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«Y a los que estáis atrapados en un atasco, os alegrará saber que el área de Los Ángeles ha caído hasta el sexto puesto en la lista de las ciudades más congestionadas del país».
—Vamos... —murmuró, tratando de acallar la voz que le recordaba que la única culpable era ella.
Sabía perfectamente que el tráfico de Los Ángeles la estaba esperando cuando salió de casa a las cinco de la mañana.
Pero quería vigilar a la señora Newton, una buscavidas que estaba de baja por una supuesta lesión en la espalda.
Si la hubiera grabado haciendo algo inadecuado para su condición, la compañía de seguros la habría recompensado con un pastón.
El asunto había resultado un fracaso, pero al menos aún podía conseguir los otros beneficios económicos que le reportaría ir en coche.
Por el rabillo del ojo vio que un hombre la miraba.
Cabello blanco peinado hacia atrás, barba cuidada, traje llamativo.
Conducía un BMW y parecía sacado de un anuncio de Rolex.
Estuvo valorándolo: ¿atractivo o más bien grosero?
Entonces se dio cuenta de que no la estaba cortejando.
Se burlaba de los anuncios pegados en el exterior de su coche.
Sintió un escalofrío en la nuca. La ira le subía por la espina dorsal, una sensación que notaba aún más desde que se había cortado el pelo.
El nuevo corte casi dejaba traslucir sus emociones, a la vista de quien supiera leerlas.
Pero el del BMW no podía saber que había perdido los nervios.
A ver, si se hubiese dado cuenta, tampoco es que le importase.
—¡Eh! —gritó por la ventanilla.
El hombre del BMW levantó la mirada, y Gillian le hizo un gesto con el dedo para mandarlo a la mierda. Él puso cara de haberse tragado un limón. Miró al frente y volvió a concentrarse en la fila inmóvil de coches.
Gillian se echó a reír. Los capullos siempre se comportan como capullos. Una ley en la que puedes confiar.
Siempre que podía, Gillian compaginaba varios trabajillos al mismo tiempo.
Mientras examinaba la etiqueta con el precio de un collar de oro rosa, no perdía de vista al padre irresponsable que le estaba comprando un anillo de compromiso a su última joven adquisición.
El collar era una fruslería sin importancia, de 18 quilates y una treintena de diamantes incrustados.
—Encantador —sugirió el dependiente sin apartar la mirada de Gillian.
O trataba de desnudarla con los ojos o se estaba preguntando si iba a robar la joya.
Por supuesto, no iba a comprarla, al menos no con su dinero.
Si se la quedaba, si le parecía lo bastante refinada, pagaría con el dinero de su clienta.
Gillian era la personal shopper de Chantal, dueña de un pequeño imperio de cosméticos y una empresa de zumos que le daban lo suficiente como para tener esparcidas varias casas en diversas ciudades.
El collar era muy moderno. Sencillo, exclusivo, y totalmente del gusto de Chantal.
Gillian le pidió al dependiente que se lo envolviera, mientras aprovechaba para sacar algunas fotos del libidinoso ex de Bria con el móvil.
Bria vivía en el mismo edificio que Gillian.
Era escandalosa y divertida, y cuando no se encargaba de la cafetería de la esquina, participaba en las competiciones para superatletas del Ninja Warrior.
Había tenido tres hijos con su ex, Clay, pero todos vivían con ella a tiempo completo.
Clay era piloto, y su horario y su sueldo no le permitían cargar con su prole.
«Son tiempos duros para las aerolíneas. No puedo permitírmelo, cariño», era la excusa que le ponía siempre a Bria.
Clay pagó el ostentoso anillo de diamantes en efectivo.
Hacía un rato, Gillian lo había visto entrar en un banco (uno que no figuraba en la lista de cuentas aportada por su abogado) y salir con una sonrisa de oreja a oreja.
Debía de tener una caja de seguridad que no había declarado.
Si era preciso, Gillian entraría en la sucursal para conseguir pruebas, pero confiaba en que con las fotos que le había hecho en la joyería, el imbécil cedería.
Bria se merecía algo mejor que aquel hombre al que se había atado durante cinco años, aunque todos cometamos errores.
El salido de Clay se volvió hacia Gillian, pero ella le dio la espalda antes de que sus miradas pudieran cruzarse.
Fijó la atención en una revista que el dependiente tenía tras el mostrador.
La página visible mostraba un crucigrama que alguien ya había empezado.
Antes de darse cuenta, ya había completado tres definiciones.
—Instinto —murmuró—. Arafat. Wham.
Notó un sabor amargo al pronunciar las palabras.
Acababa de recaer en el vicio de los rompecabezas con solo una simple tentación.
Y además en voz alta. El dependiente dio un paso al lado para tapar la revista, molesto de que fisgoneara en sus cosas.
