EL CEO OBCESIONADO CON SU EXEMPLEADA EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #8
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EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #8

Ahí mismo, subiéndole el vestido blanco sin importarle el viento de la playa, la tomó por las caderas con una fuerza salvaje.

La penetró de golpe, marcando el inicio de su compromiso con una embestida rítmica y profunda que hizo que Eliza gritara de placer bajo las estrellas, entregándole su cuerpo y su futuro al hombre que la había conquistado a base de poder, sexo y obsesión.

La boda se celebró en la más estricta opulencia y, al regresar a la ciudad, Eliza retomó el puesto que había dejado catorce años atrás, pero ahora bajo condiciones completamente distintas.

Ya no era solo la asistente ejecutiva más brillante del país; era la esposa del dueño, su propiedad legal y su sumisa absoluta dentro de las altas paredes de cristal de la corporación.

Tenerla a su merced en la oficina encendía la ninfomanía de Damián a niveles adictivos. La dinámica de jefe y asistente, mezclada con la cruda intensidad sexual que compartían, convirtió el piso presidencial de la torre corporativa en su patio de juegos privado.

Damián impuso una regla estricta para el código de vestimenta de su esposa en el trabajo: faldas sastre, siempre cortas y ajustadas a sus curvas, combinadas con tacones altos.

-Te da un aire impecable de oficina, Eliza -le decía él por las mañanas, mientras la observaba vestirse en la mansión, recorriendo con sus manos sus muslos-. Pero lo mejor de todo es que me da el acceso más rápido y perfecto a tu coño cada vez que decida que necesito comer de ti.

Un martes a mitad de la tarde, mientras Eliza le presentaba un informe de auditoría en su enorme escritorio de caoba, Damián simplemente no pudo contenerse.

Los celos de haberla visto interactuar con los directores de la junta esa mañana lo tenían tenso.

Se levantó de su sillón de piel, caminó hacia la puerta principal de la oficina y le pasó el cerrojo de alta seguridad.

Eliza sabía perfectamente lo que significaba ese clic metálico. Su respiración se aceleró y sus jugos comenzaron a empapar su lencería de encaje.

-Olvida el informe -ordenó Damián con voz ronca, tomándola de la cintura y sentándola directamente sobre el escritorio, apartando las carpetas y la computadora.

Sin perder tiempo, Damián levantó la falda sastre de Eliza hasta su cintura.

Al descubrir que no llevaba medias, sino ligueros que exponían la piel tersa de sus muslos, los ojos del CEO se oscurecieron por completo.

Abrió las piernas de Eliza de par en par, obligándola a recostarse hacia atrás sobre la madera pulida del escritorio.

Damián se arrodilló entre sus piernas, rompiendo la fina tela de su tanga de un solo tirón para dejar expuesta su intimidad, que ya brillaba por la lubricación natural.

-Mmm… estás completamente empapada para mí, mi amor -susurró Damián, deleitándose con la vista de su perfecto coño.

Sin más preámbulos, hundió el rostro entre sus piernas.

Su lengua comenzó a lamerla desde la base de su feminidad hasta su clítoris con una desesperación hambrienta.

Eliza soltó un gemido alto que rebotó en los cristales insonorizados de la oficina, arqueando la pelvis para presionar su intimidad directamente contra la boca de su esposo.

Damián la devoraba con una técnica salvaje, usando sus dedos por dentro para abrirla más y succionando su clítoris con fuerza.

El placer en la oficina, con el riesgo constante de estar a unos metros de sus empleados, llevó a Eliza al límite en cuestión de minutos. El calor en su vientre se volvió una presión insoportable.

-¡Damián, me voy a venir… ahí en tu boca! -gimió Eliza, enterrando las uñas en los hombros del saco de su esposo.

Damián incrementó el ritmo de su lengua, atrapando los espasmos de su clítoris.

El cuerpo de Eliza tembló de forma violenta y un squirt abundante y caliente brotó a presión de su intimidad, salpicando los labios de Damián y los papeles del escritorio.

Eliza gritó de placer, entregándose al orgasmo más intenso del día.

Damián levantó el rostro, relamiéndose el fluido de su esposa con una sonrisa dictatorial.

Mientras ella aún temblaba por el clímax, él se desabrochó el pantalón, acomodó las piernas de Eliza alrededor de su cuello y se hundió en ella de un solo golpe, penetrándola profundamente en su coño hirviente.

