El certamen 1
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El certamen

El certamen

Por Jeff Macfee

© inepub.com

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Un largo panel blanco descendió hasta encajar en su sitio, bloqueando el pasadizo. Desde arriba, una imagen se proyectó sobre su superficie.

Cuatro concursantes ocupan una sala.

Tommy resuelve un laberinto.

Ellsberg juega al ajedrez.

Leah decora unos vaqueros con lentejuelas.

¿Qué está haciendo Gillian?

Gillian Charles leyó el acertijo tres veces.

Las trenzas que su madre le había hecho con tanto esmero se habían deshecho y ahora el pelo le caía sobre la cara.

Su camisa a cuadros verdes y negros presentaba múltiples agujeros y, en sus vaqueros de campana, un desgarrón le dejaba al descubierto las rodillas ensangrentadas.

Iba descalza porque había perdido las zapatillas en algún rincón del laberinto.

Pero hoy el aspecto no importaba, al menos, no a ella.

«¿Qué está haciendo Gillian?».

Un instante de pánico. La pregunta era más difícil de lo que esperaba.

Pensó en cada una de las decisiones que había tomado durante el concurso, en cada uno de los enigmas que había resuelto, en los rompecabezas que había descifrado...

¿Y si había malinterpretado las respuestas?

Su madre siempre le decía que se precipitaba, que no se paraba a pensar las cosas.

Tal vez había acabado en un callejón sin salida.

No, solo era Míster Rompecabezas, el maestro de los acertijos, en todo su esplendor; Sebastian poniéndola a prueba para ver si conseguía hacerla dudar de sus capacidades. La respuesta era obvia.

—Jugando al ajedrez con Ellsberg —dijo.

El panel se alzó y pudo avanzar, pero de inmediato otro le bloqueó el camino.

¿Qué cosa pasa por tu barrio, va hasta el aeropuerto

y te ha traído hasta aquí sin moverse nunca?

—La carretera —contesta.

Gillian mira al sur.

Leah mira al norte.

Pueden verse sin espejos.

¿Cómo es eso posible?

—Están cara a cara.

Más obstáculos. Panel tras panel.

—La letra M.

—La puerta con el león.

—Tira del tapón.

El asalto continuó. Con cada pregunta, Gillian se sentía más segura, con más agudeza.

Cada vez era más probable que ganara el Certamen Extraordinaire.

El pasadizo se transformó en una desagradable tubería de hierro fundido.

El techo le quedaba a más de dos metros de la cabeza y el agua se colaba por las rejillas de los desagües, acumulándose hasta la altura de sus tobillos.

Y no estaba sola. Delante chapoteaba un chico enclenque de pelo pajizo, vestido con americana, polo y pantalón corto, con una mancha púrpura de nacimiento visible bajo su pelo fino.

Era Mr. Peanut, la conocida imagen de los cacahuetes Planters hecho persona.

Martin Ellsberg vivía en un parque de caravanas a las afueras de Mobile, Alabama, donde su aspecto extraño le había valido más de un golpe.

Pero era duro. Pese a las pruebas del Certamen, había conseguido conservar sus mocasines de cuero, los zapatos más ridículos que Gillian hubiese visto jamás.

Había resuelto su último enigma tres segundos antes que ella, así que más le valía no subestimar a Ells —y su fingido acento alemán— si no quería abandonar el concurso en una camilla.

Aun así, al no ver por allí a ningún otro concursante, Gillian se relajó.

Iba con ventaja y no le costaría batir a Ellsberg en una carrera.

Él se sobresaltó cuando la vio acercarse a la carrera, pero enseguida recuperó la compostura.

Hicieron su saludo secreto —palma, contrapalma, codos, puño— y se encaminaron juntos hacia el túnel.

—En el último acertijo —dijo Ellsberg— deberías haber subido más rápido por la escalera.

—¿Has subido por la escalera? Interesante.

Él frunció el ceño.

—¿Tú qué has hecho?

Gillian no respondió. Se sacó unos M tenía los suyos cubiertos de chocolate y pedacitos de cacahuete. Ellsberg hizo una mueca de asco, pero no pudo sostenerla y enseguida rompió a reír. Mientras los dos se desternillaban, una nueva voz resonó en el túnel.

—Daos prisa. Estáis perdiendo.

