EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #4
Arrastrándose como pudo, llegó hasta la cuna de madera.
Levantó el colchón y el protector de tela acolchado.
Ahí, oculto entre los pliegues de la alfombra inferior, brilló el pequeño llavero metálico con el logotipo de la corporación de Damián.
Mateo lo tomó con dedos temblorosos. Al presionarlo, un diminuto diodo emisor de luz (LED) azul comenzó a parpadear de forma intermitente.
Era un rastreador GPS activo. Eliza no se había ido derrotada; le había dejado el hilo de Ariadna para ir por ella.
Mateo no lo dudó. Agarró su teléfono de la mesa de noche -el cual milagrosamente no había sido destruido por los hombres de Damián- y marcó el número directo de Adrián Vance.
A las 3:45 AM, el teléfono de Vance sonó tres veces antes de que el magnate respondiera con su habitual voz de barítono, desprovista de cualquier rastro de sueño.
-Espero que tengas una excelente razón para llamarme a esta hora, Mateo.
-Damián se la llevó -soltó Mateo, con la voz ronca pero firme-.
Entraron a mi casa con armas. Se llevaron a Eliza y al bebé.
Pero ella fue más inteligente que él. Le tendió una trampa.
Tengo un rastreador en tiempo real de Vance Holdings que ella activó.
Necesito tu equipo de seguridad ahora mismo, Vance.
Hubo un segundo de silencio absoluto al otro lado de la línea. Luego, se escuchó el crujido de las sábanas y el tono de Vance se volvió puramente corporativo y letal.
-Damián acaba de cometer el peor error de su vida.
El “Proyecto Actis” que Eliza mencionó es real, Mateo; mi equipo legal ya está procesando los datos que ella me dio ayer.
Si lo atrapamos con tu esposa retenida contra su voluntad, no solo destruiré sus empresas, lo meteré a una prisión de máxima seguridad para siempre.
Pásame la señal de rastreo. Mi equipo táctico pasará por ti a tu casa en diez minutos.
Mientras tanto, la SUV blindada se adentraba en los límites de una inmensa propiedad privada a las afueras de la ciudad.
Era la residencia de descanso de Damián: una fortaleza de arquitectura moderna, rodeada de altos muros de concreto, cámaras de circuito cerrado y guardias armados patrullando el perímetro.
El vehículo se detuvo frente a la entrada principal.
Damián bajó primero y, con una cortesía retorcida, le extendió la mano a Eliza para ayudarla a descender.
Ella lo ignoró por completo. Bajó por su propio pie, protegiendo el cuerpo de su bebé, que finalmente se había quedado dormido por el agotamiento del llanto.
Damián la guio a través de los opulentos pasillos de la mansión hasta llegar a una suite principal que parecía más una jaula de oro. Las ventanas de piso a techo estaban hechas de cristal templado insonorizado y daban hacia un jardín interior sin salida.
-Bienvenida a casa, Eliza -dijo Damián, cerrando la puerta doble tras de sí, mientras sus hombres se quedaban montando guardia en el pasillo-. Aquí tienes todo lo que necesitas para el niño. Ropa, pediatra privado a domicilio, la mejor comida. No te faltará nada.
Eliza dejó con suavidad al bebé en una lujosa cuna que Damián ya tenía preparada en la habitación -lo que demostraba que este secuestro había sido planeado con días de anticipación-. Luego, se giró para enfrentar al CEO. Su rostro no mostraba miedo; solo un profundo y absoluto desprecio.
-¿Crees que puedes comprar mi voluntad con esto, Damián?
-preguntó Eliza, cruzando los brazos-. Me trajiste por la fuerza.
Esto es un delito federal. En cuanto el servidor de Vance no reciba mi confirmación de seguridad en unas horas, el “Proyecto Actis” se liberará a los medios. Estás acabado y lo sabes.
Damián caminó hacia ella, deteniéndose a solo unos centímetros. Su rostro, aún con la marca del golpe que Mateo le había propinado, se contrajo en una mueca de obsesiva fascinación.
-Vance no moverá un solo dedo por ti, Eliza.
En el mundo de los negocios, todo tiene un precio -Damián sacó una tableta digital de su escritorio y se la mostró-.
Mientras veníamos hacia aquí, mis analistas le enviaron una oferta formal a Vance Holdings.
Le estoy cediendo el 40% de mis acciones de la filial de logística a cambio de su silencio y de que destruya cualquier respaldo que le hayas dado.
Vance es un tiburón, Eliza. Y los tiburones prefieren los miles de millones de dólares antes que jugar al héroe de una familia de clase media.
Eliza sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero mantuvo la mirada fija. Conocía a Vance, y sabía que Damián estaba subestimando una cosa: Vance no solo quería el 40% de sus acciones… quería destruirlo por completo para quedarse con todo el imperio.
Damián extendió la mano para acariciar una mejilla de Eliza, pero antes de que sus dedos rozaran su piel, las luces de la mansión parpadearon violentamente.
