El certamen 1 #2
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—No estoy asustado.

Ninguno de los dos se movió. Gillian observó con atención el comportamiento de Tommy y lo comprendió: su ojo derecho vago, su pésima percepción de la profundidad, su miedo a las alturas.

Lo de Ellsberg, en cambio, no lograba entenderlo.

Le temblaba la voz y se le aceleraba la respiración.

Y no era Tommy quien lo detenía. Ellsberg también estaba asustado de lo que les esperaba abajo.

El miedo los tenía paralizados. Vacilaban: se lo estaban jugando todo.

Gillian se lanzó al vacío.

El agua helada le arañó la piel, como las garras frías de una bruja.

El impulso de la caída casi la hundió hasta el fondo, sumida en una penumbra que le impedía ver.

Pataleó hacia la luz, con los pulmones a punto de estallar, y pronto emergió.

En cuanto se orientó, nadó hacia la orilla, y se arrastró fuera del agua hundiendo las manos en la pequeña península de arena.

Se dio la vuelta para ver lo que dejaba atrás: todo un mundo acuático.

Tubos de PVC de diferentes diámetros se tragaban el agua del lago para distribuirla por todo el sistema vascular que alimentaba el complejo, y luego la devolvía de nuevo al lago a través de múltiples desagües.

Gillian se preguntó adónde irían todos aquellos tubos, pero enseguida pensó que tendría toda una eternidad para explorarlos cuando ganara.

Se puso en pie y miró al frente. Ante ella se alzaba la única salida visible.

Unas estacas clavadas en la arena sujetaban una gruesa red que se elevaba por los cinco metros de roca que la separaban de aquella gruta oscura.

El recorrido de malla se asemejaba a una hamaca gigantesca y la cueva parecía una boca ávida y hambrienta.

Encima de la entrada se podía leer un mensaje grabado en una placa de acero: «victoria».

Ahí estaba. El último desafío. Gillian echó un vistazo alrededor, pero los chicos aún no habían aparecido. Corrió hacia la red.

Las sogas trenzadas le arañaban la piel. Las rodillas se colaban por los huecos del entramado, que la atrapaba como si fuera un animal salvaje. Pero enseguida comprendió que debía estirar más las piernas y colocarse sobre los nudos donde las cuerdas se cruzaban. Ya había dejado atrás la playa.

Oyó un grito desgarrador a sus espaldas. Todo su ser le gritaba que siguiera adelante, que escalara la red hasta llegar al camino amarillo, pero, aun así, se giró. Ellsberg se agitaba en el lago oscuro, levantando desesperadamente la barbilla por encima de la superficie. No sabía nadar.

En algún rincón de su mente, Gillian oyó la voz suave pero firme de su madre. Pese a su poca estatura, su madre siempre se imponía. «Gillian Charles, ¿piensas abandonar a ese chico a su suerte? ¿En qué clase de persona te convierte eso?».

Se quedó paralizada, con las manos agarradas a las cuerdas.

Delante la esperaba la gloria, dejar atrás la ropa heredada.

Dinero suficiente para pagar el tratamiento para el lupus de su madre, la posibilidad de vivir libremente, en lugar de la trampa que había sido su existencia hasta ese momento.

Visualizó la cama que compartía con su hermana, su desastroso apartamento junto a la I-45, llena de camiones día y noche.

Ganar significaba la promesa del dinero que le permitiría acceder a todo lo que siempre había deseado.

Ellsberg gorjeó y desapareció bajo el agua.

Y Gillian quería que estuviera bien.

Dejando la sensatez a un lado, se dio la vuelta. Devolvió sus pasos hasta la playa, sin dejar de mirar a un lado y a otro, e hizo uso de su visión periférica para comprobar que no había rastro de Tommy.

Podía lograrlo. Podía sacar a Ellsberg del agua y aun así conseguir la victoria. Ser despiadada, pero también compasiva.

Se metió en el agua y aguantó el frío punzante.

Nadó con determinación hacia el punto en el que Ells había desaparecido.

Notaba que el agua le golpeaba en los oídos, pero poco a poco comprendió que era el sonido de su propio corazón.

Cada latido marcaba la cuenta atrás, el sonido de Tommy acercándose.

Abrió los ojos bajo el agua. No veía el fondo, pero sí pudo distinguir una forma oscura que se agitaba: un chico con mocasines de cuero, arañando el agua en vano, como si estuviera atrapado en un pedazo de ámbar.

«Ellsberg, idiota, deberías haberlo sabido». Sebastian conocía perfectamente a sus concursantes. Sus fortalezas, sus miedos, sus debilidades. «Seguro que estaba al corriente de que no sabías nadar».

Se zambulló hacia el fondo.

Pataleó con fuerza envuelta por el agua.

Con los brazos extendidos, se lanzó hacia Ellsberg y cerró los dedos sobre su chaqueta tupida: el chico era ya un peso muerto.

Tiró de él, pero no conseguía acercarse a la superficie.

