EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #7
El apetito de Damián era insaciable. Un par de horas después, mientras ella intentaba relajarse en el enorme baño principal de la suite, sumergida en la tina de hidromasaje, la puerta se abrió de golpe.
Damián entró, despojándose del saco y la camisa con desesperación, con los ojos oscuros fijos en la silueta de Eliza bajo el agua.
Se metió en la tina sin importarle el agua que se desbordaba por el piso de mármol.
La tomó por la cintura, obligándola a ponerse de rodillas frente a él.
La tensión sexual en el baño era sofocante, mezclada con el vapor.
Damián la tomó por el cabello con suavidad pero con firmeza, guiándola, obligándola a someterse a sus deseos más oscuros, antes de voltearla y volver a follarla contra los azulejos húmedos, en un ritmo frenético que la dejó sin aliento, gritando su nombre en medio del eco del agua.
Eliza se había transformado. La asistente perfecta y la madre de familia abnegada habían muerto; ahora era la mujer de un titán, adicta a la adrenalina de ser reclamada en cualquier rincón: en la biblioteca sobre los libros de derecho, en el piso de la cocina antes de la cena, o en el balcón bajo las estrellas de la ciudad.
Damián la celaba de su propio pasado, del recuerdo de su hijo y de Mateo, y usaba el sexo como la herramienta definitiva para marcar su territorio y borrar cualquier rastro de su vida anterior.
A sus 35 años, Eliza vivía en un torbellino de pecado, lujo y sumisión voluntaria, completamente devorada por la pasión de un CEO que no conocía el límite entre el amor y la obsesión absoluta.
La sumisión de Eliza ya no era solo mental, era una adicción biológica que Damián alimentaba con una devoción carnal y obsesiva.
Entre todas las formas en que él reclamaba su cuerpo, el sexo oral se convirtió en un ritual de adoración y control que los hundía durante horas en sábanas empapadas.
A Damián le excitaba la idea de tenerla completamente a su merced, devorando la parte más íntima de la mujer que persiguió por catorce años hasta hacerla perder el sentido de la realidad.
Una noche, tras regresar de una exclusiva cena donde los celos de Damián se habían encendido al ver a otros empresarios mirándola, el CEO no esperó a llegar a la cama.
Enormes ventanales daban hacia las luces de la ciudad desde la recámara principal.
La empujó suavemente sobre la alfombra de felpa, abriendo sus piernas de par en par.
-Mírame, Eliza -ordenó Damián, arrodillándose entre sus muslos-. Quiero que veas quién te hace suya.
Damián hundió el rostro en su entrepierna sin preámbulos.
Su lengua, experta y despiadada, comenzó a delinear su clítoris con una presión firme y constante que hizo que Eliza arqueara la espalda al instante, enterrando los dedos en el cabello de él.
La lengua del CEO se movía con un ritmo hipnótico, alternando succiones profundas con lamidas rápidas que hacían vibrar los muslos de ella.
Eliza jadeaba, con la respiración entrecortada, atrapada en el clímax que ascendía de golpe.
Pasaron las horas y Damián no se detenía.
Sabía exactamente cómo arrastrarla al borde del abismo y retenerla ahí.
Con sus dedos de una mano enterrados en su cadera para fijarla contra el suelo y los de la otra estimulándola por dentro con un vaivén salvaje, su lengua continuó devorando su coño, empapándose por completo de sus jugos.
El calor en la habitación era sofocante. Eliza sentía una presión inmensa acumulándose en su vientre, una oleada de placer líquido que ya no podía contener.
-¡Damián, por favor… ya no aguanto! -gimió ella, con la voz rota, la cabeza echada hacia atrás.
Como respuesta, él intensificó las embestidas de sus dedos y succionó con más fuerza.
Fue el detonante. El cuerpo de Eliza se tensó por completo, sus músculos vaginales se contrajeron en un espasmo violento y un squirt abundante y ardiente brotó con fuerza de su intimidad, empapando el rostro de Damián y la alfombra debajo de ellos.
Eliza gritó, sacudida por un orgasmo tan devastador que la dejó temblando, con la mente en blanco.
Damián levantó la vista, con los labios brillantes y el rostro salpicado por el fluido de ella, luciendo una sonrisa oscura de absoluta satisfacción.
No le dio tiempo de recuperarse. Mientras ella aún jadeaba por el impacto del orgasmo, él se posicionó sobre ella, acomodó sus piernas sobre sus hombros y la penetró de un solo golpe, hundiéndose profundamente en su coño sumamente lubricado y caliente.
El eco de los cuerpos chocando rítmicamente y los gemidos de Eliza llenaron la mansión durante el resto de la madrugada, consolidando una pasión salvaje de la que ninguno de los dos quería despertar.
El amanecer comenzó a teñir los ventanales de la mansión, pero dentro de la suite el tiempo seguía suspendido en el sudor, la lubricación y el aroma del sexo crudo.
