EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #6
El terror por la vida de su hijo de 14 años obligó a Eliza a tomar la decisión más difícil de su vida. Manteniendo la cabeza fría, miró a Damián a los ojos justo antes de que el adolescente se acercara por el pasillo.
-Está bien -susurró con la voz entrecortada, tragándose el orgullo-. No le hagas daño a mi hijo. Haré lo que quieras. Dime a dónde voy.
Damián esbozó una sonrisa de triunfo absoluto.
Le dio una dirección de un departamento exclusivo en la zona más privada de la ciudad y una hora para el día siguiente.
Eliza fingió sumisión, pero por dentro, el instinto de una madre herida ya estaba calculando cómo acabar con él de una vez por todas.
Sin embargo, el destino tenía preparado un giro completamente inesperado.
El Giro Inesperado
Los primeros días en el departamento de Damián fueron una tortura psicológica para Eliza.
Ella iba con la firme intención de encontrar el momento exacto para conseguir un arma, un veneno o cualquier oportunidad para eliminarlo y regresar con Mateo, quien seguía inconsciente y bajo estricta vigilancia médica en el hospital.
Pero Damián no era el mismo hombre impulsivo de hacía catorce años.
Sabía perfectamente cómo leerla. Comenzó a rodearla de un lujo desmedido, pero sobre todo, de una atención posesiva y desbordante que jugaba con su mente.
La trataba como la reina de un imperio que él estaba reconstruyendo solo para ella.
La verdadera fractura en la armadura de Eliza ocurrió en la intimidad.
Mateo siempre había sido un hombre dulce, predecible y sumamente cuidadoso en su matrimonio; su amor era cálido, pero rutinario.
Damián, en cambio, desató una intensidad erótica que Eliza jamás había experimentado.
En la cama, el ex CEO derrochaba una pasión dominante, salvaje y adictiva.
Se la follaba con una urgencia y una fuerza que la hacían perder el control de sus propios sentidos, llevándola a límites de placer que la hacían olvidar, por unas horas, el dolor, el hospital y la culpa.
Cada encuentro íntimo se convertía en una tormenta donde Damián reclamaba su cuerpo como suyo, y ella, para su propio horror secreto, empezó a ansiar esos momentos.
Con el paso de las semanas, el plan original de Eliza comenzó a desdibujarse en su mente.
El síndrome de Estocolmo y la innegable química sexual empezaron a distorsionar sus emociones.
Cada vez que Damián la tomaba contra la pared o la envolvía en las sábanas de seda, la figura de Mateo en la cama del hospital se sentía más lejana, más apagada.
Eliza se descubrió a sí misma mirándolo firmar documentos en la sala del penthouse, admirando la misma inteligencia implacable que antes la aterraba. El monstruo ya no le parecía tan monstruoso; le parecía magnético. Se estaba enamorando del hombre que había destruido su tranquilidad.
Una noche, después de un encuentro especialmente intenso que la dejó sin aliento en el pecho de Damián, él le acarició la espalda mientras la luz de la ciudad entraba por el enorme ventanal.
-Te lo dije, Eliza -susurró Damián, besándole la nuca-. Tu lugar siempre fue aquí, a mi lado. Ese mundo aburrido con Mateo nunca fue suficiente para una mujer como tú.
Eliza cerró los ojos, sintiendo un nudo de culpa, pero al mismo tiempo, una extraña paz.
Se abrazó más fuerte a él. Sin embargo, en el mundo exterior, el peligro no había desaparecido.
Su hijo de 14 años seguía esperando el regreso de su madre, y Mateo, contra todos los pronósticos médicos, acababa de abrir los ojos en la habitación del hospital, pronunciando el nombre de su esposa con las pocas fuerzas que le quedaban.
La red de mentiras y pasiones encontradas colapsó la misma tarde en que el pasado reclamó su lugar.
Mateo, impulsado por una fuerza que los médicos no lograron explicar, firmó su propia alta voluntaria.
Aún caminaba con dificultad, apoyado en un bastón y con el torso vendado, pero la desesperación por encontrar a su esposa y proteger a su hijo lo mantenía de pie.
Al mismo tiempo, el adolescente de 14 años, utilizando la agudeza mental que heredó de Eliza, había logrado hackear la ubicación del teléfono que su madre había encendido por descuido una noche.
Padre e hijo siguieron la señal hasta el exclusivo y blindado Penthouse en la zona más lujosa de la ciudad.
La Confrontación
La puerta doble del departamento se abrió.
Damián no estaba; había salido a una reunión de negocios, dejando a Eliza sola, envuelta en una costosa bata de seda negra, con el cabello ligeramente desordenado tras la sesión íntima de esa mañana.
Al girarse, se encontró de frente con las dos personas que solían ser su mundo entero.
Mateo entró arrastrando los pies, pálido, pero con los ojos encendidos. Detrás de él, su hijo la miraba con una mezcla de ansiedad y alivio.
