EL CEO OBCESIONADO CON SU EXEMPLEADA Perspectivas de El ceo Damián
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EL CEO OBCESIONADO CON SU EXEMPLEADA

EL CEO OBCESIONADO CON SU EXEMPLEADA

Por LIZBETH SALDANA

© inepub.com

Perspectivas de El ceo Damián

Ya han pasado algunos meses desde que Elisa se fue de la empresa

Dos meses. Dos meses desde que ese maldito llanto interrumpió el orden de mi mundo y consolidó el de ellos.

Desde el asiento trasero de mi SUV con los cristales blindados y ahumados, observaba la calle residencial.

El motor rascaba un ronroneo casi imperceptible, el único sonido que competía con mi propia respiración.

Odiaba este vecindario. Odiaba la maldita paz suburbana que Mateo le había construido, tan pequeña, tan predecible… tan indigna de ella.

Y entonces, la puerta de la casa se abrió.

Mi corazón, ese músculo que creí firmemente controlado por la lógica financiera y el poder, dio un vuelco patético. Era Eliza.

Llevaba un vestido ligero de algodón, el cabello recogido de prisa con algunos mechones sueltos escoltándole el rostro.

No quedaba ni rastro de la impecable asistente ejecutiva que vestía de sastre en mi oficina, la mujer que hacía temblar a los proveedores con una sola llamada.

Ahora se dedicaba a su hogar. Un desperdicio brillante. Un maldito y hermoso desperdicio.

Empujaba con cuidado un cochecito gris. Su bebé. El hijo de Mateo. Un pequeño intruso de ya dos meses que se había quedado con el tiempo que antes me pertenecía a mí.

«Mírate, Eliza», pensé, pegando los dedos al cristal frío. «Tan rota de sueño, tan extrañamente radiante».

La seguí a paso de tortuga, manteniendo una distancia de una esquina.

La vi detenerse a ajustar la manta del niño, sonriendo hacia el interior del cochecito con una ternura que jamás me dedicó a mí, ni siquiera en nuestros mejores días de complicidad laboral.

Sentí una punzada de bilis y envidia perforándome el estómago.

Mateo no sabía lo que tenía. No podía saberlo.

Un tipo común nunca entendería la genialidad de la mujer que ahora cocinaba para él y paseaba por parques públicos.

Ella se detuvo de golpe en la esquina. Su cabeza se giró sutilmente hacia atrás, como si el instinto -ese que las madres agudizan- le advirtiera que unos ojos hambrientos la devoraban desde las sombras de un auto lujoso.

Mi chofer se tensó en el volante.

-¿Avanzo, señor? -preguntó en un susurro.

-No. Quieto -ordené, sin apartar la mirada de su silueta.

Eliza dudó un segundo, miró el coche de reojo, se acomodó el bolso en el hombro y apresuró el paso hacia la zona más concurrida del boulevard.

Sonreí con amargura. Podía huir al parque, podía encerrarse en su fortaleza de clase media con Mateo, pero no importaba.

Yo, Damián, seguía pagando la seguridad privada que “casualmente” patrullaba su calle; seguía sabiendo cada pediatra al que iba y cada paso que daba.

Mateo creía que la protegía, pero era mi dinero y mi obsesión lo que la mantenía a salvo en las sombras.

Saqué el teléfono del bolsillo de mi saco y marqué a mi investigador.

-Quiero el reporte del banco de Mateo para esta tarde -dije en frío, viendo a Eliza perderse entre los árboles del parque-. Si tiene alguna deuda, la compro hoy mismo. Es hora de empezar a mover las piezas de nuevo.

Damián guardó el teléfono, abrió la portezuela de la SUV y bajó antes de que su chofer pudiera reaccionar.

El aire del parque era denso, impregnado de ese olor a pasto cortado y a la cotidianidad que él tanto despreciaba. Ajustó los puños de su camisa de sastre y caminó con paso firme, seguro, como si el parque entero fuera una extensión de su sala de juntas.

A unos metros, bajo la sombra de un gran roble, Eliza balanceaba suavemente el cochecito gris. Se había sentado en una banca de madera, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, buscando un respiro que el cansancio de la maternidad le exigía.

Damián se detuvo a un par de pasos. Su sombra se proyectó sobre ella, interrumpiendo la luz del sol.

-El calzado de oficina te sentaba mejor, Eliza, pero debo admitir que la vida doméstica te da un aire… interesante.

Eliza se tensó al instante. El parqué pareció congelarse para ella. Reconoció esa voz aterciopelada y autoritaria antes de levantar la vista. Cuando lo hizo, sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y un miedo genuino que intentó enmascarar de inmediato con dignidad.

-¿Damián? -su voz fue un susurro, mientras sus manos se aferraban instintivamente al manubrio del cochecito-. ¿Qué haces aquí? Este no es tu rumbo.

-El mundo es mi rumbo -respondió él, esbozando una sonrisa gélida mientras daba un paso más, quedando a la distancia perfecta para notar el sutil aroma a bebé y lavanda que ahora emanaba de ella-. Tenía una reunión cerca y decidí caminar. Qué coincidencia tan afortunada encontrarte.

Eliza miró hacia la avenida, localizando la SUV negra con los vidrios polarizados que acababa de ver hacía unos minutos en la esquina de su casa. La pieza del rompecabezas encajó en su mente, y el color desapareció de sus mejillas.