Damián no se conformaba con un solo orgasmo; su ninfomanía, exacerbada por los celos de saber que ella había pertenecido a otro hombre en el pasado, lo empujaba a querer dejarla exhausta, vacía de cualquier recuerdo que no fuera él.
Con cada embestida profunda dentro de su coño sumamente dilatado y empapado, Damián la obligaba a mirarlo. Sostenía sus manos firmemente contra la cabecera de la cama, estirando sus brazos y dominando por completo su peso.
-Dime de quién eres, Eliza -le exigía con la voz ronca, acelerando el ritmo, golpeando su pelvis contra la de ella en un eco húmedo y rítmico que resonaba en la habitación.
-Tuya… soy tuya, Damián… -gemía ella, con los ojos entreabiertos, completamente ida por la estimulación constante.
El vaivén salvaje de Damián frotaba su pubis directamente contra el clímax hipersensible de Eliza, que no había terminado de recuperarse del squirt anterior.
La fricción constante, sumada a la profundidad de la penetración, volvió a acumular esa tensión líquida y abrumadora en el vientre de ella.
Eliza comenzó a sacudir la cabeza, apretando las piernas alrededor de la cintura del CEO, buscando inconscientemente más presión.
-Me voy a venir… otra vez, Damián, me voy a venir… -advirtió en un grito ahogado.
Damián, lejos de frenar, hundió los dedos en sus glúteos, levantándole un poco más la cadera para clavarse al máximo y embistió tres veces con fuerza bruta, buscando deliberadamente su punto más profundo.
El espasmo fue inmediato y aún más violento que el primero.
El cuerpo de Eliza se arqueó por completo, sus paredes vaginales se estrujaron alrededor del miembro de Damián y un nuevo y abundante squirt brotó a presión, salpicando las sábanas de seda y el vientre de ambos.
Al sentir la oleada ardiente de Eliza contra su piel y la presión extrema de su orgasmo, Damián llegó a su propio límite. Soltó un gruñido salvaje y terminó de hundirse en ella, derramando una densa y caliente descarga de semen en lo más profundo de su vientre.
Ambos cayeron sobre la cama, respirando con dificultad, con los cuerpos sudorosos y pegajosos, conectados aún por la intimidad.
Damián se recostó a su lado, atrayéndola bruscamente hacia su pecho, posesivo incluso en el cansancio, mientras Eliza se acurrucaba contra él, completamente sometida al placer de su dueño.
Cuatro meses después de que el mundo de Eliza se fracturara por completo, el divorcio de Mateo fue finalmente firmado.
Mateo no peleó por bienes ni por dinero; firmó los papeles en un silencio digno y doloroso, con el corazón roto pero con la frente en alto, quedándose con la custodia total de su hijo de 14 años, quien se negó rotundamente a volver a ver a su madre.
Para Eliza, el dolor del desprecio de su hijo era una sombra constante, pero el torbellino en el que Damián la mantenía sumergida no le dejaba espacio para el arrepentimiento.
Una vez que el CEO recuperó hasta el último centavo de su fortuna, aplastó a sus rivales y volvió a consolidarse en la cima del mundo empresarial, decidió que era momento de sellar su propiedad sobre ella de manera legal y definitiva.
No quería que fuera su amante; quería que el mundo entero supiera de quién era.
La propuesta de matrimonio no fue un acto de romance tradicional, sino una demostración de poder y posesión absoluta.
Damián la llevó en su jet privado a una isla exclusiva en el Caribe. Esa noche, en la terraza de una villa de lujo suspendida sobre el mar, la cena estaba servida. Eliza vestía un deslumbrante vestido blanco de diseñador, ceñido a sus curvas, que Damián le había ordenado usar.
A mitad de la noche, Damián se levantó de su asiento. No se arrodilló. Caminó hacia ella con esa elegancia dictatorial que la volvía loca, sacó un estuche de terciopelo negro y lo dejó sobre la mesa. Dentro brillaba un diamante de un valor incalculable, una joya imponente que reclamaba su dedo.
-Llegó el momento, Eliza -dijo Damián, tomándola de la barbilla para obligarla a mirarlo directamente a los ojos, con esa intensidad celosa que siempre lo acompañaba-.
Vas a llevar mi apellido. Firmarás este acuerdo y serás mi esposa ante la ley y ante el mundo.
No más pasado, no más dudas. Eres la mujer del dueño de todo esto.
Eliza miró el anillo y luego los ojos oscuros de Damián. El magnetismo y la sumisión que sentía por él la dominaron por completo.
-Sí, Damián. Quiero ser tu esposa -respondió ella, con la respiración contenida.
Damián esbozó una sonrisa de triunfo absoluto. Deslizó el anillo en su dedo y, sin esperar a que terminara la cena, la levantó de la silla con brusquedad, atrapado por su constante ninfomanía. La arrastró hacia el barandal de madera de la terraza, de cara al océano oscuro.