EL CEO OBSESIONADO CON SU EX EMPLEADA #2
Sin embargo, la sumisión no estaba en el ADN de Eliza.
Si Damián creía que la iba a cazar como a una presa indefensa, estaba muy equivocado.
En lugar de volver a casa por la ruta habitual, Eliza caminó con paso firme hacia una pequeña tienda local.
Sabía que la camioneta negra ya no estaba, pero sentía las miradas de los guardias privados que Damián mencionó.
Al entrar al local, usó el reflejo de los cristales para escanear la calle y memorizó las placas de un auto sospechoso que se había estacionado cerca.
Al regresar a su hogar, lo primero que hizo tras asegurar la cerradura con doble llave fue buscar su vieja computadora portátil.
Anotó las placas, el nombre de la empresa de seguridad que patrullaba su cuadra y comenzó a trazar su propio plan de contingencia.
Damián la conocía como su asistente perfecta, pero había olvidado algo crucial: ella había aprendido todas y cada una de sus estrategias de ajedrez corporativo. Si él iba a jugar sucio desde las sombras, ella empezaría a mover sus propias piezas en secreto
Apenas tres horas después de enviar el correo, la pantalla de Eliza se encendió en medio de la madrugada. Adrián Vance había respondido personalmente con un mensaje escueto pero contundente:
«Mañana, 11:00 AM. Cafetería del Hotel Grand Plaza. Si los datos son reales, la protección de mi firma es tuya. Trae las pruebas.»
Eliza apenas pudo dormir. A la mañana siguiente, fingió que salía por provisiones para el bebé, pero se desvió hacia el lujoso hotel.
En una mesa apartada, se concretó el pacto.
Vance quedó fascinado por la precisión de la información que Eliza le entregó; eran los registros que Damián usaba para camuflar sus movimientos y aplastar a la competencia.
-Eres sumamente brillante, Eliza. Siempre me pregunté cómo Damián retenía tanto poder; ahora veo que tú eras el cerebro en la sombra -dijo Vance con una sonrisa calculadora-.
El blindaje para las cuentas de tu esposo está hecho.
Mis abogados absorberán la deuda de su hipoteca hoy mismo a través de una fiduciaria externa.
Damián ya no podrá tocar su dinero sin meterse en un litigio directo conmigo.
Eliza respiró aliviada por primera vez en días, pero la tregua duró poco. Al regresar a casa, el terror la congeló.
Mateo estaba de pie junto a la mesa del comedor, con la computadora portátil de Eliza abierta. En la pantalla parpadeaba el correo enviado a Vance y las anotaciones de las placas de los vehículos que los vigilaban.
-¿Qué es esto, Eliza? -la voz de Mateo temblaba, rota por la traición y la confusión-. ¿Qué tiene que ver tu antiguo jefe con que mi banco me haya congelado la vida ayer? ¿Por qué estás haciendo tratos con su peor enemigo? ¡Exijo saber la verdad ahora mismo!
Acorralada, con lágrimas en los ojos pero manteniendo la firmeza, Eliza tuvo que confesarlo todo: la obsesión de Damián, el encuentro en el parque, y cómo el millonario estaba utilizando su inmenso poder financiero para destruirlos y obligarla a volver con él.
Mateo sintió que el mundo se le caía encima.
El orgullo de no poder proteger a su propia familia y el asco de saber que un monstruo los vigilaba desde las sombras lo llenaron de una rabia ciega.
Mientras la verdad estallaba en la casa de Mateo, Damián ignoraba que el blindaje de Vance ya se estaba ejecutando. El CEO, impaciente por ver los resultados de su asfixia económica, decidió dar el golpe de gracia.
Esa misma tarde, Damián se presentó sin previo aviso en la modesta oficina de la empresa de logística donde Mateo trabajaba. Su presencia paralizó el lugar; el imponente CEO de las industrias más grandes del país caminaba por los pasillos de cubículos como un dios entre mortales.
Damián hizo que el jefe de Mateo los dejara a solas en la sala de juntas. Cuando Mateo entró, aún con la furia de haber descubierto la verdad en casa, se encontró a Damián esperándolo, sirviéndose un vaso de agua con una calma exasperante.
-Mateo. Qué gusto verte en tu… modesto entorno -dijo Damián, mirándolo de arriba abajo con desprecio-. Me enteré de que tu situación financiera ha sido un poco inestable últimamente. El mercado es cruel con los hombres comunes.
Mateo apretó los puños, la mandíbula tensa al límite.
-Tú hiciste esto. Sé todo, Damián. Sé que nos estás siguiendo, sé lo que hiciste con mis créditos. Eres un maldito enfermo.
Damián soltó una carcajada suave, fría, cínica.
-Vaya, así que la perfecta Eliza te lo contó.
Mejor. Nos ahorramos los preámbulos. Sí, Mateo, yo controlo tu aire, tu techo y tu comida.
Pero soy un hombre de negocios razonable.
Estoy aquí para ofrecerte un trato. Te daré un cheque que resolverá tu vida entera, pagará tu casa y te dará un negocio propio en otra ciudad. Muy lejos de aquí.
