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Le temblaban las manos. Sabía que tendía a confiar demasiado en su instinto.
Giraba las piezas, las forzaba, probaba una y otra vez con la esperanza de encontrar la solución.
Al final lo lograba, pero el proceso era tan complicado que empleaba demasiado tiempo, suficiente para que un imperio se levantara y volviera a caer.
No podía permitirse ese lujo. La idea de estar allí parada, sin reaccionar, la superaba. Tenía que pensar, que trazar un plan.
Una carcajada resonó en la playa. Las cuerdas crujieron: alguien había saltado sobre la red y había trepado hasta el lugar en el que Gillian seguía pasmada.
«Sigue con el rompecabezas, Gillian. Tú puedes. Demuéstraselo».
Siempre podía arriesgarse a escoger un túnel al azar, pero quizá ninguno fuera el correcto.
Hizo girar poco a poco el rompecabezas en las manos.
Sus ojos pardos recorrieron rápidamente la longitud de la llave.
«Piensa en tres dimensiones, no en dos. Y ten en cuenta todos los detalles.
Imagina cuál sería el resultado final». Y entonces sonrió.
Allí estaba. Lejos de ser la solución, la ranura que había en la punta de la llave izquierda era solo una parada en el camino.
En el ojo de esa misma llave había otra hendidura que no había visto.
Si desplazaba la llave derecha hasta allí, ambas se separarían.
Volvió a colocar la llave derecha en la ranura, pero la sostuvo en ángulo recto, sobre un eje «z» con respecto a la llave izquierda.
Con ese movimiento, la abertura de la derecha pasó por encima de la ranura, y la llave que antes estaba en la derecha acabó en el lado izquierdo.
Luego giró la llave de modo que el ojo quedara en la parte de arriba.
Respirando despacio, la deslizó por encima de la otra, hacia su pecho.
Los dientes pasaron por la ranura y entraron en la parte superior.
Gillian movió la llave derecha en la dirección de las agujas del reloj.
Cuando alcanzó la ranura, pudo sacarla. Las llaves complementarias se separaron en sus manos.
De pronto, unos pies descalzos avanzaron por la roca que tenía detrás.
Gillian introdujo las llaves en sus respectivas cerraduras. Y las hizo girar. El fondo falso de la caja se abrió de golpe. Contenía un papelito doblado. Lo leyó enseguida, sin sacarlo de su sitio.
DOS ERRORES.
El que mucho yerra, no es diestro.
El túnel de la izquierda, pues.
Dejó la caja y echó a correr a toda prisa por el túnel de la izquierda, con las trenzas golpeándole el rostro.
Al llegar a la puerta, cedió sin resistencia.
Al otro lado solo había oscuridad. Gillian no se detuvo, no titubeó.
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, supo que no habría vuelta atrás.
Notó la caricia de la primera cortina mientras corría, un velo de gasa que filtraba la luz.
Se encontraría con otras, cada una más tupida que la anterior.
Las fue apartando con los músculos agotados.
Atravesó lino, tul, franela y terciopelo.
Oía voces; al principio apagadas, después más fuertes.
Avanzaba, abriéndose paso con dificultad.
Oyó gritos de alegría. El túnel estaba cada vez más iluminado.
Dejó atrás el pasadizo y el alboroto la engulló.
Estaba en una carpa enorme, rodeada de gradas abarrotadas de gente.
El público rugía. El aire olía a palomitas y a algodón de azúcar.
En el centro, había un único círculo marcado en el suelo y, en medio, un hombre.
Dominaba el espacio a pesar de su estatura.
Era bajito, de piel tostada. Europeo, quizá español.
Llevaba una levita morada, un chaleco negro muy elegante y unos pantalones de color naranja.
En la cabeza, una boina negra, y en los pies, zapatos de punta.
Resultaba exótico y familiar a la vez, como el tío bondadoso que regresa de un país lejano cargado de historias para fascinar a sus sobrinos.
Era imposible no reconocerlo: su rostro y su nombre estaban por todas partes, en camisetas, bolsas de la compra, pancartas.
el certamen extraordinaire de sebastian luna. Él coronaría al vencedor.
Pero Tommy estaba a su lado, sonriendo de oreja a oreja.
Gillian se quedó paralizada. Incluso más que bajo el agua helada.
Le invadió una sensación de irrealidad, como si pilotara su cuerpo desde una sala de control situada en lo más hondo de su cerebro, ajena a todos sus sentimientos.
Tiraba de un par de palancas para que sus piernas se movieran.
Hacía que su cabeza girara a la derecha y a la izquierda, atraída por los vítores dedicados a otro.
Avanzó hacia Sebastian y hacia Tommy. Se plantó delante de ellos, esperando que Sebastian la viera.
Pero él solo tenía ojos para el vencedor.
—¡Lo has logrado, muchacho! —El hombre resplandecía. Cuando te miraba, creías que no veía a nadie más en el mundo—. Sabía que podías hacerlo.