Capítulo 31
Neizan
No pude pegar un ojo en toda la puta noche, pues la imagen de Ingrid con nuestro hijo se mezclaba en mi mente con la de Martina contándole la mentira que tenía planeada, y me dieron hasta arcadas nada más que de imaginar ese momento.
A las seis y media de la mañana, ya estaba yo metido en la ducha, esperando que el agua que salía del grifo fuera agua bendita y me permitiera salir airoso de todo esto, porque me estaba volviendo loco.
No eran ni las ocho, cuando ya estaba yo sentado detrás de mi escritorio, intentando repasar el discurso que le daría a Mario y a Álvaro en cuanto que entrara por la puerta de mi despacho.
El primero en llegar fue Álvaro que, al verme la cara, supo que algo me estaba atormentando, quiso preguntar, pero lo frené antes de que abriera la boca, porque no quería contar la misma historia dos veces.
—En cuanto que, entre Mario por esa puerta, os lo cuento —le dije.
—Pues empieza, porque ya estoy a aquí —dijo Mario, que traía un sobre en la mano y cara de pocos amigos.
—Cierra la puerta, por favor, y sentaros. Os voy a pedir un café.
—Pues tendrás que esperar, porque Manuela no está en su puesto, todavía no ha llegado —dijo Álvaro.
—Pero Valeria sí, llámala, porque lo mismo y a ella también le interesa esta conversación —contestó Mario.
—Tienes razón, y a Lau también. Álvaro, por favor, avísalas y pide en la cafetería que nos suban cinco cafés.
—Ahora mismo vuelvo.
En cuanto que Mario se quedó a solas conmigo, y vio el estado en el que me encontraba, una sonrisa se pintó en su cara, una de esas que te decían «Te lo dije», pero sin pronunciar una sola palabra.
—Ya lo sé, no hace falta que me digas nada.
—Yo no he abierto mi santa boca.
—Ni falta que te ha hecho, nos conocemos desde hace mucho, puedo leer lo que estás pensando.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Valeria, en cuanto que entró en mi despacho.
Lo hizo acompañada de su mejor amiga y del novio de esta. Lau se puso las manos en la cintura, me miró y sentenció su postura de una manera clara y concisa, como si la tuviera ensayada desde hacía mucho tiempo.
—Sé lo que estás buscando, y te ayudaremos. Pero como le hagas daño otra vez, más vale que le hayas dado antes tu apellido al niño, porque no vas a poder procrear más.
—Joder, Lau, si todavía no ha dicho lo que quiere. Cuando te pones así, en ese plan, me das mucho miedo —le dijo Álvaro, mirándola espantado.
—A mí no me hace falta que me lo diga, este lo que está buscando es que le ayudemos a reconquistar a Ingrid.
—Lo siento, pero conmigo no contéis. He visto a mi hermana llorar lo más grande por este hombre, tener que ponerse a limpiar con la barriga hasta la boca cuando, si él se hubiera vestido por los pies, no le hubiera hecho falta —sentenció Valeria.
—Te entiendo, y no sabes cuanto me arrepiento de haberme comportado así, pero la quiero, estoy enamorado de ella y quiero tener a mi familia conmigo —le contesté.
—¿No te parece que esa confesión llega un poquito tarde? —me preguntó Valeria.
—Puede ser, pero quiero intentarlo, y me tenéis que ayudar, por favor. Además, hay algo más que quiero contaros y que sepáis que es mentira.
Empecé a contarles el chantaje que me había querido hacer Martina, y el plazo de tiempo que me había dado, viendo como sus caras pasaban del asombro más absoluto al cabreo más impresionante, sobre todo Álvaro, que negaba con la cabeza.
—Tengo una idea, pero tenemos que estar todos de acuerdo, o la bronca recaerá sobre mí —dijo mi mano derecha.
—Estoy dispuesto a hacer lo que sea. Pero tiene que ser ahora, antes de que a esa loca le dé por ir a la televisión, a la competencia, por supuesto, porque al que tenga cojones de hacerle una entrevista en la mía, va de cabeza a la cola del paro.
Álvaro nos contó que tenía un contrato de la empresa china con la que íbamos a trabajar, y que la traductora de siempre ya había hecho las correcciones y las traducciones, pero que, si quería que estuviera ahí, tendría que seguirle la corriente.
—Como si tengo que pagar mil veces la traducción de ese contrato, haz lo que sea.
—Está bien, todos en completo silencio, porque voy a poner el altavoz del móvil para llamarla.
