El CEO de mis sueños Capítulo 33
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Capítulo 33

Neizan

Cuando vi que me correspondía a ese beso, no quise dejarme nada dentro, y así se lo hice saber, la necesitaba, los necesitaba a los dos en mi vida, y no iba a parar hasta conseguirlo.

—Te quiero, Ingrid, y necesito que me creas. Construyamos una vida juntos, por favor.

—No puedo confiar en ti, Neizan. Me has hecho demasiado daño.

—Lo sé, y no te puedes imaginar lo que me arrepiento. Déjame demostrarte que ya no soy el mismo que tú conociste.

La vi dudar, pero luego, cuando noté el brillo en sus ojos, supe que me iba a dar una oportunidad, y no me equivoqué. La boda de su hermana era ese fin de semana, y por eso sus padres llegaron el viernes para ayudarlos con los preparativos.

—Ven conmigo a la boda de mi hermana, empieza a demostrarme que puedo confiar en ti, poniéndote delante de mis padres.

—Eso lo haré antes, porque pienso organizar una cena en la que estemos todos, y será esta misma noche, dos días antes de la boda.

—¿Cómo vas a hacer eso con tan poca antelación?

—Déjame a mí, quiero sorprenderte, quiero que todos vean al verdadero Neizan, esos que tan solo conocen mis amigos de verdad, junto a mis padres.

—Está bien, pero no quiero mentiras ni secretos, mira hasta dónde nos ha llevado la mentira de no decir quién era desde el principio.

—No te vayas, quiero que estés aquí cuando llegue Mario, mientras que no lo hace, te contaré lo que ha sucedido con Martina.

—¿Otra vez esa mujer? Empiezo a estar harta de tu amiguita.

—¿Podría decir yo lo mismo de tu ginecólogo?

—¿De Javier? Venga ya, si es gay y mi mejor amigo.

Cuando dijo eso, la miré de una forma que provocó que riera a carcajadas. Me cagaba en todo, había tenido celos de una persona que lo único que hacía era cuidar de los dos, sin ningún interés sentimental ni sexual en ella.

Justo en el momento en el que le iba a decir algo, llamaron a la puerta. Como nos encontrábamos apoyados en ella, separé a Ingrid con mucho cuidado, pero sin darle tampoco espacio para que huyera, y abrí con la llave.

—¿Llego en mal momento? —preguntó Mario, con una sonrisa de lo más pícara.

—Llegas en el momento justo. ¿Cómo ha ido todo?

—Ha caído como una pardilla…

Mario nos contó que la llamó por teléfono y la citó en una cafetería, en la que, previamente, había colocado unos micrófonos debajo de la mesa. Nada más tenerla delante, le dijo que sabía que el niño no era mío, que había imágenes que lo corroboraban.

Según nuestro amigo, empezó a ponerse nerviosa, pero que la tranquilizó con la excusa de que él quería hacerme el mismo daño que ella, por Ingrid, que, además de ser su cuñada, era una buena amiga.

—Amigo, me contó todo el plan, cómo había contactado con un periodista para contarle cómo había sucedido todo, y la dejé hablar.

—La dejaste hablar para luego darle la estocada, ¿me equivoco?

—No, no te equivocas. Cuando terminó de hablar, le dije que si no quería que todo saliera a la luz, si no quería quedar como una embustera, lo mejor que podía hacer era cerrar esa boquita.

—¿Cuál fue su reacción?

—Te la puedes imaginar, pero el remate fue cuando llamé a Sergio y le dije que enviara un comunicado a toda la prensa, advirtiendo que esta señorita quería manchar tu imagen con una situación falsa y que, todo aquel que se hiciera eco de sus palabras, se vería con nosotros en los tribunales.

—Gracias, Mario, de verdad que no sé cómo te lo voy a pagar.

—Haciéndome el padrino de tu siguiente hijo, porque del primero esta mujer no me dejó serlo, es Javier, su ginecólogo.

—Que te crees tú que yo voy a parir de nuevo con lo mal que yo lo he pasado para sacar a Enzo. Mejor vete buscando a otro que te haga su padrino, porque conmigo lo llevas claro —le contestó Ingrid, y los dos soltamos una carcajada.

Desde ese mismo momento me puse manos a la obra con la cena, que salió a pedir de boca, todo hay que decirlo. Me planté delante de mi suegro y le pedí perdón, a él y a Celia, mi suegra. Les hablé con el corazón, tal y como me había indicado mi madre que lo hiciera.

El momento en el que Pablo me dijo ese «Bienvenido a la familia, hijo» me llegó al alma, hasta el punto de que no pude evitar que unas lágrimas cayeran por mi rostro.

Mi hijo me echaba los brazos cada dos por tres, y se agarraba a mi cuello como si le fuera la vida en ello, con el consiguiente cachondeíto de Javier y de Óscar, el jefe de Ingrid y su pareja, la de mi chica no, la de su amigo…

Bueno, me habéis entendido, que con los nervios me pongo nervioso. Se pusieron a decir que el niño era un desagradecido, que los primeros seis meses los habían sufrido ellos, y eso provocó que toda la mesa riera.

Y estábamos en el día de la boda. Hasta entonces, yo había estado durmiendo en mi ático y ellos en la casa de Ingrid, pero esta noche pretendía pasarla con mi chica, con la que no había tenido intimidad desde que habíamos vuelto.

Hablé con mi madre, le pedí por favor que se quedara con Enzo esta noche, que, como ellos seguro que se marchaban antes de la boda, se llevaran al niño, que yo tenía algo preparado para Ingrid.

—No te preocupes, cariño, que nosotros nos quedamos con él todo el fin de semana. Además, el domingo hemos organizado una barbacoa en casa, con tus suegros.

