El CEO de mis sueños Capítulo 32
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Capítulo 32

Ingrid

Me encontraba en mi casa, relajada en el sofá, pues acababa de terminar la traducción de un documento para mi empresa. Últimamente, casi todo lo que traducía era en el idioma del sol naciente, no pensaba yo que se hacían tantas transacciones con ese país.

Enzo estaba sentadito en su parque, jugando con sus cosas, cuando mi teléfono empezó a sonar. Al ver el nombre de Álvaro en la pantalla, pensé que le podría haber pasado algo a Lau o a mi hermana, por lo que salté como un resorte para contestar.

Pero nada más lejos de la realidad que eso, porque esa llamada era para pedirme ayuda en el trabajo, y, aunque me costaría media vida volver allí, poner un pie en ese edificio, por él, lo haría, porque tenía mucho que agradecerle.

—Está bien, dame quince minutos para que deje al niño con Cristina, y ahora voy para allá.

—Gracias, preciosa. Eres mi salvadora.

—No seas más pelota, anda. Ahora nos vemos.

Me despedí de él como siempre hacía, con una sonrisa en los labios. ¿No me podría haber fijado yo en un hombre así, en vez de en el cenutrio que lo hice? Negué con la cabeza y me fui hasta el parque donde jugaba mi hijo.

—Mi vida, yo que pensaba pasar el resto del día en la piscina, y me toca trabajar.

Le hablaba a mi hijo como si el pobre me entendiera, y él tan solo me miraba como si estuviera loca. Era un diálogo de besugos, pero me gustaba incluirlo y explicarle mis planes, a pesar del tiempo que tenía.

—Ahora, mamá te va a dejar en casa de la abuela Cristina y del abuelo Antonio, pero te tienes que portar bien, y no darle mucha guerra. ¿Entendido?

En ese momento mi niño pintó una sonrisa en su cara, y empezó a aplaudir, como si le gustara esa idea. Esta vez la que lo miré con cara extrañada fue yo, y mi hijo soltó una carcajada.

Lo monté en la sillita de seguridad del coche, porque, cuando iba a casa de su abuela no necesitaba llevar nada, allí tenía de todo. Empezando por una minicuna en la que dormir la siesta, un coche de paseo y un parque con los mismos juguetes que tenía en mi casa.

Su abuela me dejó bien claro que no hacía falta que la llamara cuando tuviera que dejarlo, que ella, por regla general, siempre estaba allí, que el día que fuera a salir, me lo diría antes, por si la necesitaba o no.

—Pero bueno… Abuela, mira quién está aquí —dijo Antonio, cogiendo al niño y dejándome un beso en la mejilla.

—Ay, si ha venido mi niño. Ven aquí que tu abuela te coma la cara a besos —dijo Cristina.

—Cristina, siento llegar sin avisar, y encima con regalito, pero es que me ha surgido un tema de trabajo, en la revista de tu querido hijo, y no quiero dejar tirado a Álvaro, que ha sido quién me ha pedido el favor.

—Ya te he dicho que mi niño y tú podéis venir cuando queráis, que no tenéis que coger cita, como me dijo una vez alguien. Sabes que aquí hay de todo para él y para su comodidad.

—Si no tienes comida preparada para él, en el bolso del coche va un potito de ternera, se lo calientas y listo.

—Eso es para cuando os coja en la calle, mientras que esté en mi casa, mi niño comerá comida casera, que, para eso, su abuela estaba ahora mismo preparando todo.

—No sé lo que haría sin ti, de verdad.

—Pues lo mismo, pero con menos tiempo.

—No sé lo que tardaré, espero que no sea mucho.

—Ve tranquila, y come allí con tu hermana y los demás, que de este muchachito me encargo yo.

Me despedí de mi niño con un beso y un abrazo, al igual que de sus abuelos. Antes de llegar a la puerta, ya mi hijo había soltado la primera carcajada con su abuelo, que seguro que le estaba haciendo pedorretas en la barriga o algo parecido.

—Ingrid, una pregunta antes de que te vayas.

—Dime, ¿qué ocurre?

—¿Te importa si nos metemos con el niño en la piscina?

—Por favor, Cristina, la duda ofende. Además, sabes que Enzo está en clases de natación desde que tenía tres meses, nada mejor que yo.

Le dije adiós con la mano y puse rumbo a las oficinas de El corazón indomable . Indomable, no sabía yo qué decirte, pero desbocado, seguro, porque estaba bombeando tan fuerte que pensé que se me saldría por la boca.