—¿Cómo sabes que te va a decir que sí? —preguntó Mario.
—Porque a mí no me dirá nunca que no, siempre que sea algo de trabajo, por supuesto —nos dijo, al ver la cara que pusimos Lau y yo.
Marcó su número de teléfono y, al tercer tono, contestó, con la voz tan dulce que tenía y el cariño que siempre le había demostrado a Álvaro.
—Dime, Álvaro, ¿ocurre algo?
—Ingrid, tengo un problema en el trabajo, necesito tu ayuda.
—¿Qué te sucede? Sabes que, si está en mi mano, tan solo tienes que decírmelo.
—Más que en tu mano está en tu cabeza. Tengo una reunión telemática con el grupo chino de comunicación, y el borrador del contrato que tenemos está sin traducir, se me ha pasado llamar a la traductora.
—Joder, Álvaro, ¿para cuándo lo necesitarías?
—Para dentro de un rato. ¿Te puedes pasar por aquí y traducirlo?
—¿Sabes lo que me estás pidiendo, amigo?
—Sí, el favor más grande de mi vida. Te deberé una, y bien gorda, si lo haces, por lo que tú más quieras.
—Está bien, dame una hora que le lleve el niño a Cristina y voy para allá.
—Gracias, preciosa. Eres mi salvadora.
—No seas más pelota, anda. Ahora nos vemos.
Cortó la llamada y todos teníamos una sonrisa en los labios. La primera parte del problema ya estaba resuelta, ahora quedaba la más importante, que me escuchara y me dejara contarle todo lo que sentía por ella.
—Lo de Martina, déjamelo a mí —dijo Mario.
—¿Qué vas a hacer?
—Tenderle una trampa, nos vemos en un buen rato. Si me necesitáis aquí para el tema de Ingrid, avisadme, aunque no creo que eso suceda.
—¿Cómo vas a tenderle la trampa, Mario?
—Sé exactamente de quién es ese niño, es de uno de los productores de la cadena, que está casado y con cinco hijos, creo que con esos datos ya sabes a quién me refiero.
—No puedes decirlo en serio.
—En cuanto que tenga un minuto, te envío las imágenes. Son tan idiotas que lo hicieron en uno de los sets de la cadena, concretamente en el que había cámaras preparadas porque se iba a grabar uno de los programas.
Solté una carcajada, no sabía si era de satisfacción, al pensar que volvía a tener a todos mis amigos de mi parte, o si el motivo era que, por fin, se iba a hacer justicia con el tema de Martina, pero el caso es que estaba feliz y nervioso en la misma medida.
Álvaro se quedó conmigo en mi despacho, y me miraba como si no estuviera seguro de lo que estaba haciendo, como si temiera que le fuera a hacer daño de nuevo a Ingrid, por eso, no me quedé callado, quería que supiera que mis intenciones eran todo lo contrario a lo que estaba pensando.
—Te prometo que estoy enamorado de ella.
—Pues has tardado un poquito en darte cuenta.
—Un poquito no, he tardado una eternidad, pero, como consiga que vuelva a mi lado, no me separaré de ella ni un instante.
—¿Y si el plan de Martina sale mal?
—Entonces, iré a por todas, presentaré una demanda contra ella y contra todos los que le den voz sin comprobar antes la realidad de su situación.
—Veo que lo tienes claro.
—Como el agua, amigo, claro como el agua.
Escuchamos el ascensor y os prometo que no pude ni levantarme, de lo que me temblaban las piernas. Pero eso no fue nada a lo que sentí cuando la escuché hablando con Manuela, mi secretaria.
—¡Ingrid! ¡Qué alegría volver a verte por aquí! ¿Qué tal te va todo?
—Bueno, no me puedo quejar, la verdad. A ti te veo muy bien.
—Pues digo lo mismo que tú, que no me puedo quejar. Por cierto, ¿qué haces por aquí?
—El señor Serrano me ha llamado para un asunto, ¿puedes avisarlo, por favor?
—No va a hacer falta. Pasa, Ingrid. Manuela, por favor, que no nos moleste nadie, estaremos en el despacho del señor Maldonado —le dijo mi compañero.
La escuché como murmuraba algo, pero sin entender del todo lo que me quería decir.
No tenía yo muy claro si era porque los nervios no me dejaban escuchar con claridad o porque estaban hablando demasiado bajito, pero, aun así, no intervine y dejé que la voz cantante la llevara Álvaro, que era el que había ideado el plan.