—Gracias, mamá, necesito estar a solas con ella, aunque sea un solo día.

—Te entiendo, mi vida, y no me tienes que dar explicaciones. Ahora, ve a por tu mujer y a por tu hijo, porque, aunque no haya un anillo en su dedo, yo la considero así.

Mi madre parecía que era bruja, de verdad. Lo tenía todo organizado para pedirle matrimonio en la boda de su hermana, lo habíamos planeado entre Valeria y yo, y nadie más lo sabía, ni siquiera Mario, que estaba ajeno a todo.

Cuando llegué a su casa con mi coche, ese en el que había instalado una sillita de seguridad para mi hijo, y bajé para abrirle la puerta, no me esperaba a Ingrid así de sexy.

Bonita, sí; elegante, también, pero con ese vestido, nunca en la vida. Era de color rosa pastel, con unos tirantes de gasa que se unían en el cuello, y tapaban su pecho con un pequeño forro para que no se transparentara.

Largo hasta los pies y de cuerpo fluido, pero con una abertura en su pierna derecha que la mostraba cada vez que caminaba. Lo acompañó con unas sandalias de tacón alto plateadas, al igual que el bolso.

Mi hijo también iba precioso, con una camisa blanca y los pantalones y el fajín del mismo color del vestido de su madre, al igual que la pajarita que llevaba.

—Ahora entiendo la insistencia de mi madre porque me pusiera esta corbata. Estás preciosa, Ingrid.

—Gracias, tú también estás muy guapo. Pero, espera…

Mi chica llevó las manos a mi cuello para poner derecha la corbata, y yo aproveché para poner las manos en su trasero y pegarla a mí, para que descubriera cómo me tenía con tan solo verla, y la besé.

—¡Esas manos, que luego van al pan! —gritó Pablo antes de montarse en su coche.

—Pablo, no me seas antiguo, hombre —le dijo Álvaro, que también salía de su casa junto a Lau.

—Creo que están todos pendientes de nosotros —me dijo, en mis labios.

—¿A ti te importa? Porque, a mí, te aseguro que no.

Volví a besarla, hasta que nuestro hijo empezó a gritar, harto de que no le hiciéramos caso, porque ya lo había sentado en la sillita de seguridad. Su madre y yo empezamos a reírnos mientras nos separábamos y él empezó a aplaudir.

—Este niño cada día me sorprende más —dijo su madre.

—Mi madre dice que es más inteligente de lo normal.

—Yo también empiezo a pensarlo, porque, a veces, le hablo, y se me queda mirando como si me estuviera entendiendo.

Lo miré y le guiñé un ojo, y su respuesta fue la sonrisa más bonita del mundo, la que me alegraría por el resto de mis días. Su madre se sentó a su lado, pues todavía era muy pequeño para viajar solito, y pusimos rumbo a la boda de su tía.

La ceremonia fue muy emotiva, y mi amigo no pudo aguantar las lágrimas, sobre todo cuando la vio entrar del brazo de su padre vestida de blanco. Estaba preciosa, y en sus ojos se veía el amor que se tenían, ese que era de lo más verdadero y contagioso.

Pero yo estaba deseando que llegara el momento de la celebración, en especial cuando su hermana tirara el ramo de novia, que sería el momento elegido por los dos para darle la sorpresa.

El ágape de la boda se celebraría en los jardines de uno de los hoteles más famosos de la ciudad, en el que se había instalado una carpa con capacidad para trescientos invitados, que eran los que allí había.

Todo el mundo de la prensa rosa y de la televisión se habían dado cita en este evento, al ser Mario un presentador tan conocido, todas las cadenas tenían alguno de sus reporteros entre los invitados.

Ninguno quiso que eso fuera una exclusiva para nadie, ni siquiera para mi cadena de televisión o mi revista. Él, porque decía que sería hacerles un feo a los compañeros, y yo, porque quería que todo el mundo estuviera presente en mi pedida de mano.

Y llegó el tan esperado momento en el que las solteras se pusieron en medio de la pista de baile para intentar coger el ramo de la novia. Valeria le dijo a su hermana que se pusiera delante, alegando que era más bajitas que las demás, y así lo hizo, pero por no escucharla protestar más.

—A la de una, a la de dos y a la de tres —dijo Valeria, haciendo como que lo tiraba, pero se acercó a su hermana y se lo puso en las manos.

Justo cuando lo recibía, yo me arrodillé delante de ella, con un anillo en mis manos y todo el miedo del mundo a que me dijera que no. Cuando Ingrid se dio cuenta de que estaba ahí, le devolvió el ramo a su hermana y se llevó las manos a la boca, como gesto de sorpresa.

—Ingrid, sé que esto es una locura, pero es lo único que se me ha ocurrido para demostrarte que eres el amor de mi vida, la mujer con la que quiero compartir el resto de mis días. ¿Me harías el honor de casarte conmigo?

—Por supuesto que sí, mi amor. Me casaría contigo una y mil veces.

Puse el anillo en su dedo y me levanté del suelo, para besarla como me apetecía, como sabía que, tanto a ella como a mí, nos gustaba, sin importarme que al día siguiente fuéramos la foto de portada de toda la prensa del corazón.

No quería eclipsarle la boda a mi cuñada, ni mucho menos, por eso, antes de organizar nada lo consulté con ella, que se alegró tanto como si se lo fueran a pedir a ella misma.

—Mi hermana no merece menos que eso, una pedida pública, que todo el mundo sepa que ella ha sido la persona que ha logrado sacar de la soltería al gran Neizan Maldonado.

—Me parece que exageras un poco, pero solo en el apelativo que me has puesto.