El certamen 3
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Gillian iba cargada con una enorme caja de cartón, por eso no se fijó en el hombre al principio. Y quizá habría sido mejor que no lo hubiera hecho después.

Pese a que el acuerdo con Uber no le permitía hacer negocios durante los trayectos, Gillian vendía fulares de viscosa pintados a mano a ciertos pasajeros.

Tenía buen ojo para detectar a las personas que apreciarían el que llevaba ella y se sentirían atraídas por su textura y por sus colores, por esa mezcla de exotismo lujoso pero asequible.

A veces Gillian fantaseaba y se imaginaba que alguna famosa sacaba uno de sus fulares de la caja, después de haberle comprado cinco o seis, y se lo ponía para lucirlo en un estreno, en el que hablaría con los paparazzi con una naturalidad irresistible.

«¿Que quién me viste? Me alegro de que me hagas esa pregunta.

Se trata de Gillian Charles. Tenéis que conseguiros uno».

Sus vecinas se pasaban la tarde tomando el fresco, sentadas en sillas de plástico frente a su casa o dando un paseo por el corredor que distribuía el acceso a todos los apartamentos.

Kendra, que vivía al otro lado del patio, la contemplaba con aire burlón mientras Gillian se peleaba con su caja.

Era una mujer alta, desgarbada, con la piel de ébano, los cabellos teñidos de un color entre rubio y rosado, y unos aires de grandeza que estaban fuera de lugar.

Gobernaba el piso superior desde su trono de plástico verde, envuelta en una bata de seda de color púrpura mientras se fumaba un cigarrillo con aire teatral.

—Así no vas a encontrar un maromo, Gil. —La voz de Kendra retumbó en el patio—. Aunque envolvieras ese cuerpecillo huesudo tuyo con toda la caja de pañuelos.

Gillian arrastró su mercancía hasta el otro lado del umbral y cerró la puerta tras ella sin hacer ruido.

—¿Y qué sabrás tú de hombres? Tu último escarceo fue con alguien de la otra acera.

—¿Escarceo? Me gusta esa palabra. ¿Qué significa?

—En tu caso... Digamos... que tuviste un lío con una amiga especial.

Kendra soltó una carcajada.

—De esas tengo unas cuantas. —Se puso seria—. De verdad, gracias por ayudarme con la policía. No sabía lo que esa me había metido en casa.

La gratitud de Kendra incomodó a Gillian. Se impulsó hacia la verja de hierro, con la esperanza de poder embutir la caja entre su cadera y los barrotes, pero lo hizo con tanta fuerza que casi saltó por encima de la valla.

—No te preocupes. No fue culpa tuya. Yo solo los ayudé a hacer lo correcto.

—La policía nunca intenta hacer lo correcto. Lo sabes muy bien. Sin ti, todas estaríamos de patitas en la calle. —Gillian seguía forcejeando—. ¿Has hablado con Reuben?

Consiguió colocar la caja encima de la barandilla y la deslizó hacia la escalera. Al alcanzar la esquina, se confió demasiado y los fulares estuvieron a punto de caer al patio.

—Sí.

—¿Y qué ha dicho sobre el alquiler?

Las escaleras planteaban un nuevo reto. Gillian rodeó la caja con ambos brazos y separó el bulto de la barandilla. No podía ver los peldaños.

—No sé lo que te habrá contado Reuben, pero no salimos juntos. Solo nos tomamos algo. Solo eso.

—Pero él habla contigo.

—Quiere meterse dentro de mis bragas. —Descendió con cautela—. Que no es lo mismo.

—Habla contigo. —Kendra se inclinó sobre la barandilla, repartiendo sabiduría, lo quisiera Gillian o no—. Si transforman esto en apartamentos de lujo, acabaremos todas en la calle.

—Reuben ni siquiera es el dueño. Solo es el administrador.

—Pero su tío es el propietario. Ese y los de EZ Autos de Long Beach. Son familia, y la familia siempre protege a los suyos.