El vaivén rítmico y húmedo continuó durante el resto de la tarde, demostrando que ahora que la tenía como esposa y asistente, el imperio entero se regía bajo el ritmo de su propia lujuria.

La tarde avanzaba y el piso presidencial seguía sumido en un absoluto aislamiento.

El sonido de las embestidas de Damián contra el cuerpo de Eliza dictaba el verdadero ritmo de la corporación.

Completamente enterrado en su coño hirviente y empapado, el CEO mantenía una mano firme sobre la nuca de su esposa, obligándola a besarlo, devorándole la boca mientras la poseía con una cadencia brutal y constante.

-Nadie más va a tocarte, Eliza -le gruñía entre beso y beso, con la voz rota por la excitación-. Nadie más sabe lo que es tenerte así de abierta, gimiendo en mi escritorio. Eres mi asistente, mi esposa, mi puta personal.

Eliza solo podía responder con gemidos ahogados que morían en los labios de su dueño.

La combinación del roce rítmico de los muslos, el aroma a sexo que inundaba la oficina y la profundidad con la que Damián la reclamaba la mantenían en un trance de puro placer.

El borde del escritorio de caoba crujía bajo el peso de ambos cuerpos chocando de forma húmeda y rítmica.

Aprovechando que Eliza estaba completamente vulnerable y entregada, Damián la giró con un movimiento rápido y dominante.

La obligó a ponerse a cuatro patas sobre la madera del escritorio, manteniendo las manos apoyadas al frente, cerca de la computadora.

Desde esa posición, la falda sastre quedaba completamente recogida sobre su espalda, exponiendo sus glúteos marcados y su intimidad, que destilaba una mezcla de sus propios jugos y el flujo del orgasmo anterior.

Damián se paró justo detrás de ella. Se deleitó un segundo contemplando la vista de su perfecto coño totalmente dilatado y brillante. Sin una gota de piedad, la penetró por detrás de un solo golpe seco.

-¡Ahhh! -Eliza soltó un grito agudo, arqueando la espalda por completo. La penetración desde ese ángulo era tan profunda que sentía el miembro de Damián golpear el fondo de su vientre con cada impacto.

Damián la tomó por las caderas con dedos firmes, dejando marcas rojas sobre su piel clara, y comenzó un vaivén frenético y despiadado.

Con cada embestida, la lencería rota y los ligueros se sacudían rítmicamente.

Eliza sentía que el clímax ascendía de nuevo con una velocidad alarmante; su clítoris hipersensible rozaba con la madera del escritorio a cada movimiento, llevándola de regreso al abismo de la estimulación total.

La ninfomanía de la pareja se retroalimentaba. Damián incrementó la velocidad, dándole nalgadas firmes que dejaban la piel de Eliza caliente y encendida, espoleando sus propios celos y su necesidad de marcarla.

-¡Me vengo contigo, Eliza! ¡Acuérdate de quién eres! -rugió Damián, perdiendo el control por completo mientras sentía los espasmos vaginales de ella empezar a estrujarlo.

-¡Damián, sí… tómame entera, soy tuya! -gritó ella, entregándose por completo.

Las paredes de su coño se contrajeron en un calambre masivo y violento.

Un nuevo squirt brotó a presión de su intimidad, bañando la base del miembro de Damián justo cuando él soltaba un gemido ronco, hundiéndose al máximo para vaciar una densa y hirviente descarga de semen dentro de ella.

Sus cuerpos se mantuvieron unidos por varios minutos, temblando sobre el escritorio presidencial, rodeados de papeles desordenados y fluidos, confirmando que la cima del éxito corporativo se celebraba bajo las reglas de su propia y salvaje lujuria.

El nacimiento de las trillizas no hizo más que consolidar el imperio de obsesión que Damián había construido alrededor de Eliza.

A sus 36 años, y tras un embarazo que la hizo lucir más imponente y voluptuosa, Eliza se convirtió en madre de nuevo.

La mansión ahora albergaba tres cunas en una lujosa guardería privada, pero ni la llegada de las bebés logró aplacar la ninfomanía y el deseo posesivo de Damián; al contrario, la maternidad de Eliza encendió en él un orgullo dictatorial.

Ella le había dado herederas, uniendo su sangre a la de él para siempre.