EL CEO OBCESIONADO CON SU EXEMPLEADA EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #5
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EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #5

Al ver que su familia estaba a salvo, Mateo soltó un suspiro de alivio absoluto.

Miró de nuevo a Damián, cuya expresión de triunfo se desmoronó por completo al ver que Eliza misma lo había burlado.

Con un desprecio total, Mateo golpeó a Damián en el estómago, dejándolo caer de rodillas en el suelo, justo cuando los hombres de Vance y los agentes federales inundaban la habitación con las luces de sus linternas.

-Damián Corporation se acabó esta noche, señor -dijo el comandante del equipo táctico, colocándole las esposas de alta seguridad al CEO en el suelo-. Queda arrestado por secuestro agravado, extorsión y delitos financieros contra la federación.

Mateo guardó el arma y caminó a grandes zancadas hacia Eliza.

La rodeó con sus brazos a ella y al bebé en un abrazo desesperado, protector y eterno.

Damián, mientras era arrastrado hacia la salida por los agentes federales, miró hacia atrás por última vez, viendo cómo el mundo idílico que tanto odiaba y que intentó destruir, permanecía intacto, fuerte y completamente fuera de su alcance.

La pesadilla en las sombras había terminado. Eliza, Mateo y su hijo finalmente eran libres.

Catorce años en una prisión federal de máxima seguridad no curaron la mente de Damián; solo la volvieron más metódica, fría y peligrosa.

Mientras el mundo exterior cambiaba, él se había dedicado cada día, cada hora, a planificar su regreso.

Su imperio financiero se había desmoronado, pero el dinero que ocultó en paraísos fiscales antes de su caída seguía intacto, esperando por él.

Al cruzar las puertas de la penitenciaría, libre finalmente por una reducción de condena y un ejército de abogados corruptos, Damián no buscó recuperar sus empresas, ni sus mansiones, ni su estatus.

Su mente enferma seguía fija en el mismo objetivo que catorce años atrás le había costado la libertad: Eliza.

Para ella, el tiempo había pasado de una manera maravillosa.

A sus 35 años, Eliza lucía una madurez radiante, una belleza serena y segura.

Su hijo, aquel bebé de dos meses que Damián alguna vez intentó arrebatarle, era ahora un adolescente de 14 años, un joven despierto y fuerte que heredó los ojos de Mateo y la agudeza mental de su madre.

La familia vivía en una nueva ciudad, bajo un anonimato protegido que creían infalible... hasta que Damián pisó la calle.

El plan del ex CEO era simple pero letal. Sabía que mientras Mateo estuviera vivo, Eliza jamás miraría a nadie más. Mateo era su roca, el hombre que la había defendido con la vida. Por lo tanto, el primer paso en el tablero de ajedrez de Damián era sacar a Mateo del camino de manera definitiva.

El Acecho en la Ciudad

Era un viernes por la tarde. Mateo salía de su nueva oficina en el centro de la ciudad, un edificio corporativo donde ahora se desempeñaba como director de operaciones gracias al apoyo inicial que Vance les había brindado años atrás.

Caminaba hacia el estacionamiento subterráneo, hablando por teléfono con Eliza.

-Sí, mi amor, ya voy saliendo -decía Mateo, con una sonrisa en la voz-. Dile a nuestro hijo que compre las cosas para la cena, llego en veinte minutos. Te amo.

Mateo colgó y subió a su auto. Lo que no sabía era que desde una camioneta gris de vidrios polarizados, estacionada en el rincón más oscuro del sótano, unos ojos inyectados en obsesión seguían cada uno de sus movimientos.

Damián estaba en el asiento trasero. El cabello corto y salpicado de canas, las facciones más duras y una cicatriz tenue en la nuca -el recuerdo eterno del golpe que Eliza le propinó con la escultura de bronce- le daban un aire intimidante.

-¿El dispositivo está listo? -preguntó Damián a su chofer, un ex militar contratado en el mercado negro.

-Instalado en el eje trasero de su vehículo, señor. Cortará los frenos mediante una señal remota en cuanto entre a la autopista de alta velocidad. Parecerá un fallo mecánico. Un accidente trágico.

Damián esbozó una sonrisa macabra, acariciando una fotografía reciente de Eliza que sus investigadores habían tomado en el supermercado.

-Perfecto. Catorce años esperando este momento, Mateo. Disfruta tus últimos minutos de aire. Eliza por fin va a regresar al lugar al que pertenece.

Mientras tanto, en la casa de la familia, Eliza acomodaba los platos en la mesa.

Un repentino escalofrío, una opresión en el pecho que no sentía desde hacía más de una década, la hizo detenerse en seco.

Miró hacia la ventana del jardín. Su hijo de 14 años estaba en la sala, concentrado en su videojuego, riendo.

Todo parecía perfecto, pero el instinto de Eliza, ese que Damián temía tanto, se encendió como una alarma silenciosa.

El teléfono de la casa comenzó a sonar. Eliza caminó hacia él con el corazón latiéndole aprisa. Al levantar el auricular, no escuchó la voz de Mateo. Solo se escuchó una respiración pausada, pesada y terriblemente familiar.