-No fue una coincidencia -dijo ella, bajando la voz, consciente de que su hijo dormía-. Me estabas siguiendo. Damián, han pasado meses. Tengo una vida. Tienes que dejarme en paz.

Damián no respondió de inmediato. Desvió la mirada hacia el interior del cochecito.

Ahí estaba el niño, una criatura indefensa de dos meses, ajena a la tormenta que se desataba sobre su cabeza.

El CEO sintió una punzada de desprecio absoluto por la genética de Mateo en ese rostro pequeño, pero al mismo tiempo, una oscura fascinación: era parte de Eliza.

Extendió una mano, amagando con tocar la manta del bebé, pero Eliza reaccionó con la velocidad de un felino, interponiendo su propio cuerpo entre Damián y su hijo.

-No lo toques -siseó, con los ojos inyectados en una furia protectora.

Damián retiró la mano lentamente, sin inmutarse, disfrutando de la reacción que había provocado. Le gustaba verla encendida, incluso si era por odio.

-Tranquila. No soy un monstruo, Eliza. Solo quería ver qué es lo que te mantiene tan ocupada como para haber olvidado quién te dio el lugar que tenías -Damián dio medio paso atrás, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, recuperando su postura de poder-.

Mateo trabaja doce horas al día en un puesto mediocre, ¿verdad?

Te dejó sola en una casa pequeña, cuidando a un niño, cansada…

Tú no naciste para esto. Eras mi mano derecha. Podías tener el mundo.

-Tengo mi mundo justo aquí -replicó ella, sosteniéndole la mirada con firmeza, aunque su corazón latía desbocado-. Y Mateo es mil veces más hombre de lo que tú jamás serás. Vete, Damián. Si no te vas ahora mismo, voy a gritar. Me importa poco el escándalo.

Damián la estudió un segundo. La altivez de Eliza lo volvía loco, lo alimentaba. Sabía que no debía estirar la cuerda más de la cuenta; el arte de la estrategia requería paciencia.

-Disfruta tu paseo, Eliza -dijo con una cortesía cínica, dando un paso atrás-. Dale mis saludos a Mateo. Dile que el mercado financiero es muy inestable estos días… Nunca se sabe cuándo la suerte de un hombre puede cambiar.

Damián dio la vuelta y caminó de regreso a la SUV con paso pausado, dejando a Eliza temblando de rabia y ansiedad en la banca, con el teléfono ya en la mano para marcarle a su esposo.

Era un santuario de cuero negro, aire acondicionado helado y un silencio sepulcral que contrastaba con el caos que Damián acababa de desatar en el parque. El CEO cerró la portezuela con un golpe seco y el vehículo avanzó de inmediato, perdiéndose en el tráfico de la avenida principal.

Damián se aflojó el nudo de la corbata, pero su respiración seguía siendo tensa.

Haberla tenido tan cerca, oler su perfume mezclado con la fragancia del bebé, y ver esa mirada de fiera protectora solo había echado gasolina al fuego.

No iba a rendirse. Ella creía que su pequeño mundo era inquebrantable, pero él estaba a punto de demostrarle que el suelo bajo sus pies era de cristal.

Sacó el teléfono y marcó al investigador privado. Su voz sonó como un látigo:

-Acelera todo. No me interesa el reporte de la tarde; lo quiero ahora.

Busca la hipoteca de la casa de Mateo, sus créditos vehiculares, cualquier préstamo personal.

Quiero que mi firma compre esas deudas antes de que termine el día.

Y llama al director del banco emisor: que cancelen sus líneas de crédito corporativas mañana a primera hora.

Vamos a asfixiarlo, y quiero que sienta el agua al cuello para el final de la semana.

Colgó sin esperar respuesta, esbozando una sonrisa oscura mientras miraba por el retrovisor cómo el parque se desvanecía a la distancia.

Mientras tanto, bajo la sombra del roble, Eliza seguía estática en la banca, con el teléfono temblando entre sus dedos. Su pantalla mostraba el nombre de Mateo. Estuvo a un milímetro de presionar el botón de llamada, con las lágrimas de la adrenalina agolpándose en sus ojos.

«Mateo, Damián estuvo aquí. Sabe dónde vivimos. Sabe del bebé», estuvo a punto de decir en su mente.

Pero se detuvo.

Miró el cochecito donde su hijo dormía plácidamente.

Recordó el temperamento de Mateo; su esposo era un hombre trabajador, honesto y profundamente protector.

Si le contaba que el multimillonario y peligroso exjefe de su esposa la estaba acosando en el parque, Mateo iría a buscarlo directamente a la corporación.

Y eso era exactamente lo que Damián quería: una excusa para destruirlo legal o físicamente usando su poder.

Mateo no tenía los recursos para pelear contra un monstruo como Damián.

«No puedo ponerlo en peligro», pensó Eliza, tragándose el nudo de la garganta. «Tengo que proteger a mi familia yo sola, como lo hacía en la oficina».

Limpiándose una lágrima traicionera, guardó el teléfono en el bolso. Decidió que no le diría nada a Mateo, al menos no todavía. No iba a preocuparlo mientras él se rompía la espalda trabajando para darles un futuro.