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Cruzó la puerta de seguridad, como siempre apuntalada con un cono naranja, y se sacudió de encima la melancolía.
Al fin y al cabo, tampoco había sido un mal día.
Le habían pagado tres encargos. Y el día siguiente prometía: había reservado la mañana para repartir compras del supermercado.
En Los Ángeles, siempre había perezosos dispuestos a pagar a alguien que les ahorrara todo ese jaleo de ir al súper.
Y su casero le había hablado de un trabajillo en Fullerton: consistía en probar unos productos, unos cincuenta dólares fáciles.
En todo caso, le daría otra oportunidad al negocio del Uber.
Incluso esa misma noche, si lograba mantener los ojos abiertos.
Un árbol solitario la recibió en el patio interior.
Subió las escaleras y recorrió el pasillo hasta llegar a su apartamento.
El teléfono empezó a vibrar mientras intentaba coger las llaves sin que ningún paquete se le cayera.
Consiguió sujetar el móvil con la oreja, pero enseguida se arrepintió de haber contestado.
La voz sombría de su hermana le taladró el oído.
—Así que sí contestas.
Hizo girar la llave y abrió la puerta de un empujón. Gillian entró en su piso diminuto, iluminado por el resplandor cálido de una lámpara de papel de arroz.
—Hola, hermana. Justo me pillas saliendo.
Dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina.
Una de ellas cayó encima de la copa de vino de la noche anterior, que solo se salvó de acabar en el suelo gracias a la rapidez de reflejos de Gillian.
La dejó en el fregadero, junto a una pila de platos sucios y el envoltorio arrugado de la barrita que había devorado antes de que amaneciera.
Su hermana seguía impasible cada vez que Gillian fingía tener algo mejor que hacer.
—¿Has hablado hoy con mamá?
Gillian dejó las llaves sobre la encimera. Cogió un instante el montón de facturas que se habían acumulado junto al cactus enano, pero enseguida perdió el interés y las soltó de nuevo.
—La semana pasada le mandé un mensaje.
—Me refiero a llamarla, por teléfono, como una persona normal.
June hablaba como si fuera la única adulta allí. Siempre había sido así. Gillian había huido al otro extremo del país, pero nada había cambiado. Seguía siendo la oveja negra, la decepción.
Se acercó al sofá. Rodeó la mesita de noche que utilizaba como mesa de centro tratando de no tirar su portátil viejo cubierto de pegatinas.
Le echó un vistazo al dormitorio, donde un colchón sin sábanas yacía sobre el somier, con un montón de ropa sucia de tres días encima.
El piso era suyo y estaba orgullosa de ello, pero cada vez que volvía a casa sentía una punzada en el pecho: vivía como una estudiante, y nunca había pisado la universidad.
—¿Es esto lo que querías? —Se dejó caer en el sofá de polipiel y empezó a tirar de los bordes deshilachados del gigantesco agujero abierto en el reposabrazos—. ¿Dar la lata?
Un suspiro teatral.
—En la clínica no han querido darle la receta.
Gillian se irguió de golpe.
—¿Cómo que no? Ya he mandado el cheque.
—El problema no es el cheque. Ya te lo dije la última vez. Los esteroides que toma... ahora los fabrica otra farmacéutica. En la última cita...
—Dales el cheque.
—Que no se trata del cheque, Gil. —Se oyó ruido de cazos, y una voz masculina preguntando por la cena. June, tan doméstica como siempre—. Mamá está enferma. No puedo estar haciendo de niñera y, al mismo tiempo, vigilar a papá las veinticuatro horas.
—Se supone que está limpio. No deberías tener que vigilarlo.
—Papá está limpio, pero eso no significa que no sea frágil. Hace de consejero. Habla con otros alcohólicos. Les está ayudando...
—¿Eso es buena idea? Me parece una forma fácil de recaer.
—No me metas en tus mierdas sin sentido. Si tienes problemas con papá, háblalo con él.
Gillian enarcó las cejas.
—¿Mierdas sin sentido?
—Llámalo por teléfono. O mejor aún, ven a verlo. Quédate un tiempo y carga con tu parte de la mochila familiar.
—Dallas está a 2.400 kilómetros.
—¿Y quién se mudó a California? No me vengas con excusas. Huiste en cuanto pudiste, y todo por esa estupidez de... —June se tragó la acusación y resopló—. Al menos podrías llamarlo.
—Para ya con papá.
—No me refiero a papá.
Un silencio dañino se impuso en la conversación.
—Sebastian te ayudaría —dijo June.
—Basta.
—Tiene dinero más que suficiente para...
—Basta. Cuando se trata de él, todo son condiciones ocultas, trampas y promesas vacías. —A los dieciocho, Gillian había huido del drama familiar y se había mudado a Los Ángeles. Pero la familia no era la única razón por la que había dejado Dallas—. Déjalo ya, ¿vale? Ahora mismo no puedo.
—Nunca podrás. Si quieres, engáñate a ti misma, pero a mí no me la cuelas.
Gillian intentó mantener la calma.
—Todo eso es una fantasía. Siempre lo ha sido. Es un adulto que practica juegos de niños. —Cogió el teléfono con fuerza, como si quisiera extraerle alguna oportunidad al plástico barato—. Tiene que haber otra cosa.
—¿Como qué?
—No lo sé. ¿Por qué me toca a mí? ¿Por qué soy yo la única que debe esforzarse en este asunto?
—¿La única? Yo que tú meditaría un poco esa respuesta. Yo me estoy responsabilizando de todo, pese a que nadie me lo ha pedido.
Gillian puso el teléfono en altavoz. A veces 2.
400 kilómetros no son distancia suficiente.
Soltó el móvil en el sofá y oyó a Todd, el marido de June, echando a su hijo mayor de la cocina.
De fondo, sonaba una melodía entrecortada: el pequeño, practicando en el teclado.
Para Elisa . Gillian había tocado el violín y el piano de niña, una promesa en ambos instrumentos entre los ocho y los doce años.
Se había imaginado dando giras por todo el mundo, disfrutando de los aplausos.
Y cuando sustituyó la música por los rompecabezas, siguió soñando con un futuro sin límites, cargado de oportunidades que no dejaría escapar.
Si pudiera librarse de aquel peso. Si alguien se lo permitiera.
Fuera, el sol anaranjado rozaba ya el horizonte. Si esa noche quería sacar algo del ridesharing nocturno, tenía que ponerse en marcha.
—Llamaré a mamá —concluyó—. Quizá pueda encontrar alguna solución.
El tono de June cambió: sus cuerdas vocales se tensaron.
—Esto no es un rompecabezas, Gil.
—Encontraré alguna salida. —Gillian se incorporó y añadió—: Me tengo que ir.
Un chasquido resonó en la garganta de su hermana. La mentira se había quedado atascada allí y June era incapaz de tragársela.
—Seguro que harás lo que tengas que hacer.
—Adiós, June.
Pero su hermana ya había colgado.