos decía que había reglas.
—Yo diría más bien que a Sebastian le gustaba mucho hablar de reglas.
Tommy parecía encogerse bajo su mirada.
—Nunca le pedí nada a Ellsberg —se excusó—. Aquel día, en el lago. Nunca le pedí que te distrajera.
Al oír el nombre de la persona que la había traicionado, un abismo se abrió en su interior y el frágil equilibrio de su mundo se sacudió. Estuvo a punto de huir de nuevo a la cocina.
—Ya te lo he dicho. No quiero hablar de eso.
Tommy se quedó callado. Gillian quiso dejarlo sufrir, pero se apiadó de él. Parecía herido y roto, con aquel aire de animal herido que tan bien conocía ella. El de alguien a quien han traicionado las personas en las que más confiaba.
—Mira, estás alterado —dijo ella—. Quizá sea el estrés, o el desgaste de trabajar para Sebastian. Es natural que te afecte. Pero sigo sin entender qué tiene que ver todo eso conmigo.
Aquel hombre disponía de un imperio de entretenimiento y filantropía de mil millones de dólares y parecía perdido.
—Va a haber un reencuentro —dijo con una mueca.
De nuevo la invadió aquella sensación de vértigo.
—No me jodas... No. No.
—Pero no es por eso por lo que he venido.
—¿Qué te he dicho? ¿Qué acabo de decirte?
Tommy se acercó a ella, suplicante.
—El reencuentro es solo una excusa para llevarte allí. Para que valores la Segunda Temporada.
—Claro. —Gillian retrocedió hacia la puerta—. Mira, ha sido un placer verte. De verdad. Siempre me has caído bien, y jugaste limpio. Pero yo tengo mi vida aquí, y todo ese rollo sobre el pasado no va a pagarme el alquiler, así que...
—Quiero contratarte.
Se detuvo en seco. Se giró tan deprisa que Tommy levantó la botella vacía a modo de defensa.
—En serio —dijo—. Sin contrato, pero es un trabajo.
Ella lo miró entornando los ojos. Si se fijaba bien, encontraría la trampa.
—No pienso trabajar para Sebastian.
—No es para Sebastian. Bueno, no exactamente. Trabajarías directamente para mí. —Se acercó un poco más, con los brazos estirados a ambos lados, como para demostrarle que era inofensivo—. Aquí pasa algo raro, Gil.
—¿Pero tú por qué crees que me fui?
Bajo su escrutinio y con una cerveza encima, Tommy ya no parecía tan entero como antes.
Llevaba la ropa arrugada y el sudor le perlaba la frente.
Gillian tuvo la tentación de mitigar su malestar, como le ocurría con Bria o con Kendra.
Pero Tommy no era un perrito abandonado.
Con gente como él, perder el foco podía conducirte al desastre.
Y, por muy desaliñado que estuviera, su mirada seguía siendo taimada.
Había visto la caja de cartón. Había entrado en su humilde apartamento, en el barrio obrero de Pomona.
Ambos se habían criado con los acertijos y ninguno había perdido el hábito de practicar la observación. Ya habría sacado sus conclusiones.
No, aquella conversación no iba de favores. Era un pulso de ingenio con un contrincante experto.
—¿Cuánto me pagarías? —preguntó ella.
—Cincuenta mil.
Gillian se balanceó sobre los talones.
—¿Por qué tanto?
—Lo decía en serio. Siempre fuiste la más lista.
—Deja de lamerme el culo. ¿Por qué tanto?
Se pasó la lengua por la parte interna de la mejilla.
—Cincuenta es lo que cuesta un año del tratamiento de tu madre.
Gillian apretó la mandíbula y una ira arrolladora convirtió su cuerpo en un muro infranqueable.
Durante las semanas previas al Certamen, las de las pruebas clasificatorias, los potenciales participantes compartían habitación.
Dormían en literas y se susurraban secretos por la noche.
En cuestión de días, de semanas, se forjaban y se rompían amistades, se formaban alianzas y surgían rivalidades.
Por aquel entonces, su madre aún no estaba tan enferma, pero Gillian la quería con la misma intensidad.
Tommy conocía lo suficiente como para usarlo ahora en su contra.
—Ha sido rastrero.
—No es caridad —insistió él.
—Has venido aquí con la intención de utilizarme —le dijo con dureza.
—No, yo nunca... —Se interrumpió al ver la expresión de Gillian. Su mirada fulminante, la rigidez de su postura, la furia que transmitía.
Tommy dejó la botella vacía sobre la mesa de la cocina, entre un montón de bolsas de la compra. Del bolsillo interior de la chaqueta, se sacó un tarjetero plateado y negro, con su nombre grabado en la tapa. Extrajo una tarjeta impecable, una de muchas, y la deslizó junto a la botella.
—Piénsatelo. La oferta es real. Es dinero de verdad. No he venido a engañarte para que trabajes en Miscellany ni para ayudar a Sebastian. He venido porque hay niños involucrados, Gillian, miles de niños que confían en lo que se supone que es Miscellany. Y yo ya no sé lo que somos.
Ella se hizo a un lado y le dejó el camino libre hasta la puerta. No era tonto: entendió la indirecta. Abrió y salió. Hacía una tarde cálida. Luego se giró hacia ella.
—Gracias por la cerveza —dijo.
Gillian le cerró la puerta en las narices.