-Hola, Eliza -resonó la voz aterciopelada y cínica de Damián desde el otro lado de la línea-. Ha pasado mucho tiempo. Me pregunto si ya estás lista para vestirte de sastre otra vez... porque tu vida de ama de casa está a punto de terminar.

Eliza sintió que el mundo se detenía bajo sus pies. El monstruo del pasado estaba libre, y el juego por la supervivencia de su familia había comenzado de nuevo.

El teléfono resbaló de los dedos de Eliza, golpeando el suelo de la cocina con un sonido sordo. La respiración de Damián seguía grabada en sus oídos como una maldición.

-¡Mateo! -gritó Eliza, reaccionando de golpe.

Marcó desesperadamente al celular de su esposo, una, dos, tres veces, pero la llamada iba directo al buzón.

El pánico la consumió. Corrió hacia las llaves de su auto, pero antes de que pudiera cruzar la puerta de la entrada, las sirenas de una ambulancia y las notificaciones de alertas locales en su teléfono celular estallaron.

Hubo un choque masivo en la autopista de alta velocidad.

El auto de Mateo, sin frenos, se había estrellado contra la contención a más de 120 km/h.

El Hospital

Tres horas más tarde, el pasillo del Hospital General era un desierto de luces fluorescentes y olor a antiséptico.

Mateo estaba en el quirófano de urgencias; el reporte médico era devastador: múltiples fracturas, trauma interno y un pronóstico reservado.

Había sobrevivido de milagro, pero estaba completamente fuera de combate, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Eliza estaba sentada en la sala de espera, con el rostro pálido y la mirada fija en las puertas batientes de la sala de cirugía. A su lado, su hijo de 14 años la abrazaba por los hombros, intentando mostrar una fortaleza que no tenía, con los ojos llorosos.

-Mamá, papá es fuerte, va a salir de esta -susurró el adolescente, apretando su mano.

-Lo sé, mi amor. Lo sé -respondió ella con la voz rota, aunque por dentro la culpa la carcomía. Sabía perfectamente que no había sido un fallo mecánico.

-Hijo, ve a la cafetería por un agua, por favor. Necesito respirar un segundo -le pidió Eliza, queriendo protegerlo de la tensión por unos minutos.

El joven asintió y caminó por el pasillo. En cuanto se quedó sola, el silencio de la sala fue interrumpido por el sonido rítmico de unos zapatos de diseñador sobre el piso de linóleo. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Eliza. Levantó la vista lentamente.

Ahí estaba él.

Catorce años después, Damián caminaba hacia ella con una tranquilidad macabra. Vestía un traje sastre oscuro e impecable, las manos metidas en los bolsillos. La cicatriz en su nuca se ocultaba bajo el cuello de su camisa, pero sus ojos oscuros, vacíos y obsesivos, eran exactamente los mismos.

-Vaya, Eliza… Apenas los años han rozado tu piel. Sigues siendo la mujer más hermosa que he visto -dijo Damián, deteniéndose a dos metros de ella, bloqueando la salida.

Eliza se puso de pie de inmediato. La furia contuvo sus lágrimas y su postura se volvió rígida, defensiva.

-Tú hiciste esto. Lo saboteaste. Eres un maldito psicópata, Damián. Voy a llamar a la policía ahora mismo.

Damián soltó una risa suave, casi paternal.

-¿A la policía? Por favor, Eliza, madura. El peritaje dirá que los frenos de Mateo fallaron por falta de mantenimiento de una pieza vieja. No hay huellas, no hay pruebas. Yo ya no soy el hombre impulsivo de hace catorce años. La prisión me enseñó a ser paciente… y perfecto.

Damián dio un paso al frente, acortando la distancia. Eliza retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. El ex CEO estiró la mano y, con la yema del dedo índice, tocó suavemente un mechón suelto del cabello de Eliza. Ella le apartó la mano de un manotazo, pero Damián ni parpadeó.

-Mateo está acabado, Eliza. Aunque sobreviva, tardará meses o años en volver a caminar, si es que lo logra. Estás sola. Pero mi oferta sigue en pie. Tengo millones esperándonos en el extranjero. Una vida de reina para ti.

-Prefiero morir antes que irme contigo -siseó Eliza con un odio puro.

La expresión de Damián se volvió gélida, desprovista de cualquier rastro de cortesía. Se inclinó hacia su oído, y su voz bajó a un susurro letal.

-No tienes opción. Porque si no vienes conmigo por las buenas esta misma semana, el próximo “accidente” no será para tu patético esposo.

Será para ese lindo jovencito de 14 años que acaba de ir a la cafetería.

Es idéntico a Mateo, Eliza… Sería una lástima que su vida terminara antes de empezar, ¿no crees?

Eliza sintió que el corazón se le congelaba.

Miró hacia el fondo del pasillo y vio a su hijo regresar con la botella de agua en la mano, ajeno a la presencia del monstruo que amenazaba su vida.

El dilema catorce años después era aún más terrible: para salvar a su hijo, Eliza tendría que caminar voluntariamente hacia la boca del lobo.