Aparqué delante de la puerta, como solía hacer siempre, aunque en la acera de enfrente, que había un hueco magnífico, y entré con más miedo que vergüenza, todo sea dicho.

—Hola, cariño. ¿Dispuesta a todo?

—A lo único que vengo dispuesta es a sacar a tu novio del atolladero en el que está metido. Créeme que, si se tratara de otra persona, no hubiera venido.

—Mujer, todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Si no fuera así, yo no estaría ahora con Álvaro, con la cantidad de veces que le dije que no.

La miré fijamente, y ella agachó la mirada, señal inequívoca de que me estaba ocultando algo. La conocía tan bien que, con solo un gesto, nos entendíamos a la perfección, por eso, intentó disimular.

—¿Qué me estás ocultando, Lau?

—Nada, de verdad.

—No me mientas, porque como lo descubra, la bronca va a ser monumental.

—Tengo un retraso, pero todavía no me he hecho la prueba.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Sí, totalmente. Ni Álvaro lo sabe.

—Bueno, pues nos vemos luego en mi casa, ya nos inventaremos algo, yo compro la prueba, no te preocupes.

La dejé allí y subí en el ascensor, me temblaban hasta las pestañas, porque como tuviera que tenerlo otra vez enfrente de mí, me iba a dar algo, os lo prometo. Hablé con Manuela unas cuantas palabras, hasta que Álvaro salió a darme el encuentro.

Con él tendría unas palabritas también en cuanto que saliera de ahí, porque no podía tener más mala uva quedándonos en el despacho de Neizan. Puse mi mejor cara, la de profesional de la traducción, y me senté frente a su escritorio.

—Ingrid, este es el documento que tenemos que traducir —me dijo Álvaro.

—Está bien, necesito un cuaderno y un bolígrafo, a no ser que me dejéis un portátil, porque, con las prisas, he dejado el mío encima de la mesa de mi salón.

—Toma, siéntate aquí y utiliza mi ordenador, yo no voy a hacer nada ahora mismo —me dijo Neizan.

Joder, cuando me crucé con él me entraron ganas de agarrarlo del cuello de la camisa y besarlo hasta que se me gastaran los labios, olía tan bien, que su perfume se me quedó impregnado en las fosas nasales.

Iba a tener que concentrarme mucho para traducir bien aquello, por eso, dejé mi mente en blanco, abrí una página en blanco de Word y, en diez minutos, la tenía traducida. La mandé a imprimir y Álvaro salió a por ella, pero cerró la puerta del despacho.

—Pensé que no nos quedaríamos solos en la vida.

—¿Perdona? ¿Qué clase de encerrona es esta?

—Tenemos que hablar, bueno, en realidad soy yo quién tiene que hablar contigo, Ingrid, y te ruego que me escuches, por favor.

—Claro que sí, como el último día que yo estuve en esta misma planta, o como el día que en el que me encontraste en casa de tu madre.

Me levanté para dirigirme hacia la puerta, pero él fue más rápido que yo, y se interpuso entre la salida y yo, echando la llave y guardándosela en el bolsillo. Os prometo que eso me terminó de cabrear.

—Abre ahora mismo si no quieres que te denuncie por retención ilegal.

—Denúnciame por lo que te dé la gana, pagaré las consecuencias, pero no pienso dejarte salir de aquí hasta que escuches lo que tengo que decirte.

—Está bien, pero rapidito, que tengo que ir a por mi hijo.

—Nuestro hijo está perfectamente cuidado con sus abuelos, no me lo pongas más de excusa.

—¿Quieres hablar de una puta vez y dejarme salir?

—Te amo, Ingrid, siempre he estado enamorado de ti, desde la primera vez que te vi con Mario en esa discoteca.

—Muy buen chiste. ¿Dónde está la cámara oculta? —me preguntó, y no me lo pensé.

Se puso delante de mí, enmarcó su cara con sus manos y me besó. Al principio pensó que lo rechazaría, que quizás le daría una bofetada, y lo supe por la manera en la que empezó ese beso, pero se equivocó, le respondí a ese beso con la misma ferocidad con la que él me lo dio a mí.

Nos separamos para coger aire, pero pude notar como vio el miedo y la duda en mis ojos, pero no me dejó hablar, sabía que le iba a decir que eso no significaba nada, aunque no era cierto, porque, para mí, lo significaba todo.