Gillian tuvo el resuello suficiente para soltar una risa cínica.

—Hablo en serio, Gillian.

Ya solo quedaba el último escalón. Y luego el coche y, si jugaba bien sus cartas, una noche productiva.

Pero el complejo estaba lleno de Kendras: madres solteras, camareras-actrices y gente desfavorecida que no podían reunir los dos meses de fianza necesarios para firmar un nuevo contrato de alquiler.

—Te estoy escuchando. Haré lo que pueda.

Al final, Gillian llegó abajo. Encontró el equilibrio perfecto y apretó el paso hacia la verja y el coche.

Todo fue tal como quería durante medio segundo.

El dinero y las oportunidades brillaban en el horizonte, al alcance de la mano: solo tenía que moverse con rapidez.

Y entonces tropezó y estuvo a punto de estamparse contra la caja de fulares.

La mano firme de un hombre evitó que acabara aplastando literalmente sus sueños.

De pronto, la caja estaba en brazos de aquel desconocido.

Mientras Gillian recuperaba la compostura, turbada, él dejaba sus pertenencias en el suelo.

No era mucho más alto que ella. Se esforzaba por parecer apuesto y elegante, y en cierta medida lo lograba.

Traje gris de tres piezas. Camisa increíblemente blanca con el cuello desabrochado, sin corbata, y pañuelo de lino blanco ribeteado en carmesí en el bolsillo de la chaqueta.

Era un poco flacucho, pero el corte atlético del traje mejoraba el resultado.

Llevaba una barba bien recortada. Tenía los ojos marrones, vivaces, y su piel morena resplandecía.

—¿Estás bien?

—Sí —acertó a responder. Su cerebro, frenético como nunca, desplegó todo un caleidoscopio de recuerdos. La euforia que había sentido al sortear las escaleras se apagó de inmediato.

—¿Tommy?

Él sonrió.

—Gillian Charles, la mejor, la más brillante. Estás estupenda.

Tommy tenía un aspecto fantástico. Seguro de sí mismo, con magnetismo. Y aunque ya era todo un adulto, una parte del chico que ella conoció aún seguía allí.

—¿Tienes un minuto? —Tommy levantó la barbilla hacia el apartamento que Gillian acababa de dejar atrás—. Quiero pedirte algo, y preferiría no hacerlo en público.

Llevaba casi veinte años sin verlo. Lo había dejado al otro lado del país, en Dallas, junto con todo lo que él representaba.

Quería abrazarlo, pero también negarle la entrada.

Toda aquella confusión, sin embargo, carecía de importancia.

Afuera la esperaba un abanico de oportunidades: una venta excelente o los contactos adecuados.

Las palabras se formaron en su mente como una niebla espesa: «Tengo que irme, de verdad».

—Necesito tu ayuda —dijo Tommy.

Ahí estaba. «Ayuda». Gillian consideró la palabra como lo haría una exadicta con miedo a la recaída. Es posible que, a pesar del largo tiempo que había pasado, Tommy siguiera recordando ese rasgo de ella.

Lo estudió. Se fijó en su mano, que golpeaba su muslo una y otra vez, y también en su ojo derecho, que no seguía al izquierdo: aquel ojo vago de los días del Certamen ahora era artificial.

Tommy Kundojjala había vivido mucho, pero ella seguía viendo al chico que había conocido.

Veía al ganador, sí, pero también mucho más: lo recordaba riéndose de su imitación de Schwarzenegger, compartiendo sus M&M’s, a pesar de ser contrincantes, contemplándola en la Sala de Deducciones, cuando comprendieron que uno de los dos empezaría el Certamen en último lugar.

Ella no era como su padre: tenía fuerza de voluntad. Podía escuchar a Tommy y aun así decirle que no.

Levantó la caja que reposaba en la acera y se la apoyó en la cadera.

—Vamos arriba.