EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #3
Eliza sintió que el corazón se le salía del pecho, pero el pánico no la paralizó; la adrenalina de supervivencia se apoderó de ella. Corrió hacia la cama y sacudió a su esposo con desesperación.
-¡Mateo! ¡Mateo, despierta ya! -susurró con urgencia, tapándole la boca para que no gritara-. Están aquí. Los hombres de Damián están rompiendo las cerraduras. ¡Tenemos que sacar al bebé ahora!
La adrenalina borró cualquier rastro de sueño en Mateo. Al escuchar las palabras de Eliza, se incorporó de golpe, sintiendo cómo el miedo se transformaba en puro instinto de protección.
-Ve por el bebé -siseó Mateo, deslizándose fuera de la cama y buscando a ciegas el bate de béisbol que guardaba detrás del armario-. Cierra la puerta de su habitación por dentro. Voy a atrancar la entrada principal para ganarles tiempo. Sal por la ventana trasera, Eliza. No mires atrás. Corre.
Eliza no tuvo tiempo de replicar. Cruzó el pasillo en silencio, con el corazón golpeándole las costillas, y tomó a su pequeño de dos meses entre sus brazos.
El niño soltó un quejido leve, pero ella lo apretó contra su pecho, cubriéndole la boca con extrema delicadeza para ahogar cualquier llanto.
El crujido de la madera en la planta baja le indicó que el perímetro ya había sido violado.
Los hombres de Damián ya estaban adentro.
Abajo, Mateo empujó el pesado mueble del recibidor contra la puerta, pero un golpe seco y brutal desde el exterior astilló la madera.
No eran ladrones comunes; eran profesionales.
Dos hombres con chalecos tácticos pasaron a través de la ventana rota de la sala.
Mateo lanzó un golpe ciego con el bate, logrando derribar a uno, pero el segundo atacante lo golpeó con la culata de un arma en la costilla, tirándolo al suelo y dejándolo sin aire.
En la planta alta, Eliza abrió la ventana que daba al patio trasero.
Abajo, la caída era de poco más de dos metros sobre el pasto; peligroso con un bebé en brazos, pero su única opción.
Justo cuando ponía un pie en el marco de la ventana, la puerta de la habitación fue derribada de una patada, sacándola de quicio.
La luz de las linternas tácticas inundó el cuarto, cegándola. Pero no fue un guardia quien avanzó entre el polvo.
Fue el mismo Damián.
El CEO entró despacio, impecable a pesar de la hora, vistiendo un abrigo oscuro largo. Sus ojos brillaban con una locura fría y posesiva al verla acorralada contra el marco de la ventana. Detrás de él, dos guardias arrastraban a Mateo, herido y semiinconsciente, arrojándolo al suelo de la recámara.
-Terminó el juego, Eliza -dijo Damián, con una tranquilidad que helaba la sangre. Lentamente, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y extrajo una pistola escuadra negra, apuntando directamente a la cabeza de Mateo-. Baja de ahí. Ahora.
-¡Déjalo en paz, Damián! ¡Ya tienes lo que querías, ya me tienes aquí! -gritó Eliza, con la voz rota, abrazando con más fuerza a su bebé, que comenzaba a llorar por el ruido.
-Aún no tengo lo que quiero. Quiero tu absoluta sumisión -replicó Damián, dando un paso al frente, con el cañón del arma firme-.
Te di la oportunidad de hacer esto de manera civilizada.
Te ofrecí una salida dorada para este estúpido y para tu bastardo.
Pero decidiste jugar a la estratega con Vance. Decidiste desafiarme.
Damián quitó el seguro del arma. El clic metálico resonó como un trueno en la habitación.
-Tienes tres segundos, Eliza. Te subes a la camioneta conmigo por tu propia voluntad, o le vuelo la tapa de los sesos a tu querido esposo aquí mismo, frente a ti y a tu hijo. Y después, de todos modos, te llevaré conmigo. Uno… dos…
Eliza miró a Mateo en el suelo, quien intentaba levantar la mano hacia ella, murmurando un débil “no lo hagas…”.
Luego miró los ojos desorbitados de Damián, dándose cuenta de que el hombre que alguna vez admiró por su intelecto corporativo ya no existía; solo quedaba un monstruo obsesivo dispuesto a destruirlo todo.
Eliza miró el cañón del arma apuntando a Mateo y sintió el frío de la muerte rondando su habitación. El llanto de su bebé de dos meses se intensificó, llenando el espacio de una desesperación insoportable. Damián tenía el dedo en el gatillo, listo para decir “tres”.
Fue entonces cuando la mente de Eliza, entrenada bajo la misma frialdad implacable del mundo corporativo, encontró una última grieta en la armadura del monstruo.
-¿Tres? Adelante, Damián, dispara -dijo Eliza, cambiando mágicamente su tono de voz de pánico a una calma gélida y calculadora que descolocó por completo al CEO.
Ella dio un paso firme alejándose de la ventana-.
Dispárale. Pero en cuanto lo hagas, el servidor espejo que programé con Vance liberará de forma automática el archivo “Proyecto Actis” a la prensa internacional y a la junta de accionistas.