Pero su malestar no era comparable con el de Gillian.
Volvió a fijarse en la feliz pareja. La nueva novia de Clay irradiaba entusiasmo, colgada de su brazo, y él estaba prendido de su propio encanto.
De repente, Gillian tuvo la certeza de que Clay saldría impune de todo aquello.
Desestimarían las fotos y encontrarían una explicación plausible para justificar la existencia de la cuenta oculta; Clay volaría a otra ciudad y allí seduciría a otra incauta jovencita.
Volvería a aparecer pulcro y peinado, con cara de ganador. Sonriendo como todos ellos.
Cargó el collar a la cuenta de Chantal y salió de la tienda a toda prisa, para evitar hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.
Atrapada de nuevo en el tráfico, Gillian aprovechaba cada segundo.
El móvil descansaba boca arriba en el asiento del copiloto, entre las bolsitas que contenían los artículos de lujo que había comprado para sus clientas.
Una voz metálica salía del altavoz del teléfono.
Bria sonaba más abatida de lo que Gillian había esperado.
—¿Estás segura? Es que... incluso tratándose de él...
—Es un cabrón, cariño. —Los coches avanzaban a paso de tortuga, con dificultad, obligándola a poner todos los sentidos en la conducción.
En la 71 se había estrellado un camión hacía unas horas y, aunque ya lo habían retirado de la carretera, el atasco persistía—.
Ha pagado el anillo en efectivo, como mínimo diez mil.
He hablado con el dependiente; Clay ya había estado allí otras veces.
Compró un reloj. Una tobillera para su hija.
No sé qué trola le estará contando a su abogado, pero tiene más de lo que dice.
—Quizá haya alguna explicación.
Gillian notó una opresión en el pecho. Se había pasado el día siguiendo a ese cabrón, y Bria aún trataba de excusarlo.
—No hay ninguna. Solo piensa en él. Siempre ha sido así. Siento no poder hacer algo para que sea un hombre fiable y honesto, pero es que el carácter nos define a todos. Ojalá el mundo fuera distinto, de verdad.
Un silencio crepitante se instaló en la línea.
Gillian se frotó la frente. Creía que sus esfuerzos le habrían dado una alegría a Bria, que por fin podría acorralar a su escurridizo exmarido.
Pero a Bria no le resultaba fácil soltar ese lastre emocional.
Descubrir que su antiguo amante era una rata era doloroso, no liberador.
Gillian creía que se le daba bien leer a la gente. Sin embargo, había días en los que ni siquiera estaba segura de tener algún talento.
Cuando la conversación ya parecía llegar a su fin, Gillian aparcó en su plaza. Sin vistas al mar, sin marquesina, un simple parking cubierto: era todo lo que podía permitirse.
—Oye, acabo de llegar —dijo—. Tengo que guardar unas cosas y darme una ducha. Luego me paso. Tomamos una cerveza y nos olvidamos de toda esta mierda.
—Suena bien. Pero asegúrate de llamar a la puerta, ¿vale? Los niños estarán abajo y...
—Tranquila, apenas notarás que estoy.
—Eres la mejor, Gil.
Gillian alargó la mano para recoger el móvil que había quedado oculto entre las muestras de la riqueza ajena. «¿La mejor en qué, en ir tirando?».
—Gracias —atinó a decir, y colgó.
Se quedó sentada en el coche, con una sensación de derrota.
En la calle, una empleada de una empresa de mensajería cualquiera trataba de enderezar su bicicleta, rodeada de un mar de pancartas tiradas en el suelo: «ni una muerte más.
sin justicia no hay paz». Hacía unas horas, había habido una manifestación en respuesta al asesinato de otro chico a manos de la policía.
A Gillian le habría gustado participar, incluso sentía que era su deber hacerlo, pero el trabajo no podía esperar, o al menos eso se decía a sí misma.
En realidad, no estaba segura de que nada fuera a cambiar.
Alguien se apropiaría de la causa —alguien carismático, con gancho mediático— y el movimiento acabaría convertido en el vehículo de su éxito.
Había visto torcerse ya demasiadas campañas nobles.
Al final, su conciencia tomó el mando. Salió del coche y ayudó a la mensajera a enderezar la bici caída y a limpiarle el polvo.
Tenía algunos rasguños, pero la mujer no parecía preocupada.
Después de darle las gracias, se colgó la mochila al hombro y empezó a pedalear para hacer la próxima entrega de comida, de documentos o lo que fuera que tenía que llevar.
Consciente de la fortuna que había desembolsado por ese montón de caprichos, Gillian recuperó las bolsas y se las colgó de ambos brazos.
Empujó la puerta para cerrarla con su culo plano y se alejó del coche sin cerrarlo con llave: llevaba consigo los bienes ajenos, así que ya no quedaba nada que proteger.