Un segundo después, las alarmas de intrusión del perímetro exterior comenzaron a aullar en la noche, tiñendo las paredes de la suite de un rojo frenético.
Damián se tensó, retrocediendo hacia la puerta.
-¿Qué demonios…? -murmuró, sacando su radio de comunicación-. ¡Seguridad! ¿Qué está pasando en la entrada principal?
La voz del jefe de seguridad civil llegó a través de la estática, llena de pánico y disparos de fondo:
-¡Señor! ¡Estamos bajo ataque! No es la policía… ¡Son tres unidades de asalto táctico pesado de Vance Holdings, y traen una orden de cateo federal por secuestro! ¡Están derribando el portón principal y vienen con el esposo de la mujer!
Eliza esbozó una pequeña sonrisa triunfal en medio de la luz roja de la alarma. Miró a Damián, cuyos ojos se abrieron desorbitados por primera vez al darse cuenta de que la red que había tejido para cazarla se había convertido en su propia ejecución.
La luz roja de las alarmas de emergencia bañaba la suite principal en un ambiente dantesco. A lo lejos, el eco de las detonaciones y el crujido del portón principal de la fortaleza indicaban que el equipo de Vance estaba barriendo la seguridad de Damián con precisión militar.
Damián, con el radio pegado a la oreja, escuchaba los gritos desesperados de sus hombres. La paranoia lo golpeó de frente: Vance no había aceptado el trato. Había usado la información de Eliza para conseguir una orden federal exprés y venía a quedarse con todo su imperio.
-¡Maldita sea! -rugió Damián, dándole la espalda a Eliza mientras caminaba hacia el escritorio para recuperar su arma-. ¡Tengo que sacarte de aquí antes de que…!
No pudo terminar la frase.
Eliza no iba a quedarse estática esperando a ser un peaje de negociación.
Aprovechando el segundo exacto en que Damián le dio la espalda, nublado por el pánico, sus ojos escanearon la habitación.
Sobre una mesa lateral descansaba una pesada escultura de bronce macizo.
Sin pensarlo dos veces, la tomó con ambas manos, acumulando toda la fuerza de la adrenalina y la furia de una madre acorralada, y la estrelló con brutalidad contra la nuca del CEO.
El golpe sonó seco. Damián soltó un quejido ahogado, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó pesadamente sobre el suelo de mármol, soltando el arma.
Eliza, respirando con agitación, dejó caer la escultura.
Corrió hacia la cuna, tomó a su bebé -que lloraba aterrado por el estruendo de las alarmas- y se encerró en el baño principal de la suite.
Al ser una mansión de alta seguridad, la puerta del baño era de madera sólida reforzada con un cerrojo de acero.
Pasó el seguro, se sentó en el suelo abrazando a su hijo y comenzó a arrullarlo en la oscuridad, esperando el desenlace.
Mientras tanto, el pasillo principal de la mansión se convirtió en una zona de guerra.
Mateo, vistiendo un chaleco táctico que los hombres de Vance le habían proporcionado a regañadientes, avanzaba justo detrás del escudo balístico de la unidad de asalto.
Su labio seguía partido y sus costillas gritaban de dolor, pero la rabia y el instinto de recuperar a su familia lo hacían inmune al sufrimiento.
Cuando el equipo táctico neutralizó a los últimos dos guardias que custodiaban la suite presidencial, Mateo no esperó a que colocaran las cargas de demolición. Se adelantó y, de una patada limpia cerca del cerrojo, empujó la doble puerta de la recámara, entrando con una pistola táctica en alto.
La habitación estaba en penumbras, rota solo por los destellos rojos de la alarma.
Lo primero que vio Mateo fue a Damián, quien comenzaba a incorporarse torpemente del suelo, con la cabeza ensangrentada y el rostro desfigurado por el dolor y la locura.
Al ver entrar a Mateo, el CEO soltó una risa ronca, estirando la mano hacia el arma que había quedado a unos centímetros de él.
-No vas a… salir vivo de aquí, infeliz… -escupió Damián, alcanzando la empuñadura de la pistola.
Mateo no lo pensó. Corrió los tres metros que los separaban y le propinó una patada brutal en la mano, enviando la pistola de Damián lejos, bajo la cama. Acto seguido, lo tomó por la solapa del abrigo y lo levantó, estrellándolo contra la pared.
-¡¿Dónde están?! -rugió Mateo, encajándole el cañón de su arma debajo de la barbilla-. ¡Habla, maldito, o te juro que aquí se termina tu imperio!
Damián, a pesar de estar superado y herido, lo miró con esos ojos oscuros cargados de una arrogancia moribunda.
-Mátame… Si lo haces, nunca sabrás dónde los escondí…
En ese momento, el sonido de un cerrojo metálico retraerse interrumpió la tensión de la habitación. La puerta del baño se abrió despacio.
-¡Mateo! -la voz de Eliza rompió el aire.
Mateo giró la cabeza. Eliza salió del baño, con el bebé sano y salvo entre sus brazos. Al ver a su esposo de pie, defendiéndolos, las lágrimas finalmente resbalaron por sus mejillas.