Damián se congeló. El dedo en el gatillo flaqueó un milímetro.
El “Proyecto Actis” era el secreto más oscuro de su corporación: un fraude multimillonario de desvío de fondos internacionales y sobornos gubernamentales que Eliza misma había ayudado a encubrir años atrás.
Si eso salía a la luz, las acciones de su imperio caerían a cero y él terminaría el resto de sus días en una prisión federal.
-Tú… tú destruiste esos respaldos en la oficina. Yo mismo te vi borrarlos -dijo Damián, con la voz perdiendo un ápice de su seguridad, sus ojos oscilando entre la furia y la paranoia.
-Te mentí, Damián. Siempre guardo una copia de seguridad -replicó ella, sosteniéndole la mirada con una sonrisa amarga, ganando valiosos segundos-.
Sabía exactamente quién eras. Sé que eres un cobarde que necesita armas y matones porque no soportas que una mujer te diga que no.
Mírame a los ojos: si Mateo muere, tú caes conmigo.
El ego y la mente estratégica de Damián entraron en un cortocircuito absoluto. Esos segundos de duda y desestabilización psicológica fueron la ventana que necesitaban.
Abajo, en el suelo, Mateo reunió las últimas fuerzas que le quedaban. Aprovechando que la atención de Damián estaba totalmente desviada hacia Eliza, Mateo se impulsó hacia adelante con un grito de rabia pura y se tacleó contra las piernas del CEO.
El impacto tomó a Damián por sorpresa. El arma se disparó desviada, incrustando una bala en el techo mientras ambos hombres caían al suelo en un violento forcejeo.
Los dos guardias tácticos avanzaron para intervenir, pero Damián, con el orgullo completamente herido y la paranoia de la amenaza de Eliza carcomiéndole la cabeza, rugió mientras intentaba quitarse a Mateo de encima:
-¡Basta! ¡No lo maten! ¡La quiero viva a ella y el archivo intacto!
Eliza vio a su esposo luchar en el suelo contra el gigante corporativo y sus matones.
Sabía que Mateo no aguantaría mucho más; estaba herido y superado en número.
Si ella intentaba huir por la ventana en ese instante, los guardias dispararían o la atraparían en el patio.
La única forma de salvar la vida de Mateo era detener la pelea de inmediato.
-¡Ya basta! -gritó Eliza, su voz de mezzosoprano resonando con un poder imponente en toda la recámara-. ¡Damián, detén a tus hombres! Me voy contigo. Me entrego. Pero dejas a Mateo vivo y libre en este instante.
Damián, con el labio partido tras un golpe de Mateo, le hizo una seña a sus hombres para que se detuvieran. Se levantó del suelo, sacudiéndose el abrigo oscuro, recuperando una fachada de control que ya estaba rota por dentro.
-Una decisión inteligente, Eliza. Como en los viejos tiempos -dijo Damián, respirando con dificultad-. Camina hacia las camionetas.
Eliza bajó la mirada hacia Mateo, quien la miraba desde el suelo con los ojos empañados en lágrimas, destrozado por la impotencia.
Antes de caminar hacia la salida custodiada por los guardias, Eliza se agachó sutilmente para acomodar la manta de su bebé.
Al hacerlo, dejó caer con disimulo un objeto pequeño y metálico justo debajo de la alfombra de la cuna: era un llavero con el logotipo de la antigua filial de transportes de Damián que ella usaba para encriptar claves, modificado secretamente con un rastreador GPS de corto alcance que Vance le había proporcionado esa misma mañana.
Al pasar al lado de Mateo, Eliza le susurró con la mirada una última promesa silenciosa. Miró de reojo el llavero oculto y luego fijó sus ojos en él: “Busca bajo el nido”, una frase clave de una vieja broma interna entre ellos sobre el bebé.
Damián la tomó del brazo con brusquedad y la escoltó pasillo abajo. Eliza subió a la SUV negra en medio de la madrugada, abrazando a su hijo de dos meses mientras el vehículo arrancaba a toda velocidad, perdiéndose en las sombras de la ciudad.
La puerta de la casa quedó abierta, el vecindario volvió al silencio, y Mateo se quedó solo en la habitación, ensangrentado, pero con la mente fija en una sola cosa: descifrar el mensaje de su esposa, encontrar el rastreador y usar el poder de Vance para desatar el infierno sobre Damián.
El rugido de los motores de las tres camionetas se desvaneció en la distancia, dejando la calle residencial sumida en un silencio sepulcral y oscuro.
En la planta alta, Mateo se quedó de rodillas sobre la alfombra, con la respiración entrecortada y la sangre goteando de su labio partido.
El dolor en sus costillas no era nada comparado con el vacío asfixiante que sentía en el pecho.
Se habían llevado a Eliza. Se habían llevado a su hijo de apenas dos meses.
La impotencia amenazó con paralizarlo, pero las últimas palabras de Eliza resonaron en su mente con la fuerza de un relámpago: «Busca bajo el nido».
“El nido”. Mateo parpadeó, limpiándose la sangre de los ojos con el dorso de la mano. No era una frase al azar. Ella se refería a la cuna del bebé.