Damián se acercó, quedando a pocos centímetros de Mateo, fijando sus ojos oscuros en él.
-A cambio, dejas el cochecito gris, firmas el divorcio y te largas. Eliza no te pertenece. Ella es una reina que arrastraste a tu fango, y yo la quiero de vuelta en mi palacio. Firma, o para el lunes no tendrás ni para los pañales de ese bastardo.
Mateo, conteniendo las ganas de estrellar su puño contra el rostro perfecto del CEO, sonrió con una amargura que desconcertó a Damián. En ese momento, el teléfono del bolsillo del saco de Damián comenzó a vibrar con insistencia.
Era su investigador privado y su director financiero. Damián, sin perder la postura, contestó:
-¿Qué pasa? Estoy ocupado.
-Señor… tenemos un problema grave -la voz al otro lado del teléfono sonaba aterrorizada-.
Alguien filtró los estados financieros de la filial de logística a Vance Holdings.
Vance acaba de bloquear la compra de la deuda de Mateo y ha blindado legalmente todas sus cuentas bajo un fideicomiso de protección empresarial.
Ya no podemos tocar los activos de ese hombre sin desatar una auditoría federal contra nosotros… Alguien nos hackeó desde adentro.
Damián sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas. Lentamente, bajó el teléfono y miró a Mateo. Luego, la imagen de Eliza sonriendo con audacia cruzó su mente.
Ella lo había hecho. Su sumisa y dulce exasistente le había declarado la guerra, y acababa de ganarle la primera ronda utilizando a su peor enemigo.
La línea que separaba la obsesión de la locura terminó de romperse en el instante en que Damián colgó el teléfono.
La humillación de haber sido superado por Eliza, combinada con la mirada de superioridad que Mateo lucía en ese momento, destruyó los últimos vestigios de su racionalidad corporativa.
El ajedrez financiero había terminado; ahora se trataba de fuerza bruta.
Damián dio un paso atrás, acomodándose el saco con un tic violento y rígido.
-Disfruta tu pequeña e insignificante victoria, Mateo -siseó Damián, con los ojos inyectados en una furia fría que helaba la sangre-. Disfrútala hoy. Porque acaban de cambiar las reglas del juego. A partir de este momento, desearás no haber nacido.
Sin esperar respuesta, el CEO salió de la sala de juntas a grandes zancadas, dejando tras de sí un eco de amenaza absoluta. Al subir a su SUV blindada, el ambiente era de máxima tensión. Su chofer y jefe de seguridad, un hombre corpulento de mirada opaca, lo miró por el retrovisor.
-Señor, los hombres del perímetro reportan que la señora Eliza regresó a casa. ¿Qué procedencia tomamos con el blindaje de Vance?
Damián apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El orgullo herido lo cegaba.
-Al diablo con Vance y al diablo con los tribunales -ordenó Damián, con la voz ronca-.
No voy a esperar meses en un juzgado mientras ella se burla de mí en la cama de ese idiota.
Quiero a Eliza de vuelta en mis manos, y la quiero ya.
Prepara al equipo táctico de la firma privada.
Mañana por la madrugada, cuando Mateo salga a trabajar, entran a la casa.
El jefe de seguridad parpadeó, asombrado por la temeridad.
-Señor… eso es un secuestro directo. Si la policía o la gente de Vance intervienen…
-¡Me importa un demonio! -rugió Damián, golpeando el asiento-.
Yo pago a la policía de este distrito y yo controlo las leyes aquí.
Traigan a Eliza. Y si el maldito mocoso llora o estorba, se lo traen también.
Ella vendrá conmigo por las buenas o por las malas, pero no pasará una noche más en esa casa.
Mientras tanto, en el hogar de los tres, la atmósfera era de una calma tensa e ilusoria.
Mateo había regresado de la oficina y, tras la furia inicial, el miedo por la seguridad de su familia lo había consumido.
Eliza intentaba tranquilizarlo mientras preparaba la cena, pero una extraña opresión en el pecho no la dejaba respirar en paz.
El silencio de la noche en el vecindario suburbano se sentía demasiado espeso, casi artificial.
Alrededor de las 3:00 AM, Eliza se despertó sobresaltada en la cama.
El monitor de bebé en la mesa de noche emitía el suave sonido de la respiración de su hijo de dos meses, pero afuera…
afuera algo andaba mal. Los perros de las casas vecinas, que solían ladrar a cualquier gato, estaban extrañamente callados.
Se levantó con cuidado de no despertar a Mateo, se acercó a la ventana y descorrió sutilmente la cortina.
La calle estaba completamente a oscuras; el alumbrado público de su cuadra había sido cortado.
Sin embargo, gracias a la luz de la luna, pudo distinguir tres camionetas tipo van de color negro mate, estacionadas estratégicamente en las esquinas, con los motores apagados.
Hombres con ropa táctica oscura y rostros cubiertos bajaban en silencio, cortando los cables de seguridad de la cerca perimetral.
Damián no iba a esperar al lunes. El ataque era inminente y venían por ellos.