-¡Eliza! Gracias a Dios estás bien… -alcanzó a decir Mateo, dando un paso cojo hacia ella con los brazos abiertos-. Vinimos por ti, mi amor. Vance nos está ayudando, tenemos un auto abajo, el monstruo no va a volver a tocarte…
Pero Eliza no corrió hacia sus brazos. Se quedó estática en medio de la opulenta sala de mármol. Dio un paso atrás, cruzando los brazos sobre su pecho, sosteniéndole la mirada a Mateo con una frialdad que congeló el aire.
-Mateo… no debiste venir -dijo ella, con la voz extrañamente firme, desprovista de la calidez de antes-. No voy a irme contigo.
Mateo se detuvo en seco, apoyándose pesadamente en su bastón. Parpadeó, como si no entendiera el idioma en el que ella hablaba.
-¿De qué estás hablando, Eliza? Te tiene amenazada, ¿verdad? ¿Dónde está el maldito de Damián?
Fue el hijo de 14 años quien dio un paso al frente, con los ojos llenos de lágrimas pero la mandíbula tensa.
Su mirada escaneó la habitación: las copas de cristal con restos de vino, la cama deshecha al fondo que se alcanzaba a ver por la puerta entreabierta, y el costoso perfume de diseñador que su madre emanaba.
-No está amenazada, papá -soltó el adolescente, con la voz rota por la traición-. Mírala. Mira este lugar. Las historias que me contaste de cómo ella lo odiaba… eran mentira.
El joven dio dos pasos hacia Eliza, clavándole una mirada cargada de un desprecio absoluto, rompiéndole el corazón en mil pedazos.
-Papá casi se muere en la autopista por su culpa. Yo pasé semanas llorando en el hospital pensando que nos iban a matar… ¿Y tú estabas aquí, revolcándote con él? Olvidaste a mi papá, nos olvidaste a nosotros por entregarte al hombre que intentó destruirnos. ¡Das asco, mamá!
Eliza sintió el impacto de las palabras de su hijo como una puñalada física, pero el deseo y la fascinación oscura que sentía por Damián ya habían echado raíces demasiado profundas en su mente.
Miró a Mateo, a quien ahora veía como un hombre débil, roto y predecible, un contraste absoluto con la fuerza salvaje y el poder dominante con el que Damián la poseía cada noche.
-Es mi decisión -sentenció Eliza, dándole la espalda a ambos para mirar el ventanal-.
Damián me da una vida que tú nunca pudiste darme, Mateo.
Con él soy una reina. Lo que pasó en el hospital fue un accidente…
Damián me ama, y yo lo amo a él. Váyanse de aquí antes de que regrese. Ya no soy tu esposa.
Mateo dio un paso atrás, sintiendo que el dolor de sus costillas no era nada comparado con la destrucción de su alma. La mujer por la que había estado dispuesto a morir ya no existía; Damián no se la había llevado por la fuerza, la había corrompido desde adentro, ganando la guerra definitiva.
Tomando a su hijo del hombro, quien lloraba de pura rabia y desprecio hacia su madre, Mateo dio la vuelta en silencio. Salieron del Penthouse, dejando a Eliza sola en su jaula de oro, atrapada en un amor maldito del que ya no quería escapar.
El lujo que rodeaba a Eliza en la inmensa mansión de Damián ya no era una jaula, sino el escenario de una entrega total y absoluta.
Al recuperar por completo su imperio financiero, Damián se había vuelto aún más poderoso, dictatorial y posesivo.
Pero esa dominación no se quedaba en las salas de juntas; se trasladaba con una fuerza salvaje a la intimidad, donde su naturaleza celosa y ninfómana consumía a Eliza a cualquier hora del día.
Para Damián, ella era su posesión más valiosa, el trofeo que le había costado catorce años de cárcel y que ahora reclamaba con una urgencia que rayaba en la locura. No había reglas, ni horarios, ni límites.
Una tarde, mientras Eliza caminaba por la imponente sala principal vistiendo un exclusivo vestido de seda que Damián le había comprado, escuchó el eco de sus pasos de sastre.
Él acababa de llegar de la oficina, con la mandíbula tensa por los celos irracionales que le provocaba el simple hecho de saber que otros hombres la miraban en la calle.
Sin mediar palabra, la tomó del brazo con una fuerza firme y dominante, acorralándola contra la gran mesa de mármol del recibidor.
-Eres mía, Eliza. Solo mía -siseó Damián en su oído, con la respiración acelerada mientras sus manos rasgaban sin piedad la costosa seda del vestido.
Eliza soltó un jadeo, pero no intentó huir.
Al contrario, el magnetismo oscuro de ese hombre la encendía.
Damián la levantó del suelo, sentándola sobre el borde frío del mármol, y la poseyó ahí mismo, con una embestida brutal, rápida y hambrienta que hizo eco en las paredes de la mansión.
Sus manos se clavaban en sus caderas, dejándole marcas que al día siguiente recordarían quién era su dueño.
Eliza se arqueó, enterrando las uñas en los hombros de su captor, entregándose por completo a ese placer violento que Mateo jamás fue capaz de provocarle.