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El micrófono que llevaba sujeto en la solapa propagaba sus palabras por toda la carpa, aunque era tan carismático que se diría que su voz viajaba kilómetros sin necesidad de ser amplificada.
Tommy estaba pletórico. No paraba de brincar.
No acababa de creerse la suerte que había tenido —o, mejor dicho, lo hábil que había sido—.
Gillian sabía exactamente lo que estaba sintiendo Tommy.
Llevaba meses imaginando lo que experimentaría al ganar, ensayando cómo reaccionaría.
Había fabricado la versión perfecta de ese momento y la había reproducido en su mente cada minuto del día... hasta hacía apenas diez segundos.
Sus labios se separaron, pero no supo qué decir. Vio los vaqueros, las camisetas, las Nike: todo de la talla de Tommy. El gigantesco cheque de un millón de dólares. Los abogados mostrando fotos y documentos, hablando de coches nuevos y de una casa de cinco dormitorios que estrenaría ese mismo día.
Los demás perdedores habían desaparecido: el equipo de Sebastian los había sacado del escenario con maestría. Gillian era la única derrotada que permanecía de pie en primera fila. Sumida en la derrota.
Por fin, Sebastian se fijó en ella. La miró como si fuera un hilo suelto que asomaba tras uno de sus botones. Hizo una mueca.
—Y aquí está la pequeña Gillian.
«La pequeña Gillian», como si fuera un adorno que había olvidado.
—Pero... —dijo ella.
Eso fue lo único que pudo decir: «Pero».
Sebastian la miró con ojos brillantes.
—Pero ¿qué?
—Me he parado para ayudar a Martin —dijo, con la voz quebrada—. No... no sabe nadar...
Sebastian se agachó. Era otra de sus señas de identidad: ponerse a la altura de los niños, un gesto que Gillian siempre había apreciado.
—Eso no es verdad —replicó.
En su mente, en algún lugar incluso más remoto que aquella sala de control imaginaria, algo se removió.
Una sospecha oscura. Una verdad intuida que, sin embargo, había desoído para no afrontar lo desagradable que resultaba.
Gillian sabía lo que iba a decir Sebastian incluso antes de que abriera la boca.
—Martin sabe nadar perfectamente.
El público había enmudecido. Se oyeron risas y algún que otro gemido compasivo. Y luego, por fin, una oleada de aplausos surgió desde el fondo de las gradas.
Martin Ellsberg adelantó a Gillian y se colocó al lado de Sebastian y de Tommy.
Le escocían los ojos. Una mezcla de rabia, vergüenza y decepción amenazaba con liberar sus lágrimas. Pero no pensaba llorar. No les iba a dar ese gusto.
Ellsberg no fue capaz de mirarla. El muy cabrón estaba demasiado avergonzado.
—Estaba trabajando para ti —escupió Gillian.
Sebastian negó con la cabeza.
—Esa no es la cuestión, pequeña. La cuestión es que has cometido dos errores.
«Dos errores».
—El primero ha sido detenerte. No te detengas nunca. No dejes de perseguir el premio cuando sabes que vas bien. Si titubeas, si dudas, ahí es cuando pierdes.
Lo dijo con tal convicción... Aquel hombre se había fabricado a sí mismo desde la nada y había levantado todo un imperio. Sabía de lo que hablaba. Y Gillian habría deseado no creerlo.
—Y tu segundo error ha sido ayudar a Martin —añadió.
—¿Se suponía que debía dejar que se ahogara?
No le gustó la furia temeraria que dejaba traslucir su voz. Pero a Sebastian le resbalaron sus palabras, no le afectaron lo más mínimo. Le colocó la mano en el hombro con un gesto tierno que a ella le pareció condescendiente.
—Se suponía que debías perseguir tu sueño —dijo—. Y tener claro que yo jamás permitiría que un niño sufriera ningún daño en mi Certamen.
Sebastian se irguió.
—Convicción —proclamó, dirigiéndose más al público que a ella—. Determinación.
Retiró la mano del hombro de Gillian y atrajo a Tommy hacia él. El chico estaba absorto en sus sueños cumplidos: tendría riqueza, privilegios y poder para el resto de sus días.
—Enseguida vi que Tomas Kundojjala tenía estas cualidades. Y supe que ganaría.
El público se levantó en masa y los vítores llenaron el recinto.
El bullicio hinchó la carpa creando una atmósfera cada vez más sofocante y opresiva.
Gillian no sabía qué hacer. No debía haber acabado así.
La furia se apoderó de su pecho y la pasión ascendió por su garganta impidiéndole contener las palabras.
—¡Yo podría haber ganado! —gritó—. ¡Podría haber ganado!
Pero nadie la escuchó. Y, si alguien lo hizo, ya no importaba.
Sebastian llamó sutilmente a sus ayudantes: personas de aspecto afable pero con manos firmes se llevaron a Gillian del círculo central, que ahora solo pertenecía a Tommy.
Mientras los ayudantes de Sebastian escoltaban a Gillian, la familia del ganador irrumpió a toda prisa en la pista.
Huían de su antigua vida, convencidos de que jamás tendrían que volver a ella.
«Has hecho lo correcto», se repetía Gillian con voz firme, incluso mientras la arrastraban de vuelta a la vida de la que no había conseguido escapar. «Salvar a Ellsberg ha sido lo correcto».
Pero lo que la atormentaba de verdad eran las palabras que había dicho en voz alta.
«Podría haber ganado».