Le ardían los pulmones. El agua se había convertido en una presencia, un monstruo al que le traía sin cuidado que ella ganara el Certamen, que viviera o que muriera.

Tiró con más fuerza. Notaba cómo se le elongaban los músculos, cómo sus huesos parecían desencajarse de las articulaciones.

Ellsberg forcejeaba y, con cada movimiento, conspiraba para hundirlos más.

Menudo imbécil. Este crío inútil los iba a matar a los dos.

Ellsberg se libró de la chaqueta.

Quedó suspendido un instante, como si fuera un cuerpo ingrávido, flotando con entusiasmo.

Gillian lo agarró del brazo y de nuevo trató de alcanzar la luz.

La presión la impulsaba hacia la superficie, ansiosa por respirar y por conseguir la victoria.

Había luchado mucho para poder tener aquella oportunidad; se había pasado meses entrenando, demostrando ser más lista que todos los genios a los que se enfrentaba.

Ellsberg no iba a detenerla. Ni por asomo.

Salieron a la superficie, jadeando. Ellsberg se aferraba a ella, como una foca ansiosa y torpe por alcanzar la playa.

Con los músculos ardiendo, Gillian lo arrastró hasta la arena.

Juntos se tambalearon hasta la orilla. El chico se desplomó de inmediato, tosiendo y escupiendo agua, pero Gillian siguió en pie: algo más poderoso que el agotamiento la empujaba de nuevo hacia la red.

—Lo siento —consiguió articular Ellsberg.

Aquellas palabras no le sirvieron de consuelo. Gillian se repetía una y otra vez que había hecho lo correcto. Se decía que ahora que Ellsberg estaba a salvo podría dejar de pensar en él. Pero el problema no era Ellsberg, sino alguien a quien no veía.

Volvió a agarrarse a la red. Ahora ya sabía cómo tenía que hacerlo.

Enseguida coronó el ascenso y dejó atrás el entramado de cuerdas.

Sin perder ni un segundo, echó a correr hacia la cueva.

Luces multicolores parpadeaban en el fondo de profundas cavidades abiertas en la pared, convirtiendo el túnel en un torbellino psicodélico.

El viento aullaba. Figuras indistinguibles se retorcían en la oscuridad.

A pesar de todo, Gillian siguió corriendo.

Los músculos le ardían, los pies le dolían, pero ella seguía corriendo.

Y entonces se detuvo.

El túnel se bifurcaba. Al final de cada ramal había una puerta lisa, sin ninguna marca: dos opciones idénticas. Nada indicaba que alguien hubiera pasado ya por allí: el suelo estaba impecable, salvo por algo que brillaba justo donde el camino se bifurcaba. Eran tres cajas con etiquetas absurdas:

RAL ANA

API SEÑE QUEPA

GARN SE NELDA

Anagramas. No eran difíciles, por lo que Gillian casi se sintió decepcionada.

Buscó la respuesta en las letras y su gesto se agrió.

Sebastian se creía muy ingenioso a la hora de poner apodos a los concursantes.

Ellsberg, La rana. Tommy, El gran danés.

Y a Gillian, a veces, la llamaba su «pequeña sepia», un pez camaleónico, capaz de ver el futuro incluso antes de nacer, según defendían algunos científicos. No soportaba que la llamaran así.

Se arrodilló y abrió la caja que le correspondía.

Dentro había dos llaves maestras que se complementaban.

La de la izquierda formaba un cuadrado con la tija.

La de la derecha, un hueco que se enganchaba sobre ese cuadrado, aunque el espacio no permitía separarlas sin ser manipuladas.

Llaves del Diablo. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo, pero no a causa de la humedad que le calaba los huesos.

Sebastian conocía sus puntos débiles. A Gillian siempre le había costado resolver los rompecabezas tridimensionales.

La sacaban de quicio las piezas que costaban de encajar y desencajar.

Pero enseguida descubrió dos cerraduras en el falso fondo de la caja y no tardó en adivinar que las llaves solo funcionarían si las giraba al mismo tiempo.

Tras esos cierres debía de estar la respuesta que necesitaba. ¿Qué túnel debía elegir?

Se enderezó y ladeó la cabeza al oír algo a sus espaldas. Le pareció que eran voces, pero no conseguía distinguir lo que decían. Tommy ya debía de haber llegado a la playa. No le quedaba tiempo que perder.

Se concentró en el rompecabezas. Cerca del extremo de la tija, la llave izquierda (la que tenía la protuberancia) tenía una ranura lo bastante estrecha como para encajar con las muescas de la llave derecha y permitirle el paso.

Pero esa ranura quedaba fuera del cuadrado que atrapaba la otra llave.

Había que mover una alrededor de la otra.

Pero ¿cuál? ¿Y en qué dirección? Como la llave que daba más juego era la derecha, empezó por ahí.

La giró hacia la ranura, pero los dientes de la llave izquierda eran tan estrechos que le impidieron el paso.

Probó hacia el otro lado: igualmente inútil.

El cuadrado de la izquierda estaba atrapado con metal grueso. ¿Cómo iba a separarlas?