El buen humor abandonó el cuerpo de Gillian. Había dejado que la amistad se interpusiera en la competición, dando por sentado que no perdería, pero ya lo estaba haciendo.

Corrieron por el túnel.

Tommy Kundojjala estaba de pie en el borde de la tubería.

El agua caía a su alrededor, formando una cascada de nueve metros de altura.

Era todo un gallito. A pesar de ser bajo y fornido, y de no tener motivos para ser popular, lo era.

Tenía una voz aguda y chirriante, además de un ojo vago.

Llevaba una camiseta de Hannah Montana que todavía seguía impecable.

No le costaba ganarse a la gente. Saludaba como un presidente, o como si fuera alguien famoso.

Y era listo: había conseguido el mejor tiempo en la prueba clasificatoria del Certamen.

El tesón le venía de familia. Sus padres habían abandonado el estado indio de Odisha en busca de una vida mejor, primero en Londres, y, más adelante, en Estados Unidos.

Ahora todos vivían allí, en un apartamento destartalado a las afueras de Chicago: Tommy, sus seis hermanos y dos tías.

Necesitaba ganar el Certamen tanto como Gillian.

Pero ella estaba decidida a llevarse el premio.

Gillian se acercó a Tommy y se saludaron con su ritual secreto.

Luego se adelantó hasta el borde y se quedó allí, inmóvil, mientras el agua helada de la cascada corría entre sus tobillos desnudos.

Aquella era una de las muchas tuberías que alimentaban el lago oscuro que se formaba en la base de esa gruta monumental.

Al otro lado del agua, a los pies de un acantilado imponente, le pareció distinguir una playa y, más arriba, la entrada siniestra de una cueva.

No había escalera, ni puente; solo un camino descendente.

Aquella era la meta, o al menos estaba muy cerca.

Lo presentía. Pero Tommy aún no había saltado, y eso la ponía nerviosa.

Hasta entonces, los movimientos que había ido haciendo durante el Certamen le habían parecido un misterio imposible de descifrar.

A su izquierda, su amigo le sonrió, mostrándole sus dientes deslumbrantes.

—¿Lista, Gil? —Su voz insinuaba que sabía que no lo estaba—. Es bastante alto.

—Lista.

Estaban hombro con hombro. Ellsberg se movía con nerviosismo unos pasos por detrás. Tommy lanzó una mirada a los pies descalzos de Gil.

—¿Tu madre no se va a enfadar cuando vea que has perdido los zapatos?

—Los conseguí en objetos perdidos, en el centro cívico. Los míos están en casa.

—Vaya suerte.

—¿Suerte? Son de segunda mano. A mi madre casi le dio un ataque cuando los compré. Según ella, no me sujetaban bien el tobillo. —Y entonces Gillian imitó la voz de su madre—: «Yo te habría comprado unos nuevos». —Suspiró—. Y seguro que lo habría hecho, claro. Así que ni hablar.

—Tu madre me cae bien. Le pediré disculpas después de ganarte.

Se creía muy gracioso. Y en cierto modo lo era, pero Gillian no pensaba reconocérselo. Se limitó a sacar otro M&M’s del bolsillo y masticarlo de forma exagerada. Una lenta sonrisa se dibujó en el rostro de Tommy al reconocer el sonido característico de los dulces que le había regalado.

—Habláis demasiado —intervino Ellsberg desde atrás—. Vamos, saltad de una vez.

—¿Tienes prisa por librarte de mí, Ells?

—No. —Ellsberg hablaba con una intensidad extraña—. Solo digo que estás cagado.

Al principio, los dos chicos habían chocado —más por la actitud de Ellsberg que por la de Tommy—, pero durante las pruebas clasificatorias se habían ido acercando, igual que Gillian y Leah.

Haber resuelto los mismos acertijos y provenir de entornos difíciles los había convertido en amigos, además de en rivales.

Los saludos secretos, las pulseras de goma a juego...

Se divertían, siempre que nadie mencionara qué ocurriría el último día, cuando solo quedara uno.

Tommy mantuvo el tipo.

—No lo estoy.

—Sí que lo estás. Estás muerto de miedo. Se te nota. No vas a saltar.

—Puedo saltar cuando quiera. Solo dame un segundo.

—No digas tonterías. Todavía seguirás aquí cuando gane.

Tommy alzó la voz: